Cuento de Halloween: la maldición de ser abuelo

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No tengo idea de si llegaré a viejo, lo que sí tengo claro es que no viviré esa maldición de ser abuelo. Lo catalogo como maldición porque a pesar de estar creada la ley del adulto mayor en Colombia[1], el estado de abandono, la desidia y muchas veces el rencor hacia estas personas es cada día más aterrador.

 

Por: Oscar Andrés Martínez

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A continuación, una pequeña historia en este mes de Halloween: una abuela que lo dio todo y quedó a expensas de una vida solitaria, sin pensión y con amenazas de pasar sus últimos días en un ancianato.

Érase una vez una niña, a quien llamaremos María, que nació en un pueblito de Boyacá a principios de la segunda década del siglo XX. Creció en el campo rodeada de vacas, ovejas y cultivos propios de la zona. Esta niña, a la edad de 15 años, recibió de unos familiares la propuesta de venir a Bogotá, a lo cual y sin dudarlo un solo momento, aceptó, pensando que iba para la capital y que no recibiría más castigos de su mamá.

Una vez en Bogotá, la niña empezó a trabajar como empleada del servicio para aquellos familiares que le ofrecieron venir a la ciudad. Estando aquí se dio cuenta de que no era lo que esperaba: era una ciudad distante, fría y, peor aún, no le pagaban y no comía lo suficiente y con la calidad que se tiene en el campo. Un día decidió regresar a su pueblo y salió caminando por toda la carrera 7ª hasta llegar a La Caro. Con profundo pesar se dio cuenta de que estaba muy lejos de su pueblo, así que tuvo que regresar a la casa de los familiares.

Pasaron los años y María (ahora señora), a la edad de 20 años, tuvo su primera hija. Fue madre soltera hasta que contrajo matrimonio con el que fue su esposo hasta los 40 años, y quien la dejó viuda con ocho hijos más. Eran nueve: cinco hombres y cuatro mujeres.

Para ganarse la vida, la señora María se dedicó a lavar ropa en la policía nacional, para ser exactos, en la escuela general Santander, con los contingentes de cadetes que ingresaban a la escuela. Así ganaba  algunos pesos para su sustento diario, recibía cinco centavos por cada talego de ropa que le entregaban y fue así que pasó sus mejores años de vida, lavando ropa en la escuela y buscando en estaciones de policía, claro, solo a las que le permitían entrar, a los  cadetes ya graduados a los que les había servido con anterioridad. En el año 1958 quedó viuda y tuvo que sacar adelante a sus hijos sola, los mismo que estudiaron en colegios de curas o de mojas, todo con la férrea esperanza de que salieran adelante y que no corrieran la suerte de otros niños a quienes maltrataban en sus escuelas. Fue una etapa dura para la señora, niños y adolescentes en tiempos del bogotazo, la llegada al poder del frente nacional, la visita del papa Pablo VI, entre otros hechos históricos propios del siglo pasado.

Con el pasar de los años, los hijos e hijas de María se convirtieron en secretarias, técnicos; otros, en cambio, no quisieron estudiar y se dedicaron a trabajar en oficios varios.  ¿Y María?… Seguía lavando ropa en estaciones de policía y esta vez amplió sus servicios a algunas casas de familia. Con ese trabajo sacó adelante a nueve hijos, por su cuenta, sin deberle nada a nadie. Esta madre siempre buscó que sus hijos “no cogieran calle”, sobre todo los hombres, a quienes fueron castigados con “buenas palizas” por volarse del colegio o no hacer caso.

Durante este tiempo de trabajo María nunca realizó un ahorro para la vejez, todo iba directo a la olla, dirigido a la alimentación de sus hijos y el propósito de que no pasaran necesidades, así que soñar con una pensión de retiro en el Instituto de Seguros Sociales (ISS) era impensable. Pasaron los años y María, quien vivió toda su vida en arriendo y mudándose de casa cada que le pedían entregarla, nunca logró tener un techo propio.

Mientras tanto, el ultimo hijo varón de María se casó a finales de los ochenta y ella quedó con una sola hija y dos nietos, fue con ellos con quien vivió su vejez, ¿Y sus demás hijos? Todos crecieron, tuvieron hijos, algunos adultos y otros adolescentes; ellos ya “eran harina de otro costal”.

Al llegar a la década de los noventa, María ya tenía setenta años, fue ahí cuando recibió un regalo de cumpleaños de parte de una nieta, una casa lote, entregada con la promesa de que allí iba a pasar sus últimos, días en compañía de su hija y dos nietos. En ese momento María pensó que la inestable situación de vivienda que había afrontado toda su vida era cosa del pasado, lamentablemente, cinco años más tarde, la misma nieta que le dio ese regalo, le pidió entregarle la casa pues la había vendido. María, una vez más, tuvo que buscar dónde vivir.

