El capitalismo nos robó el roscón

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El capitalismo hurtó una comida típica colombiana y la transformó en un producto dos veces más caro y la mitad de rico. Pizza Hut ahora vende en el país un nuevo postre: Hut Poppers de bocadillo. El Mal Economista lo probó y concluyó que no es otra cosa más que un pan con bocadillo y queso: nos robaron el roscón. Cada uno de estos Poppers cuesta $3.900, es decir cerca de $2.000 más caro que lo cuesta un roscón en una panadería de barrio. Y en la humilde opinión de este columnista no es tan delicioso.

No es el único producto nacional que una compañía adapta y registra bajo su marca, pues incluso en Mc Donalds ya venden huevos pericos. De hecho, se trata de un concepto tan antiguo como la globalización, pasa en la mayoría de los países y es bastante efectivo. Este fenómeno tiene un nombre bastante intuitivo en la teoría de mercadeo: “Adaptación del Producto”.

El manual de este concepto de mercadeo sostiene es que las compañías internacionales deben hacerse una serie de preguntas para determinar si sus productos se pueden estandarizar para todos los países, o si hace falta adaptarlos en cada nación. Es claro que el roscón no está en los planes de los productos a estandarizar por una compañía multinacional, por lo que no queda otra que crear su propia versión de los artículos de panadería. En Colombia son los Poppers, el roscón americano.

Otro ejemplo: ¿se han dado cuenta que al tinto, incluso en Juan Valdez, se le dice americano? El proceso de filtrado y diluido por la que se caracteriza este producto existe desde siempre en eje cafetero colombiano, pero no se hace con máquinas de café. Sin embargo, para nosotros y para los gringos se llama americano. Por lo menos Starbucks tuvo la gentileza de dar gratis panela en polvo, y así no nos roba el término tinto campesino.

Para más tristeza aún, hay otros productos que la globalización trajo a Colombia hace tanto tiempo que hemos olvidado que no es de nosotros. La oblea es un postre que existe desde hace varios siglos en Europa, especialmente popular en Alemania. Así es, la oblea no es colombiana.

Sin embargo, el capitalismo no siempre gana a la primera, a veces lo hace a la segunda. En Perú la bebida nacional, la Inca Kola, venció por primera vez en su historia a Coca Cola en términos de consumo. La firma gringa estaba en aprietos en cuanto al marketing pues su bebida está estandarizada y tampoco podía crear una versión adaptada.

Por lo que hizo algo que solo este tipo de empresas puede hacer: en 1999 compró el 49% de las acciones de Inca Kola, y de esta manera Perú perdió un refresco que había estado en sus corazones desde 1935. (Para los que no conozcan la Inca Kola, sabe a Kola Román).

Con el capitalismo pasa lo mismo que con la rosca: es mala cuando no se está en ella. Desde hace varios años Colombia también ha posicionado sus marcas en el exterior, por ejemplo Juan Valdez ya está en ocho países. De manera que es cuestión de animar a todas esas empresas locales a incursionar en otro país. Por ejemplo si la Arepita de Medellín, un folclórico restaurante paisa, quisiera abrir un local en Nueva York, tendría que también adaptarse. Tal vez al final del almuerzo deba ofrecer shot de vodka en vez de un trago de guaro.

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