Carta a mi jefe

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Para resolver problemas y guiar equipos no existen fórmulas. Es un camino largo y lleno de equivocaciones y tropiezos. Estos cinco empleados se atrevieron a escribirle a sus jefes para decirles cuáles habían sido los suyos.

Un artículo de Cesa y Cumbre Plataforma de Liderazgo

Estar al frente de una empresa no es nada fácil. Manejar un numeroso grupo de personas, tener que tomar decisiones bajo presión y cargarse en hombros con la responsabilidad de las fallas son algunos de los retos diarios que enfrenta cualquier líder. No todos están en condiciones de asumir el mando. Aquellos que se destacan por ser buenos guías se ganan la admiración de sus empleados. Los demás, los que no confían en su equipo, los que no reconocen sus errores, los que están poco preparados para su cargo son los protagonistas de las siguientes cartas. En ellas, cinco empleados exponen de manera anónima lo que hubieran querido decirle a sus jefes y nunca se atrevieron.

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A mi jefe en Hyundai:

No estuve cinco años en la universidad ni pasé innumerables años en el colegio para que mi trabajo principal fuera sacar fotocopias de cédulas en sus diferentes tamaños. No pasé días y noches en vela estudiando para que cada vez que a usted se le riega algo, sea yo quien solucione su tropiezo. No me dediqué y me esforcé en mi formación para que usted me ponga a borrar su tablero de notas. Gracias por enseñarme el tipo de jefe que no quiero ser.

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Estimada Coordinadora Académica:

Estoy cansada de ver cómo personas que llevan tan poco tiempo en educación vienen a enseñarle a los profesores que, como yo, tienen muchos años de experiencia cómo se dicta una clase. No entiendo por qué personas como usted, que fueron profesores uno o máximo dos años antes de convertirse en administrativos, tienen el descaro de decirnos a nosotros, que tenemos 35 años de experiencia en las aulas, cómo se maneja un grupo. Es muy molesto que vengan a meternos los dedos en la boca con “nuevas innovaciones educativas”. Lo que usted propone ya se intentó en los ochenta y fue un fracaso total, ¿sabía? Se supone que contratan los mejores profesores —o por lo menos eso le dicen a los padres de familia que gastan un dineral en este colegio—, y pienso que es así: ustedes tienen un cuerpo docente con mucha preparación y experiencia que podrían utilizar en beneficio de los estudiantes. Pero constantemente asumen que deben enseñarles cómo hacer su trabajo. Hay veces en las que gastamos más de una hora en las reuniones de profesores escuchándolos a ustedes hablar sobre las políticas educativas que va a implementar el colegio. Sería más enriquecedor si esas políticas salieran de parte de los profesores que son los expertos en sus áreas y no de modelos copiados de otros países que no se adaptan para nada a nuestra realidad.  En mi opinión, sólo quieren justificar su sueldo.

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Doctor acosador:

Nunca he tenido ganas de hablar con usted. El hecho de que sea uno de los cirujanos más destacados de este hospital nunca me impresionó. Desde que lo conocí me pareció un hombre desagradable. Su aspecto físico influía, pero su forma de ser y de tratar a la gente era lo que más repudiaba.

Aprovecha su posición de poder para pedir cosas con tono demandante y, peor aún, para hacer gestos abusivos y ofensivos. Como la vez que me señaló sus piernas para que me sentara mientras me pedía una asesoría en un trabajo de investigación. A pesar de que yo marqué mi distancia, usted decidió invadir mi espacio personal y mi cuerpo cuando me cogió las nalgas sin mi permiso y tuvo el descaro de reírse cuando lo rechacé y empecé a caminar más rápido para que no me tocara más. Si no lo denuncié ese día, fue por miedo.

Muchas veces le he demostrado que me repugna. Como esa vez en la que intentó darme un beso en el cuello, o esa otra en la que realmente lo hizo, en la boca y por encima del tapabocas. Pero a usted siempre le pasaron derecho mis protestas. Le repito, si no lo denuncié, fue por miedo, porque sabía que podía perder el cupo en la residencia que tanto me costó conseguir.

Cuando finalmente lo hice, me dio tristeza saber que no era la única, muchas doctoras estaban en mi misma posición. Algunas, incluso, pasaron por situaciones peores que tampoco se atrevieron a denunciar. Yo lo hice y ahora asumo las consecuencias, como el absoluto rechazo por parte de sus amigos dentro de la institución, pero no me arrepiento de haberlo denunciado. Mi cuerpo y mi tranquilidad lo valen todo.

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Estimado jefe:

Usted dirige esta oficina y también el negocio en Colombia. Es nada menos que el gerente general. Soy consciente de toda la presión con la que vive y sé que las ventas tienen que subir porque de otra manera será su cabeza la sacrificada. Toda esa carga lo ha llevado a tomar muy malas decisiones, como cambiar una estrategia muy buena sin darle el tiempo necesario a sus resultados. Pero mi queja no es esa. Mi problema con usted es que no siento que esté preparado para este cargo. Usted mismo me dijo que el ser buena gente lo había llevado más lejos que sus habilidades, y el hecho de que sea tan amigo de los jefes en Brasil lo demuestra. No genera admiración en sus trabajadores como sí lo han hecho otros jefes que he tenido. Me impresiona verlo tan nervioso antes de las reuniones de cierre de mes, tratando de memorizar cifras que al final siempre olvida y termina reemplazando con un discurso de empresa idealizada que sólo demuestra su don de la habladuría.

Me preocupa también su poca capacidad de liderazgo. Alguna vez lo escuché decir “Yo soy recursos humanos”. Lo demostró haciendo una encuesta para medir la satisfacción de sus empleados y, una vez enterado de que la insatisfacción era generalizada, nos dijo que las puertas de la oficina estaban abiertas para que nos fuéramos. El objetivo de hacer este tipo de evaluaciones es justamente revisar oportunidades y reforzar aspectos positivos. Quienes hacemos parte del sector de finanzas solemos pensar que recursos humanos no sirve para nada, pero desde que llegué a esta empresa siento la necesidad urgente de que este departamento tenga más importancia. Le aconsejo dejar de pedir obediencia y empezar a pedir ideas, no hablar tanto e inspirarnos un poco más con acciones, darse cuenta de nuestras ganas y enseñarnos a crecer juntos.

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Apreciada Senadora de la República:

Con usted aprendí la importancia de ser un buen líder, lastimosamente por carencia y no por abundancia. En ocasiones hizo falta motivación, retroalimentación, apoyo y entendimiento. Esas situaciones me confirmaron que un verdadero líder debe anteponer su bienestar al de aquellos que están debajo, debe reconocer el buen trabajo y responsabilizarse cuando las cosas no salen bien. La vida no es un reloj que funciona milimétricamente, existen situaciones que se salen de control y son esos los peores momentos para buscar culpables.

Trabajé en un proyecto durante meses, me enamoré de él y me ilusioné con los posibles resultados. Todo para para que usted me rechazara por innovar y buscar formas distintas de abordar un problema. Por eso renuncié. Por eso y porque usted ni siquiera quiso escucharme. Sin embargo, me llevo el tesón y la fortaleza que adquirí en esas situaciones. Sé que me será útil el resto de mi vida.

 

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