El país de los jóvenes

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Este mundo no es de los jóvenes, eso es mentira, a esa frase deberían ponerle uno o dos asteriscos, una letra menuda al final que rece: “aplican condiciones y restricciones”. Las restricciones de nacer en un barrio marginal de una ciudad sobrepoblada y desigual, en un país tercermundista con serios problemas de distribución de la riqueza, inseguridad o educación.

 

Por: Sara Grillo

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El país de los jóvenes fue el nombre que le dieron a uno de tantos debates presidenciales que hay por estos días. Hubo preguntas sobre educación, deudas universitarias, la polarización, todas hechas por adultos jóvenes a los candidatos que hoy puntean en la carrera presidencial. Según la proyección del DANE, para este año tendríamos poco menos de 13 millones de jóvenes entre los 14 y 28 años, 13 millones que en cuatro años podrán elegir fácilmente lo que quieran, pero todos sabemos que muchos de esos 13 millones no llegarán vivos al final del año y a otro tanto le ganará la apatía hacia todo lo que tenga que ver con el futuro político de este país, es decir, con ellos mismos.

Y es que el futuro nos pertenece, somos la esperanza, los llamados a cambiar este panorama hostil, resentido y envidioso. Pero no. Siento decirlo, pero no. De serlo (porque esas ya son frases de cajón), este país no habría repetido tipos de Gobierno de tan mediocre calidad, es más, el control político se habría hecho efectivo con la desobediencia civil más acérrima. Pero no, eso aquí nunca ha pasado y dudo que pase algún día. Los viejos de hoy, esos que votan con la emocionalidad de un púber, fueron jóvenes una vez y no pasó nada. Los jóvenes de hoy están más preocupados por el cambio de look del cantante del momento, poco o nada les importa la política porque “eso es de viejos, eso es aburrido”.

La apatía no es gratuita. Dizque el mundo es de los jóvenes, pero estos solo pueden correr vertiginosamente de un lado para otro, buscando cumplir sus sueños, matándose en trabajos mal pagos o dejando su talento de lado empleándose en lo primero que surja, lo que les permita llevar comida a su hogar. Este mundo no es de los jóvenes, eso es mentira, a esa frase deberían ponerle uno o dos asteriscos, una letra menuda al final que rece: “aplican condiciones y restricciones”. Las restricciones de nacer en un barrio marginal de una ciudad sobrepoblada y desigual, en un país tercermundista con serios problemas de distribución de la riqueza, inseguridad o educación.

¿Qué les ofrecen los candidatos a estos, sus jóvenes? Quizá lo mismo que les ofrecieron a nuestros padres: oportunidades laborales o educativas, seguridad, vivienda y demás. Siguen ofreciendo lo mismo porque en décadas es poco lo que han cumplido, por no decir que nada. Nos muestran jóvenes sonrientes, haciendo gestos con sus manos en señal de victoria o de aprobación, pero ¿a qué le están ganando estos pelaos? ¿Qué es lo que aprobamos como ciudadanos? ¿Serán esos rostros similares a los que vemos diariamente en los articulados de las grandes ciudades cantando su rap conciencia o entregando el maní, la galleta o cantando un remix desafinado de algún artista pop? No creo.

Tomada de Pixabay
Tomada de Pixabay

¿Los podrá representar un candidato que pretende ser joven, pero que se pinta las canas para fingir experiencia? ¿O un bonachón señor que, aunque decente, no ha podido eludir que a una de sus banderas (los acuerdos de paz con las FARC) se le han colado muchos rotos y ratas, sin que nadie se responsabilice bien ni dé soluciones de fondo? El profe Fajardo suena muy comprensivo, casi cercano con su horda de muchachos verdes, pero casi en un punto como en el otro, como el docente chévere que puede rajarte con un parcial sorpresa al final, mientras sonríe simpáticamente a tu carita de espanto. ¿Será que la opción es ese señor que habla de gratuidad a diestra y siniestra, como si todo se diera por ósmosis?

A veces uno puede entender la apatía de estas generaciones por su realidad. La necesidad de limitar su mundo a una pantalla de cualquier dispositivo electrónico, la frivolidad de muchas de sus inclinaciones, el afán de protagonismo y fama haciendo el papel de idiotas o esa idolatría por una cultura traqueta-mafiosa, donde el dinero llega fácil, abundante y acompañado de exuberantes bellezas de carne y hueso. Se les hace fácil abrazar ídolos así porque les han metido en la cabeza que de otra forma es imposible cambiar su vida. Estudiar es una opción que pocos se toman en serio, porque en la calle la idea es sobrevivir a toda costa, para lo que poco sirven un trinomio cuadrado perfecto o las identidades trigonométricas. Se pueden entender, más no justificar.

¿Qué nos queda entonces? Amigo: trabajar, estudiar, esto último como verdadero acto de rebeldía contra ese sistema que persiste en etiquetarte como marginal a ti y a tu entorno. El colegio no es otro campo de batalla, el maestro no es tu enemigo, ni sus lecciones una pérdida de tiempo. Son las herramientas, las armas si las quieres ver así, con que darás la batalla contra el hambre en tu casa, contra la desigualdad y la violencia. Aprender te sacará del ciclo de pobreza al que pareciera estás condenado por los siglos de los siglos, amén. Porque si bien el trinomio no te servirá para intercambiarlo por leche en la tienda de don Pedro, hará que más adelante, en la universidad pública a la que podrás acceder sin venderle el alma al diablo, o sea el ICETEX, puedas aprobar cálculo, álgebra lineal o matemática básica (sí, los números aparecerán siempre).

Luego, te podrás graduar de lo que quieras: ingeniero, diseñador, licenciado, administrador, mercadólogo, comunicador o economista, y así tus armas serán de un calibre más potente, podrás pensar por ti mismo cuando el político de turno vaya a tu barrio a repartir los tamales o los mercados por votos. No caerás tan dócil en el encanto del dinero fácil, ya que habrás aprendido que a mayor rendimiento, mayor riesgo, que además ese riesgo es la vida misma o la de los tuyos. Así es que podremos decir que el futuro es nuestro, que este país es de los jóvenes, de los reales, no solo de los que salen lindos en las publicidades políticas, para que puedas leer sobre las leyes que impedirán que los corruptos te quiten lo que por derecho te pertenece.

Para que te puedas parar de frente contra las injusticias, no con un arma buscando la revancha, sino con ideas y tu voz, de la mano de tu vecino (el que le va a otro equipo, el que idolatra al cantante que detestas o el que cree en un Dios diferente al tuyo) porque a él le afectan las mismas problemáticas, quizá le han negado los mismos derechos que a ti. Y entonces, de vecino en vecino, de barrio en barrio, de ciudad en ciudad, muchas voces no serán silenciadas por medios mentirosos, ni manipulados por hampones de traje.

La unidad nos hará visibles: una ruidosa masa de gente inconforme, pero que además sabe muy bien por qué lo está, que no cederá hasta obtener lo justo, que exigirá candidatos decentes, con hojas de vida que muestren experiencia, preparación real (nada de cursitos o títulos ficticios), rodeados de personas de la misma índole, es decir, coherentes y realistas en sus propuestas. No será fácil vendernos humo. No seremos más los colegiales que eligen al aspirante que promete la piscina cuando no hay ni terreno para construirla. Así, por fin, este mundo será nuestro.

 

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