Carta abierta a los “invasores”

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En los últimos meses ha sido recurrente ver este fenómeno, y quien se niegue a observar esta problemática estará cerrándose a advertir su solución. La historia dicta que quien no conoce su pasado está destinado a repetirlo.

Mugrosos, fastidiosos, realmente tediosos, miserables y ahora hasta con cucarachas en sus paredes: así son los articulados de Transmilenio donde en repetidas ocasiones he tenido la desgracia de ver a mis hermanos venezolanos rogar por ayuda. De oriente a occidente o de norte a sur, para nadie es un secreto que los venezolanos nos han invadido. Es común escuchar ese maravilloso acento en la capital y estoy seguro de que en otras ciudades también. Siempre sonrientes, siempre cálidos, invádannos, contágiennos, inúndennos de cultura, de arte, de vida y Cocosette, muchas Cocosette.

Qué decir de un bigote mal hecho, de un inglés del cual guachu el de Open English (venezolano de hecho) estaría orgulloso, de un discurso mamerto sin fundamento, sumido en miedo y desesperación, de tal vez unos 120 kilos de comunismo para dummies, y una dictadura instaurada a las patadas, de un salame que pasó de dirigir una buseta a dirigir un país. De alguien que predica equidad, socialismo e imperialismo desde su avión privado estimado en 5,3 millones de dólares, en otras palabras, cerca de 145,000 salarios mínimos venezolanos.

¿Sabía usted que en 2014 se destaparon los gastos de Maduro y las hijas del difunto Hugo Chávez, quienes para entonces gastaban $3,53 millones de dólares diarios? Hoy en día no ha cambiado mucho. Las hijas de Chávez se sumaron a la lista de hijos de peces gordos de la política venezolana que viven en el exterior estudiando en las mejores universidades del mundo. Por ejemplo, Rosinés Chávez estudia en La Sorbona (París) y la hija de Jorge Rodríguez vive en Australia. No olvidemos a María Gabriela Chávez, que vive en aquel imperio yanqui al que tanto le gritó su padre.

Lo cierto es que poco o nada tendrán que ver las familias de tan nefastos personajes, pero tristemente cargarán con una cruz enorme en sus espaldas. ¿Qué podría pensar o sentir Rosinés desde París, al ver en noticias los 120 muertos y 2.000 heridos que han causado las manifestaciones en su país? Ese sentimiento, esa sensación, será la más grande herencia que les dejarán sus padres, dinero manchado con sangre y lágrimas.

Hace unos días iba por la 26 en mi M86 rumbo a la universidad. Como de costumbre las puertas se abrieron en la estación Plaza de la democracia, se subió un joven de unos 26 años, aparentaba un poco menos, alto, pelo oscuro, flaco y con unos lentes que me recordaron esa pésima novela colombiana (una más) que se llamaba Pocholo. No iba mal vestido, pero se notaba su travesía, los zapatos a medio amarrar, un jean azul claro, una camiseta de The Rolling Stones, una chaqueta verde oliva y una maleta vieja en su espalda. Miró a los pasajeros del bus, me miró, bajó la cabeza y comenzó a contar su historia.

Comunicador Social de la Universidad Central de Venezuela, se había graduado hace dos años y era el mayor de tres hermanos. Había llegado a Colombia por Cúcuta, se encontraba indocumentado y con miedo de ser atrapado por las autoridades migratorias colombianas. Su situación en Caracas se complicó, no se explicaba cómo la vida de una persona puede cambiar en un abrir y cerrar de ojos. Nosotros los comunicadores tenemos cierta sensibilidad por las personas, y se notaba una desesperación en su voz, que con cada palabra que pronunciaba se quebraba. Se sentía un dolor en su historia, más que por él, por su pueblo. A medida que avanzaba su narración comenzó a descargarse en contra de Maduro, de hecho, lo de los “120 kilos de comunismo para dummies” lo saque de él.

Había llegado con un grupo de amigos, quienes decidieron buscar una nueva oportunidad en nuestro país. Al tercer día en Bogotá ya los habían robado. Se estaban quedando en Kennedy, en la casa de un hombre oriundo de Barquisimeto que recurrentemente iba a la terminal de transportes a esperar venezolanos para alojarlos en su hogar. Mientras terminaba su historia y pedía cualquier ayuda, desde dinero hasta agua —si, ¡pidió agua!—, me sorprendió aún más (y de hecho me causó mucha más indignación) la respuesta de las personas en aquel bus. Indiferentes, caras duras, fríos, fastidiados por aquella presencia, lo miraban de arriba a abajo y les importaba un culo. De aquel bus solo se llevó unas cuantas monedas que una señora le dio y un Subway de 15 cm que yo había comprado para almorzar.