Ante esta situación, de nuevo a la deriva y sin salida,  empezó el peregrinaje para  buscar donde vivir y donde trabajar en lo único que sabía hacer, lavar ropa. Como lo hizo en años anteriores lo logró, sin embargo, debía  mudarse cada vez que al dueño de la vivienda no le agradaban los altos valores del recibo del agua.

Con el tiempo, sus hijos dejaron de verla y solo la visitaban cuatro veces al año, el día de la madre, en su cumpleaños, navidad y año nuevo. Las celebraciones de navidad y año nuevo se daban alrededor de un ajiaco típico santafereño que la abuela María preparaba para atender a sus hijos y sus respectivas familias. En ese entonces María disfrutó de ver su casa llena, no obstante, de la misma forma que los ingresos de María empezaron a disminuir, y a la par de los “achaques” de la vejez, las visitas en las festividades de fin de año ya no fueron las mismas, ya no había para el ajiaco y el saludo era “de entrada por salida”, sus hijos le entregaban un regalo, hablaban por unos minutos y se iban.

Un día María tuvo un accidente en casa, tuvo que ser internada en el hospital. El dictamen: osteoporosis en la cadera. Las cosas se complicaron, más enfermedades llegaron y, con el tiempo, el trabajo así fue disminuyendo y la competencia aumentando, por lo tanto los ingresos iban en picada y empezaban los tiempos más difíciles.

Aunque el trabajo ya no daba para solventar los ingresos necesarios para pagar las cuentas,  su hija mayor le ayudaba con unos cuantos pesos para algunos gastos. Esto sumado a la ayuda que, una que otra vez, le daban sus hijos, no era mucho, pero cualquier cosa servía.

La hija menor de María, quien tampoco trabajó en otra labor diferente a la de su madre, tenía dos hijos, ellos, con el tiempo, se convirtieron en la manzana de la discordia entre sus otros hijos, pues afirmaban que darle dinero a María era entregarle ingresos para sus nietos, con quien ella vivía.

En medio de las disputas familiares el tiempo pasó y María se quedó viviendo con su nieto, el que estuvo toda la vida a su lado y el de su hija menor. Él, quien estudiaba y trabajaba al mismo tiempo, no tenía muchos ingresos, sin embargo colaboraba con algunos gastos de la casa. Al llegar la vejez de María, él se quedó voluntariamente con ella intentando cuidarla lo mejor que pudo.

A sus 85 años, en vista de que no podía trabajar más y por consejo de su nieto, María tomó la decisión de ir a una comisaria de familia para solicitar, por la vía legal, ayuda económica de sus hijos  con el fin de tener un ingreso para subsistir pues el subsidio que entrega el Gobierno sólo llega cada dos meses y, aunque ella intente ahorrar, el dinero es insuficiente.

Después de hacer la solicitud en la comisaría la respuesta de los funcionarios fue negativa.  “Es lo que puedan dar ellos y para eso se hace una conciliación”, señalaron. De la conciliación solo quedaron unas amenazas de demanda por parte de uno de sus hijos varones, quien no vio con buenos ojos su solicitud por vía legal.

Luego de esta citación, los conflictos entre sus hijos se incrementaron, para ese punto hasta los nietos entraron a terciar, algunos trataron de conciliar y llegar a acuerdos, otros aseguraban que la abuela era una atrevida, entre otros descalificativos. Sin embargo, llegaron a un acuerdo sobre el valor que cada quien debía aportar y establecieron una cuota mensual para el sostenimiento de María. Unos daban cien mil, otros cincuenta mil y uno aportaba diez mil pesos mensuales. Cuenta María que, incluso, una de sus hijas solo le daba una panela y una libra de arroz cada quince días, porque no tenía más que dar.

Así pasaron los años, tras el acuerdo sus hijos cumplieron con la cuota acordada, claro sin olvidar darle también un sermón en el que argumentaban que no tenían obligación de sostenerla y que, además, tampoco contaban con los recursos para hacerlo.

María cumplió 94 años, para esos días ya vivía solo con su hija pues su nieto, con quien vivió por muchos años, consiguió una beca y se fue a estudiar al exterior. Así buscaron un nuevo sitio donde vivir ellas dos solas. Sin embargo, los nuevos conflictos no mermaron, esta vez la discusión se desvió en torno a quién debía estar a cargo de la abuela, ante la ausencia del nieto. “Quien debe hacerse cargo es el nieto que ha vivido toda la vida con ella, nosotros todos estamos ocupados y tenemos cosas que hacer”, aseguraba la mayoría de sus hijos.

