El oficio de ser mamá

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Por: Sara Grillo M.

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Sus dichos, palabras, maneras y costumbres se convirtieron en los nuestros, impactaron cada paso que dimos, aprendimos más cosas porque tuvimos el privilegio de tenerlas, de ver su ejemplo, de sabernos sus hijos y nietos. Nuestro pequeño mundo giraba en torno a ese par de mujeres.

Cuando tenía entre cuatro y cinco años vivía con mis dos hermanos mayores, mi madre y la abuela en Guacarí. El municipio se hizo famoso porque tenía en su parque principal un samán enorme y hermoso que luego quedó inmortalizado en la moneda de quinientos pesos. También es conocido porque, siendo cercano a varios ingenios azucareros, provee de mano de obra a los campos de caña y las plantas procesadoras. San Roque, su santo patrono, convocaba a su iglesia matronas como mi abuela que aún escuchaban misa con la cabeza cubierta por una mantilla, mientras susurraban con parsimonia los padrenuestros que a mí me arrullaban en las largas bancas de madera.

Al salir de misa, la abuela se sentaba en el parque mientras yo jugaba a brincar las baldosas que asemejaban una rayuela. A veces mi mamá nos acompañaba, cuando no tenía turno nocturno en la fábrica de conservas, y otras tantas, solo nos quedábamos acompañando a mi hermanito Jorge mientras él daba vueltas con su cajón de dulces. Jorgito tenía apenas doce años y ya contaba con un sentido de responsabilidad muy superior al de cualquier adulto. Fue mi primer héroe sin capa, quería ser como él, que mi abuela se expresara de mí como lo hacía “del niño”, y el recuerdo de ese chico serio cargando su cajón verde manzana, repleto de bombones, mentas, turrones o chitos me marcó para toda la vida.

Tomado de Pixabay

Pero en casa teníamos un artista también. Mi hermano mayor, Néstor, era un tornado de energía, tanta, que no le alcanzaban los deportes para quemarla: jugaba baloncesto y fútbol, participaba en atletismo y voleibol, así como en todo lo que se le ocurriera al profesor de educación física de la Normal Superior. Además, dibujaba maravillosamente, por lo que también hacía trabajos por encargo, de su salón o de cualquiera que pagara por una plantilla de dibujo. Recuerdo pliegos de cartulina con dibujos de los Súper campeones o los Caballeros del Zodiaco, paisajes, figuras geométricas o carteleras con una letra perfectamente centrada (sí, niños, a nuestra generación le tocó hacer carteleras para exponer). Hoy, con cuarenta años y mucho menos cabello que en ese entonces, mi hermano dice que a quien le debe sus dotes artísticas es a mamá, quien fuera su primera profesora de arte e inspiración.

Sus dichos, palabras, maneras y costumbres se convirtieron en los nuestros, impactaron cada paso que dimos, aprendimos más cosas porque tuvimos el privilegio de tenerlas, de ver su ejemplo, de sabernos sus hijos y nietos. Nuestro pequeño mundo giraba en torno a ese par de mujeres.

La abuela tenía los ojos más increíbles que haya visto jamás: de un fondo azul con múltiples puntitos de colores que se iluminaban al ver cualquier gracia de mis hermanos, pese a que poco sonreía. Boyacense como era, se había criado labrando la tierra bajo la recia disciplina de su madre, se consideraba liberal, por herencia y luego por convicción gracias a Jorge Eliécer Gaitán. Casada dos veces, viuda el mismo número. Del primer esposo guardaba recuerdos tiernos de un hombre decente que el tifus negro se llevó de su lado apenas superados los dos primeros años de matrimonio, al que poco después se le unió el único hijo que tuvieron. Se casó luego con quien sería mi abuelo, pero de él no había memorias felices. Nadie las tuvo. No solo fue el matrimonio más largo, también el más sufrido y que solo le dejó pesares, como diría la canción del maestro Barros. Eso y ocho hijos que pudieron ser once si tres no hubiesen hecho parte de la alta tasa de mortalidad infantil de los campos colombianos en aquellos años. Mi madre fue la menor.

Hablar con la abuela era tener una visión de un campo fértil, duro y maravilloso, su mirada se perdía a veces en el horizonte, como si lograra ver de nuevo los sembrados o los ríos en los que las bestias calmaban su sed. Huyó de los godos que intentaron robar sus tierras; protegió a sus hijos de las vicisitudes propias de la época de la violencia, caminó sin descanso de finca en finca, en busca de algún compadre o comadre que le brindara un trago de café a la espera de que pasara el peligro. Se mantuvo en pie noches enteras velando por algún hijo enfermo, fue partera de varios nietos y sobrinos; aplicó sus conocimientos ancestrales para aliviar todo tipo de dolencias: sus manos descuajaron muchachitos, aliviaron males de ojo y sobaron descomposturas a punta de Yodosalil o uña de gato. Sin embargo, no hubo agua de hierbas, rosarios y letanías que impidieran perder una de sus piernas, producto de mala circulación, obligándola a permanecer expectante en sus últimos años al ajetreo cotidiano desde una silla de ruedas.

De ella aprendió mi mamá que guardar silencio ante los atropellos no era una opción, así las probabilidades estuviesen en contra. Así mismo, le heredó una actitud de servicio única en el mundo, siempre con amor, sin esperar nada a cambio, sin detenerse a pensar en quién solicita el favor o la ayuda porque “donde comen dos, comen tres, mija”. Mientras la abuela nos cuidaba, mamá trabajaba en la procesadora o donde Rosita, su amiga del restaurante; o ayudando a la tía Isaura en el almacén, o muy temprano en casa, frente a un caluroso asador. Sus manos se quemaron muchas veces, el constante mojar y calentar volteando las arepas hizo que hoy sus dedos estén torcidos, aunque sin menos fuerza o destreza para seguir criando pollos en su patio, le da incluso para sembrar maticas de todo tipo y hasta para tejer mochilas coloridas que luego me regala.

Ellas nos alimentaron, nos dieron techo y educaron solas por muchos años, nos disciplinaron cuando hubo necesidad, nos enseñaron que “Dios aprieta, pero no ahorca”, que había que “ser buen pobre y comer lo que hubiera”. Todo eso sin título universitario, casi que con las uñas. Un par de mamás, mis Marías: abnegadas, sacrificadas y trabajadoras. Unas mamás como las que quizá tuvieron ustedes que me leen hoy, que a su modo les dieron la oportunidad de estar y ser, crecer, cambiar, aprender.

 

 

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