El arte de robar libros

403


Juan Villoro, escritor mexicano, dice que la literatura no es exclusivamente la reserva de lo útil, sino una forma de la felicidad. El problema es cómo llegar a esa felicidad.

Recientemente un joven en Itápolis, São Paulo, Brasil, fue detenido por robar libros en una biblioteca. Cuando la policía allanó la casa de Flavio Fernando de Oliveira, se encontró con cerca de 400 ejemplares, todos robados.

“Los tomé para leer, iba a devolverlos, pero terminé dejándolos en casa”, dijo de Oliveira como queriendo justificarse, pues sus recursos no le dan para comprar libros, menos para poder ir a una universidad a estudiar lo que le gusta: psicología.

Sin entrar a excusarlo, esa confesión no dista mucho de lo que alguna vez nos ha podido ocurrir con algún libro prestado: lo guardamos para leer en un futuro cada vez más lejano o lo leemos y lo dejamos en algún lugar olvidado y no lo regresamos a su dueño. No tengo presente quién me dijo esto, pero tengo clavada la frase en la memoria: “los libros son de quien los lee”.

Hay quien se apropia de los libros para venderlos, hay quien lo hace por el placer de hacer el mal y, finalmente, está quien se adentra en el crimen para poder leer. Roberto Bolaño, escritor chileno, es uno de los autores que ha hablado del tema sin tapujos. En su novela Los detectives salvajes, narra la historia de Ulises Lima y Arturo Belano (alter ego de Mario Santiago Papasquiaro y el mismo Bolaño, respectivamente), que llevan una vida nada fácil en México y luego en diferentes partes del mundo. Uno de los tantos narradores de la historia, el joven García Madero, entra a las librerías a robar algunos libros de autores como Roque Dalton, Lezama Lima, Enrique Lihn y Jorge Luis Borges, entre muchos otros. Lo hace principalmente por la falta de dinero y por tener una biblioteca cada vez más amplia.

En una entrevista, Bolaño reconoció que, siendo joven, robó libros por los mismos motivos que García Madero. “Yo veía cómo mis amigos robaban libros y sus bibliotecas iban creciendo, menos la mía. Entonces me decidí a entrar en el gremio de los ladrones”. Tras algunos intentos fallidos se retiró. Sin embargo, dice: “yo creo que es algo que todos los jóvenes hacen y me parece, además, buenísimo que lo hagan. Robar libros no es un delito”. Y más adelante: “Me parece muy atractiva la idea de arte y crimen (…) El crimen es un arte y, a veces, el arte es un crimen”.  

 

Los escritores salvajes

Hace tiempo compartí con jóvenes escritores (todos eran menores que yo, solo en edad). Reunidos en un apartamento destapamos algunas botellas de vino y nos sentamos a discutir sobre literatura, sexo, drogas y un tema que hasta ese entonces había visto solo en Los detectives salvajes de Roberto Bolaño: el arte de robar libros. Uno a uno se fueron confesando como si en lugar de vino, hubiéramos tomado suero de la verdad. Algunos robaban en librerías, otros esperaban a la llegada de la Feria del Libro de Bogotá y entraban en los pabellones más llenos para sustraer ejemplares, unos, más sutiles, robaban uno que otro libro dentro de las editoriales en donde trabajaban.

Todos coincidían en que lo hacían por lo que ellos consideraban un excesivo precio de los libros, porque había una emoción indescriptible en el hecho de estar sobrepasando los límites (joder al sistema, dirían los catedráticos) y porque les interesaba tener una biblioteca gigantesca.

Sin pensarlo se estableció una especie de manifiesto como los de las vanguardias del futurismo de Marinetti, el dadaísmo de Tristan Tzara, o el surrealismo de Breton. No robarían libros de la biblioteca de los amigos, no robarían libros que no se necesitaran (Paulo Coelho y sus derivados), se robaría libros únicamente a las grandes editoriales y grandes librerías. Esa gran noche terminó en una competencia de columpios en un parque, con cervezas en lata y cigarrillos, y hablando de los cuentos de Cortázar.

Yo, pecador

Una noche, en una librería, había un recital de poesía. Fui por el gusto de ver caras conocidas, viejos amigos, escuchar al poeta y tomar una refrescante cerveza. Todo iba muy bien y cuando terminó el evento me quedé a charlar con otros escritores. El alcohol facilita las amistades literarias. Pasamos de hablar de autores a libros y luego a temas personales.

En una de mis idas al baño, por culpa de ese diurético de cebada, vi sobre una repisa un libro que no pensé que existiera en físico: De sobremesa, de José Asunción Silva. Él famoso por su poesía modernista, su suicidio de un tiro en el corazón y por aparecer en los billetes de cinco mil pesos. Solo había escrito una novela. Y yo la quería.

Lo tomé y lo llevé a mi mesa y seguí hablando con los escritores que a esa hora ya habían solucionado los problemas sociales del país, de forma teórica, claro. Al final de la velada, cuando iba a pagar el libro junto con las cervezas que había tomado, me percaté de que tenía dinero suficiente para una de las dos cosas (sin comprometer lo del taxi). Medité algunos minutos y llegué a la conclusión de que tal vez al día siguiente el libro ya no estaría ahí esperando por mí.

Yo, famoso por dejar ir las oportunidades, puse el libro debajo de otro que llevaba y uno que me habían regalado, los dejé sobre la mesa, pagué y salí con el grupo. La adrenalina recorrió todo mi sistema nervioso, me preparaba para lo peor, pero nada pasó. Una amiga se dio cuenta de todo. Ella había estado presente el día de la “elaboración del manifiesto” y con un gesto me dio a entender que era bienvenido a la manada.

Esa noche fue debut y despedida. No lo volveré a hacer jamás. Desde entonces he tenido el libro encima de la mesa de la sala, ni siquiera lo he puesto en mi biblioteca con los demás, mucho menos lo he leído. Similar al cuento de Edgar Allan Poe, El corazón delator, imagino que es como tener escondido el cadáver de un viejo bajo los tablones y sentir, cada vez con más fuerza, los latidos que atormentan al asesino al punto de hacerlo confesar el crimen.

Por: Chejo García

Twitter: @ChejoGarcia 

comments icon 2 comentarios
bookmark icon

Write a comment...

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *