Cuando salí de Cuba

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“Como muchos de los lugares turísticos, su belleza está lejos de calar en algún parámetro estético contemporáneo. La belleza y la importancia de muchas cosas en La Habana radica en su significado histórico, en quiénes estuvieron allí, qué cosas dijeron, cuántas canciones bailaron o cuántos mojitos se tomaron.”

Me fui a Cuba a celebrar la vida: la isla me esperaba para compartir toda su historia. Me di cuenta que iba para allá cuando vi a León Valencia – exguerrillero y analista político- en el aeropuerto de Bogotá. Estaba en uno de los buses que transportan a los pasajeros de la sala de espera a la puerta del avión. Con su voz ronca susurraba: “El acuerdo de cese bilateral se firma antes del 31 de diciembre, usted tiene que estar enterada y bien preparada”, le decía a alguien al otro lado del teléfono. El viaje de Bogotá a Cuba duró un poco más de tres horas y aterrizamos a las once de la mañana al aeropuerto internacional José Martí sin contratiempos. No hay nada más rojo en el mundo que el aeropuerto de La Habana, las sillas rojas, las columnas rojas, todo rojo. Desde que llegamos, parecía que nada era fortuito, todo tenía una razón de ser, un color predeterminado, un sabor y un olor preestablecidos.

Al salir del aeropuerto lo primero que buscamos fue una casa de cambio. Mi billetera tenía euros, porque una de las primeras recomendaciones de otros viajeros era llevar una moneda distinta al dólar, debido a que existe un 10% de penalidad por su utilización en cada transacción. En Cuba hay dos monedas: el CUC y el CUP. El primero es el peso convertible cubano (1 CUC= 1 USD), que empezó su circulación en 1994 y se emitió como respuesta a las agresiones macroeconómicas estadounidenses y a la necesidad de tener una moneda para los turistas. La segunda es la moneda nacional, la utilizan los locales para hacer la mayor cantidad de transacciones: pago de servicios públicos, transporte y comida.

Como en todas las ciudades del mundo, el primer reto de un extranjero es que no “le den en la cabeza” con la tarifa del taxi desde el aeropuerto al hospedaje. Al final, uno siempre pierde y el taxista gana. Llegamos a Vedado, un importante barrio de La Habana donde se encuentran muchas sedes de entidades estatales. Una amiga de mi hermana nos había recomendado la casa de una señora para nuestra estadía en la ciudad. Alquilar la casa es una de las actividades que se permiten hace poco, como muestra del gobierno por incentivar el trabajo por cuenta propia. Este es el caso de Laura una cubana de cincuenta años que nunca ha salido de la isla y que, después de vieja, como ella misma lo dice, estudió filosofía marxista: ella era nuestra casera. Es mamá de dos hermosas hijas, tiene tres hermanos y su madre murió hace seis meses. En términos de una buena experiencia, el escenario no podría ser mejor: dormir en la casa de una filósofa marxista en un país donde triunfó y se mantiene una revolución socialista.

Nuestro segundo día empieza con la compra de dos libros cerca a la calle 23: “el pensamiento económico de Ernesto ‘Ché’ Guevara”, de Carlos Tablada Pérez y “La paz en Colombia”, de Fidel Castro Ruz. Rumbo al hotel habana libre tomamos la calle 23, ahora famosa porque es de los pocos lugares donde existe una red wi-fi que le permite a los habaneros conectarse a internet. Esto no era posible hace menos de seis meses, pues las restricciones para los civiles eran innumerables. Existen otros pocos lugares donde, comprando una tarjeta azul, es posible empaparse del mundo exterior por una o dos horas. La calle estaba atestada por ambos lados. Cada espacio libre en los jardines o andenes paralelos a la 23 es una oportunidad de hablar con la familia que se fue, con los amigos que se quedaron o con el amor que nunca volverá. Mientras mi familia se intentaba comunicar con Bogotá, se me acerca una morena, como de mi estatura, con el pelo muy negro y muy grueso. “¿Tienes tarjetas? Dame una”, me susurró. “No, yo no vendo eso. Soy turista”, le respondí con voz entrecortada. Al parecer, mi pinta de bermuda, maleta y piel morena, con las antenas bien puestas pendiente de todo lo que sucedía a mi alrededor, sugería que estaba “traficando” con el internet.

Foto por: Juan Felipe Rubio Arrubla

Nos paramos en el habana libre buscando una mejor recepción de internet. Cuando salíamos, por cosas de la vida, nos encontramos de nuevo a León Valencia. Rápidamente, mi hermana le advirtió que no lo estábamos persiguiendo, que no éramos enviados de Álvaro Uribe para infiltrarnos en la cuna del castrochavismo. El, con una sonrisa tímida, entendió la coincidencia. Después de que logramos la foto, tomamos un Almendrón hacia el capitolio. Los almendrones son los carros americanos de los años cincuenta que aún funcionan en Cuba, estos son una parte infaltable del paisaje habanero. Una vez en el capitolio, inspirado por su par en Estados Unidos y construido en 1929, empezamos a caminar por la Habana vieja. A ritmo de son cubano nos tomamos el segundo mojito. Las calles de la Habana vieja son parecidas a las del casco histórico de Ciudad de Panamá, similares, en cierto modo, a la ciudad amurallada de Cartagena. Las tres comparten una historia común: puertos fundamentales para el imperio español de ultramar en la época de la colonia. Comparten la arquitectura colonial y las fortalezas para hacerle frente a los piratas y a los ingleses. De igual forma, comparten un cinturón de pobreza que empieza cuando terminan las casas restauradas y los museos y plazas llenas de un nutrido contenido cultural.

Foto por: Juan Felipe Rubio Arrubla

Después de almorzar mi segunda cola de langosta a tan sólo 8 CUC, caminamos por la calle obispo, arteria turística de esta parte de la ciudad. A lado y lado están las plazas más importantes, los museos y la venta de artesanías. Regresando hacia el parque central, justo frente a “El Floridita” –uno de los bares de la ruta de Hemingway en La Habana- nos encontramos con Fidel, un “bicitaxista” que hablaba más de lo normal. Decidimos hacer un minitour para identificar los lugares a los que les debíamos dedicar más tiempo el día siguiente. Fidel hablaba más de lo que pedaleaba, nos contaba la historia del triunfo de la revolución: “la revolución triunfa el 1 de Enero de 1959, con la participación de Camilo Cienfuegos, el Ché, Fidel y Raúl”, nos decía con mucha emoción. Después de 5 minutos obstaculizando la vía, noté que Fidel estaba borracho. Si no estaba borracho estaba prendido. Al llegar a la bodeguita del medio, el más famoso de los lugares de la ruta de Hemingway, nos llamó la atención el entorno de todos estos sitios. Como muchos de los lugares turísticos, su belleza está lejos de calar en algún parámetro estético contemporáneo. La belleza y la importancia de muchas cosas en La Habana radica en su significado histórico, en quiénes estuvieron allí, qué cosas dijeron, cuántas canciones bailaron o cuántos mojitos se tomaron. En la Habana vieja todo es revolución: se respiran los versos de José Martí, se respira el sudor de Ernesto Guevara, se huele el plomo de Camilo Cienfuegos y se siente el poder de Fidel y Raúl Castro.

El malecón habanero es el lugar predilecto de jóvenes y viejos. “Ahí tu puedes hablar, beber, pescar y, por supuesto, enamorar”, me dijo con risas el taxista que nos llevaba a la casa. El hombre, al saber que éramos colombianos, cambió inmediatamente la USB que tenía en el radio. “A mí me encanta confraternar con los colombianos, me siento identificado con la salsa de allá”, afirmaba con una sonrisa. Cuando empiezan a sonar las canciones del Grupo Niche, nos dice que en Cuba se inventaron la salsa pero que en Colombia la perfeccionamos. Le dije que mi familia y yo pensábamos lo contrario: nunca logramos vibrar con la salsa colombiana, no logramos esa sensación de mover los hombros de manera desprevenida, sin poder hacer nada por controlarlo. Le dije que mis hermanas y yo nos criamos a punta de son cubano y salsa brava. No lo podía creer.

Foto por: Juan Felipe Rubio Arrubla

Llegamos a la casa y, luego de refrescarnos un poco frente al aire acondicionado, nos juntamos en la mesa del comedor. De manera muy natural, todas las preguntas y todas las respuestas fueron fluyendo. Laura se abanicaba con el periódico Granma -el único periódico que circula hace 51 años, que tomó por nombre el yate con el que Fidel y los demás revolucionarios del 26 de Julio empezaron la lucha guerrillera por el oriente de la isla- mientras hablaba con nosotros del socialismo cubano. La educación en Cuba es obligatoria en el nivel de primaria y secundaria, y es garantizada, de manera gratuita y para toda la población, hasta la educación superior. Según las cifras disponibles de la Unesco, desde antes de la década del 80 se erradicó el analfabetismo en la isla. Según fuentes oficiales, con la campaña nacional de alfabetización en 1961 se logró erradicar el analfabetismo en Cuba. Con cada acierto que Laura resaltaba de la revolución, venía un matiz que reconocía las falencias del sistema. En cuanto a la educación, mencionó la crisis de maestros que llevo a la creación del programa de “maestros emergentes”, que consistía en reemplazar a los profesores con experiencia que por bajos salarios habían optado por el retiro forzoso. Los emergentes eran jóvenes bachilleres, o en algunos casos universitarios, que se encontraban sin trabajo y necesitaban una fuente de ingresos. En muchos casos el experimento no resultó por la falta de experiencia o por la contemporaneidad entre maestro y alumno.

En términos de salud, los argumentos no dejaban de ser poderosos. “Por más cara que sea la medicina o los procedimientos que la gente necesite, el Estado lo paga todo”, decía Laura sin duda alguna. Cualquier persona en Cuba tiene derecho y acceso gratuito a todo el sistema de salud. La estructura es descentralizada, para que la gripe se atienda en el centro de salud del barrio y la operación a corazón abierto se atienda en el hospital especializado. Tuvimos la oportunidad de ir al Instituto Nacional de Oncología y Radiobiología. Aunque el tema se escapa de estas líneas, el objetivo era encontrar una segunda opinión sobre el tratamiento que está recibiendo mi padre. En la sala de turismo, como su nombre lo indica, se atienden sólo pacientes provenientes del extranjero. Mi hermana había pedido una cita con uno de los médicos del instituto. En la sala había otras personas esperando, escuchando, hablando, pensando. Después de una hora de espera, el médico nos atendió. Bastaron 5 minutos para que leyera la historia médica, con el diagnóstico y todos los exámenes organizados cronológicamente, para que salieran de su boca las palabras que, aunque conocidas, resultarían esperanzadoras: “el tratamiento es el correcto. En este momento no hay nada mejor en el mundo, ni siquiera en Cuba, porque acá no lo tenemos”, afirmó el doctor. Se acabó la consulta y nos dio su tarjeta, nos dijo que lo podíamos contactar a cualquier hora, cualquier día del año. Advirtió que la mejor forma de contactarlo es a través del teléfono fijo, porque el detesta los móviles y, además, pasa más tiempo en el trabajo que en su propia casa. No por obligación, sino por convicción, su mujer le dice que lo que él tiene es una obsesión.

Conociendo de primera mano a un médico cubano, surgieron más y más preguntas. De nuevo, Laura nos respondía. “El salario de un médico no alcanza para vivir. Al terminar esos turnos de 12 horas les toca montarse en una guagua y buscar qué comer para su familia”, contaba con preocupación. Y es que el problema de la crisis salarial de los médicos en Cuba es un secreto contado a mil voces. Los incentivos para hacer una inmersión en esta profesión son prácticamente nulos. A pesar de esto, Laura dice que desde la llegada de Raúl al poder se han hecho nivelaciones salariales y oportunidades de pago por “guardias nocturnas”. Además, según ella, ahora se pueden realizar contratos laborales en el exterior, para que los médicos trabajen en otros países con el compromiso de volver al país. A pesar de todo esto, la profesión sigue siendo la opción preferida por los jóvenes. Para la muestra, un botón: la hija mayor de Laura está en cuarto año de medicina.

Otro día en La Habana. El plan obligado de turista nos llama: tomamos el bus de dos pisos que recorre los lugares más representativos de la ciudad. El bus tiene los colores de la bandera: azul, blanco y, el que no falta nunca, el rojo. El paseo es rápido, muy rápido para nuestro gusto. Sirvió para conocer rincones de la ciudad que de otra manera no hubiéramos conocido. A las once de la mañana acabó para nosotros el recorrido, de nuevo, en el capitolio. Nuestro primer destino, esta vez caminando, fue el museo de la revolución. El museo es un recorrido por la historia de los últimos 70 años en Cuba. Claro que es una parte de la historia, la historia de los vencedores, la historia de la revolución. Por las paredes se respira política y economía. Se sienten las balas y los discursos. La historia de los Castro, de Cienfuegos y del Ché, por decir lo menos, resulta inspiradora. Todas las paredes gritaban: ¡Qué viva la revolución!

Foto por: Juan Felipe Rubio Arrubla

Después de comer langosta otra vez, de “la-angosta” y de “la-ancha” repetía mi papá todos los días, seguimos caminando. La plaza de armas es como la plaza de armas de cualquier ciudad latinoamericana, sin embargo, la particularidad de esta es que es la plaza de los libros, la plaza del arte. Rodeando todo el parque están los vendedores ambulantes con estantes llenos de libros del Ché y de los hermanos Castro. También hay uno que otro de filosofía e historia. Después de ojear escogí uno: “El viejo y el mar”, de Ernest Hemingway. Tenía que cumplir la cita con el cliché, o la cita con la historia, al final es lo mismo.

En la noche llegamos a la “Sociedad cultural Rosalía de Castro”, fuimos a ver a las viejas glorias de la música cubana. Todo lo bueno en Cuba es viejo, este caso no fue la excepción. En el show se presentaban artistas que pertenecieron o pertenecen a Buena Vista Social Club, Cubanismo o Afro-Cuban All Star. Quedamos en la primera mesa, en la primera fila. Vi pasar de cerca a todos los tradicionales de los 50. Interpretaron “Chan chan”, “Dos gardenias”, “Tu voz”, “Kimbara”, entre otros clásicos. El sentimiento era grande, estaba cumpliendo un sueño tácito, un sueño del que no era muy consiente. Estar ahí con mi papá, un enamorado de la música cubana, en su cumpleaños número 60, es algo que no se paga con toda la plata ni con todo el oro del mundo.

Llegamos a la casa. Como en las noches anteriores, estábamos llenos de preguntas. Laura, con aparente gusto, las respondía y las ampliaba. Esa noche hablamos sobre la propiedad privada, los trabajadores por cuenta propia y los celulares. “Desde que Raúl está en el poder es posible vender tu casa o tu carro, porque antes eso no se podía hacer”, contaba ella con voz de esperanza. La permuta se convirtió en la figura necesaria para transar sin que el Estado se diera cuenta. Como muchas otras cosas, creo yo, era una de las “ilegalidades” que permitía el régimen para asegurar su subsistencia. Desde hace un tiempo también es permitido trabajar por cuenta propia. Antes la única forma era haciendo parte de un organismo estatal, que todavía atrapa todas las esferas de la vida social. Los “cuentapropistas” pueden tener paladares, así le llaman a los restaurantes, barberías o pueden rentar su casa. Este último es el caso de Laura, que tiene que pagar un impuesto para poder rentar uno de los cuartos de su hogar a los extranjeros. Aunque estos impuestos por trabajar son mínimos, le sirven al Estado para controlar todas las actividades económicas. Desde las prostitutas y los bicitaxistas, hasta las personas como Laura, deben tener carnés, pagar impuestos y tener licencias para desarrollar su actividad laboral. Finalmente, entre una y otra cosa, llegamos al tema de los celulares. Antes no era posible que un ciudadano cubano pudiera tener una línea propia. Esto los obligaba a comprarle las líneas a los extranjeros, que eran los únicos autorizados a tener móviles en la isla.

El siguiente día empieza con el museo del ron. ¿Cómo ir a Cuba y no tomarse un ron en el museo del ron? La visita es esclarecedora en cuanto al proceso de producción de este licor. Ahí me enteré que, hoy en día, Havana Club es el producto de una alianza comercial entre Pernod Ricard y el gobierno cubano. El primero se encarga de la comercialización del producto y el segundo de la producción. Al finalizar todo el recorrido por el museo hay una degustación de Añejo 7 años y, para no perder el impulso, tomamos un mojito en el bar “Dos hermanos”. El plan para terminar el día era ir a la Fortaleza de San Carlos de la Cabaña a ver la ceremonia del cañonazo. El complejo militar es la fortaleza más grande construida por los españoles en la América colonial, que a su vez fue también la comandancia del Ché después del triunfo de la revolución.

Foto por: Juan Felipe Rubio Arrubla

Nuestra última noche en Cuba tenía que terminar con más preguntas para Laura. Esta vez nos concentramos en la relación con Estados Unidos y los retos que tiene el gobierno. Ella dice que el bloqueo gringo ha sido la principal causa del estancamiento económico de la isla. Las filiales gringas no pueden establecer relaciones comerciales con Cuba por más de 700 millones de dólares al año, un buque que cargue consigo un marinero cubano no puede tocar puerto estadounidense sin pagar una penalidad, los ciudadanos americanos tienen regulaciones y prohibiciones sobre las transacciones monetarias y materiales que tienen con productos cubanos. Estas son algunas de las políticas estadounidenses que Laura muestra como la clave del atraso económico. De aquí, evidentemente, parten también los retos. Ella dice que uno de los errores más grandes de la revolución fue no haber desarrollado una industria fuerte y una agricultura que generara cierta autosuficiencia mientras todavía existía la Unión Soviética. Con la llegada del periodo especial, tiempo de crisis económica producto de la caída de la comercialización con su principal proveedor, se destaparon todos los problemas. La escasez y el racionamiento fueron inminentes. Hoy en día, apenas se ha logrado superar los niveles de crecimiento que tenía la isla antes de 1991.

Los cambios en Cuba son una realidad y los retos son muy grandes. Con la entrada del internet, la “normalización” de la propiedad privada y el comienzo del levantamiento del bloqueo llegan verdaderos retos para el Partido Comunista de Cuba. Frente al cambio de la estructura social que se viene dando y que se acentuará con el tiempo, parece necesaria una reinvención del sistema político. La pregunta radica en qué tan viable es esta transformación y qué tan conveniente es para el del desarrollo social.

El costo que pagan los cubanos por sus políticas sociales es muy alto. Pensar diferente es un delito, ser contrarrevolucionario es pagado con cárcel. El acceso al poder es limitado y el control del Estado a la vida privada supera los límites conocidos. Hoy en día la fuga de profesionales hacia las compañías o iniciativas privadas de turismo es inminente. La exportación de servicios de salud y el turismo son las actividades más rentables para el Estado y las más atractivas para los trabajadores. El gobierno debe transformarse y encontrar una nueva forma de organización política y económica que no deje de lado los objetivos alcanzados. Comparto con Laura que el mérito de Fidel es seguir vivo y haber mantenido la revolución por 57 años y el mérito de Raúl es haberla salvado. Las liberaciones que ha hecho el régimen son un primer paso, pero no son suficientes para el futuro. La garantía de los derechos civiles y políticos, la libertad de opinión y de prensa, y la distribución “equitativa” del poder son los retos que tiene que afrontar la isla.
Cuando salí de Cuba me quedé con más preguntas de las que llevaba. El socialismo cubano está lejos de ser lo que para mí es una sociedad ideal. No obstante, el modelo colombiano y el “capitalismo salvaje” tampoco me parecen alternativas cercanas al óptimo social. Quiero creer que Cuba está más cerca del desarrollo social que nosotros. El precio es muy caro, pero no hay una respuesta única. Los cubanos construyen su modelo de la nada, sin un semejante alguno. Si yo viviera en Cuba no podría escribir esto. Vivo en Colombia, pero veo gente morirse de hambre y veo niños que no pueden acceder a la educación básica. El tiempo será el encargado de dar el veredicto final.

** Las fotografías fueron tomadas por el autor.

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