El año pasado, en 2017, la abuela María tuvo un nuevo accidente. Estaba sola en el apartamento donde ahora vive, se golpeó la cabeza y la llevaron a urgencias de un Hospital, afortunadamente la trasladaron a tiempo y el accidente no pasó a mayores, sin embargo, tuvieron que suturarle la cabeza, fueron 10 puntos. Pero como cada acontecimiento importante en la vida de María, fuera positivo o negativo, se generó una nueva discordia. Sus hijos no conseguían ponerse de acuerdo sobre quien se quedaba con ella en el hospital, pues por ser un adulto mayor era requisito que estuviera acompañada todo el tiempo. “No tengo tiempo”, “estoy enfermo”, “vivo lejos”, “tengo que cuidar a mi nieto”, todo un sinfín de excusas en medio de los desacuerdos.

Algunos nietos se organizaron y se concentraron en explicarle a sus padres que era su mamá quien estaba en una situación precaria, que debían acompañarla. Fue así que se consiguió un acuerdo para acompañarla por dos semanas.

Después de ser dada de alta, la abuela regreso a su casa, un tanto mareada, pero consiente de todo. Pero fue ahí donde empezó un nuevo calvario, sus hijos la trataban como enferma mental, es decir, decían que tenía demencia senil, pues, argumentaban, las funciones motoras de la abuela ya no eran las mismas, necesitaba ayuda para bañarse y debía estar acompañada para evitar accidentes nuevamente.

Fue así que por iniciativa de algunas de sus nietas se realizaron algunas reuniones en la casa de la abuela con el fin de discutir qué hacer con ella. Las alternativas no fueron muchas, enviarla a un ancianato o que alguien se quedara al cuidado de la abuela. Entre los nueve hijos sometieron a votación las dos alternativas: cinco a favor de llevarla a un ancianato que no costara más de quinientos mil pesos o que, en su defecto, estuviera fuera de la ciudad para que la renta fuera más económica; cuatro votaron por que la hija que había vivido con ella toda la vida se hiciera cargo. Pero esta última opción tenía un inconveniente para los hijos, los gastos de manutención de la abuela, aseguraban que no tenían el dinero para solventarlos.

Fue en la última reunión en la que la abuela María, como buena matrona, tomó la palabra. “¿Porque me quieren mandar a un ancianato, si yo les di todo lo que más pude? (…) tendré que buscar para donde irme a vivir sola, así sea en una pieza, pero a mí me dejan morir en mi cama”, señaló. Con su opinión se desechó la opción del ancianato.

Hoy la abuela María vive con su hija en un apartamento pequeño y digno, sin embargo, algunos hijos le recuerdan, cada que pueden, que la opción del ancianato está ahí y que pronto será una realidad.  Los demás hijos e hijas viven despreocupados del bienestar de su madre, solo se preocupan por dar una cuota mensual y cumplir con lo legal, piensan que están haciendo lo que tienen que hacer y que con eso es suficiente.

La abuela María recibe visitas sagradamente solo de dos hijos cada semana, los demás están muy ocupados, la prisa de las vidas de cada uno, atendiendo diligencias o con la obligación y la responsabilidad de cuidar a sus propios nietos, cuando lo necesitan.

Esa es la maldición del abuelo, tener 95 años, pedir ayuda económica para subsistir y que sus  propios hijos le intimiden con desagravios y amenazas de demandas. Recibir desprecio y  maltrato psicológico cada que le dicen “te vamos a llevar a un ancianato”… tener nueve hijos criarlos, sostenerlos económicamente, enseñarles principios y valores y, años después,  recibir a cambio un trato de esta índole.

Esa la razón por la que no viviré la maldición de ser abuelo, dedicarle la mitad de la vida a sacar hijos adelante para que, al final, estos mismos te maltraten y dejen a un lado como sino valieras nada.

Pd

¿Cómo aplicar la ley del adulto mayor, si desde las comisarías de familia se dá protección a los hijos y no al abuelo?[1]. Y lo peor, si la población está envejeciendo tan rápido, ¿qué hacer para que estos futuros abuelos no queden sin pensión y a la deriva[2]?

 

[1] https://www.portafolio.co/economia/panorama-del-adulto-mayor-en-colombia-2018-517356

[2] https://www.portafolio.co/economia/adultos-mayores-del-pais-sin-pension-y-con-depresion-506860

[1]http://es.presidencia.gov.co/normativa/normativa/LEY%201850%20DEL%2019%20DE%20JULIO%20DE%202017.pdf

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