¿Quién putas nos creemos? ¿Uno de los países que más exporta inmigrantes ilegales en el mundo viene ahora a dar lecciones de fascismo? Más de uno que me está leyendo tiene o conoce una persona cercana que decidió ir a probar suerte a Estados Unidos, a trabajar en construcciones, a barrer casas, a cuidar niños, a lavar baños en McDonald’s porque lo trasladaron en su trabajo o simplemente decidió estudiar allá. ¿Tenemos que ver más fenómenos como el C-Star, un barco de militantes de extrema derecha europeos que impiden la migración de africanos a Europa, el estúpido e inviable muro de Trump o los insultos y amenazas de un líder del KKK estadounidense hacia la reportera chocoana Ilia Calderón en una entrevista? Ahí el vocero de este grupo le dijo a la colombiana: “no te voy a sacar del país, te voy a quemar viva”. ¿Tenemos que ver más memes denigrantes, burlas y chistes sobre la lamentable condición y agonía de todo un país?

Al caído caerle, ¿no? Al fin y al cabo, para algunos aquí reina la ley de la selva. Para mí, todos aquellos que están generando mediante comentarios o discursos fascistas un estigma hacia la cultura y pueblo venezolano son los reales invasores. El colombiano de verdad extiende su mano. Cuando el vuelo del Chapecoense cayó en Antioquia, dos naciones se unieron y les puedo contar de primera mano cómo el ciudadano brasilero agradece este gesto y mantiene un afecto caluroso con el pueblo colombiano. Por otro lado, e irónicamente, cuando sucedió la tragedia en Mocoa equipos rescatistas venezolanos vinieron a ofrecer su ayuda con órdenes explícitas de Nicolás Maduro.

Son invasores. La real plaga son todos aquellos que encuentran una oportunidad para burlarse de la desgracia del otro, y quienes se muestren indiferentes y evasivos son sus cómplices. No es tiempo de venir con “que se devuelvan, nos quitan trabajo”, una frase que parece sacada de South Park. Si supiéramos la riqueza cultural que trae un éxodo de esta magnitud, las oportunidades que se presentan como dificultades, las virtudes de tener una nueva visión del mundo dentro de nuestro país, sabríamos valorar lo que está sucediendo hoy. Cómo me gustaría ver en un futuro dos países tremendamente unidos, casi unificados por un lazo histórico de solidaridad.

Aplaudo iniciativas como la formalización de venezolanos indocumentados mediante permisos de permanencia que son realmente fáciles de adquirir. Toda la información detallada se encuentra en la página web de Migración Colombia (www.migracioncolombia.gov.co). Pero si realmente queremos tenderles la mano a los venezolanos, démosles condiciones laborales con todas las exigencias de la ley. De lo contrario el país se enfrentará a una crisis inevitable. Los venezolanos, al no tener permisos para trabajar, aceptan empleos informales y de esa manera generarán pobreza (cabe anotar que esta informalidad no es cuantificada en el PIB del país). Por el contrario, si se instaura un sistema donde se incluyan a los venezolanos y se diversifiquen las opciones laborales incentivando la formación de nuevas empresas, se disminuirá el desempleo en el país. En pocas palabras, entre más empleo formal más rica será una ciudad o un país.

Así que cojamos pantalones, seamos inteligentes y veamos esta situación como una oportunidad para el país, no solo económica sino cultural y experiencial. Alguna vez una amiga me dijo que la única oportunidad de crecimiento está en la incomodidad. Llevamos 207 años viviendo en comodidad, en un bipartidismo enfermizo, viendo fútbol cada domingo, escuchando las mismas voces en la televisión y la radio, con los mismos dos dueños, los mismos políticos y leyes. Rompamos esquemas, pensemos diferente, démonos cuenta de que las oportunidades siempre se presentarán como problemáticas y conflictos.

A mí que me invadan, que me contagien de esa alegría y buen sentido del humor, que sigan llegando artistas para llenar mi piel con tinta y arte, que vengan comunicadores y periodistas que me fuercen a ser mejor cada día en lo que amo hacer, que vengan con ovomaltinas, pirulines, cricri, reinitas, hallacas, pan de jamón, que me traigan un six-pack de Polar y una Susy, que vengan con los Amigos Invisibles, con la poesía de Canserbero, con las caricaturas de Pedro León Zapata, los murales de Vigas, que vengan Vaisman y Lucena que para todos tenemos espacio.

P.D.:  La arepa es nuestra.

 

Por: Santiago Almeida D.

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