Economía que da susto: matrículas universitarias

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Por: Sara L. Grillo M.

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Es aquí donde la historia de terror comienza, precisamente, porque no hay ningún campo de flores cuando deseas acceder a la educación superior de este país. Es más parecido a un campo minado donde puedes morir en el intento.

 Las fábulas y cuentos de mi abuela siempre me produjeron mucho miedo. Esas historias de la patasola, brujas, duendes y el diablo mismo me dejaban lista para una noche de pesadillas e hicieron un excelente trabajo de manipulación infantil. Aparte de mi ya despierta imaginación junto a una ingenuidad peligrosa, la casa de mis padres no contribuía mucho a que mis paranoias disminuyeran: un caserón sin ventanas, puertas de madera que rechinaban escandalosamente al abrir o cerrar, con su propia historia de terror incorporada, más los muchos mitos que los vecinos le agregaban.

Así pues, cada vez que me pillaban en alguna falta, bastaba con que la abuela me recordara cómo a la tía Odilia se le apareció el diablo luego de desobedecer una orden suya, para que mi conciencia armara toda una escena en la que me halaban las piernas o me tragaba la tierra, sin darme chance de resarcir mi conducta. Puedo recordar el latido de mi corazón acelerado al caminar por la oscuridad de aquella casa cuando madrugaba para ir al colegio; aguzando el oído para captar cualquier ruido distinto al de mis pasos, sintiendo el gélido paso del viento en la madrugada como el abrazo tenebroso de algún ser de otro mundo, como si un lobo de fauces desproporcionadas estuviera esperándome, en cualquier rincón, listo para devorarme cual caperucita en su cuento.

La abuela nunca llegó a saber que después de muchos años tuve que conocer un lobo igual o más aterrador que aquel de mis fantasías infantiles, uno que realmente me quitó el sueño, y por el que tuve que vender mi alma al diablo. Las oraciones que me enseñó a rezar no sirvieron cuando tuve que implorar piedad, ni ayudaron a solucionar la tragedia.

Y es que cuando te gradúas del colegio piensas que ya lo peor pasó, que la universidad es un campo lleno de flores en el que correrás en cámara lenta, sonriendo tontamente mientras suena de fondo Happy de Pharrell Williams. Pero no. Es aquí donde la historia de terror comienza, precisamente, porque no hay ningún campo de flores cuando deseas acceder a la educación superior de este país. Es más parecido a un campo minado donde puedes morir en el intento.

Todo comienza con la elección de la carrera. Mi padre solía preguntar: “Bueno, ¿y usted qué piensa hacer de su vida, jovencita?”. El primer paso fuera de la cómoda vida colegial fue elegir qué iba a hacer con mi existencia. El viejo quería un médico en la familia a toda costa, pero estaba muy lejos de mi deseo seguir dicha carrera. Luego de encontrar una profesión con la que pudiera proyectar mi futuro, llegó el momento de decidir dónde… y ahí continuó la pesadilla.

Resulta que en este bello país educarse resulta ser un lujo, más si se desea tener un buen nivel educativo. Ahora bien, las universidades públicas cuentan con una excelente reputación, gracias a la acreditación en muchas de sus carreras, proyectos de investigación avalados tanto por Colciencias como por el Ministerio, teniendo además precios bastante asequibles para el común denominador de los estudiantes egresados de colegios públicos. Personalmente, llegué a pagar menos de cien mil pesos por semestre en Univalle. Eso sin contar con los subsidios que aún otorgan algunas, los incentivos por promedio e inclusive el que exista todavía un comedor universitario puede llegar a salvar la economía de cualquier estudiante. Pero ingresar en una universidad pública no es tan sencillo, se requiere un muy buen puntaje en las Pruebas Saber Pro y tal vez más de un intento para lograrlo.

Las universidades privadas, por su parte, conforman un grupo mucho más grueso de opciones, sin embargo, se destacan algunas por calidad y prestigio en sus programas, lo que es directamente proporcional al precio de la matrícula. Por ejemplo, si le hubiese dado gusto a mi padre con medicina y no hubiese podido ingresar en alguna pública, el rango de precios habría estado entre 29 SMLV ($21.912.000 en la Universidad de los Andes) y 7,62 SMLV ($5.617.744 en la Universidad Cooperativa de Colombia en Pasto). De lo que te salvaste, viejo. Mi inclinación estuvo más por el lado de las ciencias económicas y administrativas, y aquí el panorama no es tan espeluznante: $15.402.000 o 20,88 SMLV en la de los Andes y $2.068.900 (2,80 SMLV) en la Corporación Universitaria del Caribe en el Cesar para Economía.

En administración de empresas, que es la carrera más demandada en Colombia, sigue punteando Los Andes con más de 15 millones, seguida por el Colegio de Estudios Superiores de Administración – CESA, la Universidad del Rosario, La Sabana y la Javeriana de Bogotá con 14, 11 y 10 millones por semestre respectivamente (valores aproximados).

La Universidad de los Andes cuenta con razones de peso para las tarifas que tiene en sus programas, al igual que la Javeriana, el Externado o la ICESI en Cali, por instalaciones, cuerpo docente, alianzas con universidades en el exterior, convenios para prácticas profesionales, o por el enfoque que estas tienen y que suele ser bastante provechoso para sus egresados. Adicional a todo lo anterior, las universidades privadas brindan la posibilidad de construir un capital social envidiable, un valor agregado que en este mundo de conexiones y relaciones es vital.

Este lobo llamado costo de matrículas devora bolsillos sin piedad, y a veces, en el peor de los escenarios provoca la aparición de otro ente tenebroso: el ICETEX. Lo sé, produce escalofríos, pero cuando se está enfocado en tener una carrera universitaria se llega a decisiones extremas como acudir a esta entidad, para que así se termine de destruir la burbuja de fantasía del campo de flores, dando paso a un sombrío bosque con neblina incluida, ambientado con algo similar a O Fortuna-Carmina Burana.

Tomada de Pixabay

Así vas con tu carpeta de documentos, dispuesto a todo con tal de alcanzar tus sueños, enfocado en la meta, repitiendo como mantra que el fin justifica los medios. Firmas la montaña de papeles, cláusulas o pagarés, sabiendo que estás entregando tu alma al diablo, pero con la convicción de que valdrá todos los cobros prejurídicos del mundo si logras culminar con éxito ese tránsito lúgubre, hasta llegar a la meta. Bien para darle un motivo de orgullo a los viejos o por satisfacción propia, igual, no hay paz comparable con la que sientes al recibir el certificado de paz y salvo cuando estás ad portas de la graduación.

No se puede decir que ahí comienza eso de vivir felices por siempre, más bien endeudados por siempre pero con más opciones para tener una mejor calidad de vida, eso sí.

 

 

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