Escape de las redes sociales

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La llegada de las redes sociales nos abrió una puerta para reencontrarnos con nuestros cómplices de juegos de infancia, recordar esos viejos amores que ya no serán y reunir a toda la familia. Sin embargo, en la realidad, esa puerta siempre ha estado cerrada.

Por: Chejo García

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Hay una frase que seguramente vi en alguna red social, hace muchos años, y que no sé a quién atribuírsela. Dice algo así: “Twitter te hace pensar que eres sabio; Instagram, que eres fotógrafo y Facebook, que tienes amigos”. La llegada de las redes sociales nos abrió una puerta para reencontrarnos con nuestros cómplices de juegos de infancia, recordar esos viejos amores que ya no serán y reunir a toda la familia. Sin embargo, en la realidad, esa puerta siempre ha estado cerrada.

Somos más cercanos a la imagen de un grupo de náufragos que se sostienen de los restos del barco que aún flotan, pero que se alejan y se pierden en la inmensidad del horizonte. Flotamos, como diría Fernando Pessoa, en el mar muerto de nuestro propio ser. Es difícil notarlo, pero nos estamos convirtiendo en personas cada vez más distantes, más aisladas. Tal vez ya no nos aplica ese verso de John Donne: “Ningún hombre es una isla por sí mismo. / Cada hombre es una pieza del continente, una parte del todo”.

Supongamos ahora que somos esos náufragos, pero que no estamos en el mar sino en cualquier otro lugar y que los restos del barco que aún flotan son sofisticados smartphones. Basta con levantar la mirada justo en este instante para ver que alguien a nuestro lado está completamente absorto en la pantalla de su celular.

Un amigo me contaba que en un restaurante vio la siguiente escena: un niño estaba sentado y hablaba con sus padres en lo que realmente parecía ser más un soliloquio. El niño hablaba acerca de cuál era el superhéroe más poderoso. Comparaba las habilidades de los miembros de la Liga de la Justicia con las de Los vengadores. Hizo un análisis exhaustivo para dar con los puntos débiles de cada cual. El niño, próximo a tomar una decisión sobre cuál era el superhéroe más poderoso de todos los tiempos, quiso saber primero la opinión de sus padres, así que les preguntó. Ellos, con los ojos puestos en sus teléfonos, se limitaron a mirar al niño con el desconcierto de quien hasta ahora llega a una conversación de la que no sabe absolutamente nada. El padre del menor exclamó un desinteresado Ahhh… y regresó a su realidad: la del celular.

Estos –opiné cuando mi amigo me contó la historia– deben ser los típicos padres que se toman una selfie con el niño, suben la foto a Instagram con algún hashtag como #QuéBuenosPadresSomos, #AmoAMiHijo, #FamilyValues o cualquier cosa por el estilo, y sus amigos y seguidores, después de darle Me gusta, dirán “Oh, qué buenos padres son”.

Esta historia es una de tantas. En nuestros distintos entornos hemos visto situaciones en las que se presta más atención a la pantalla de un celular que a los ojos de nuestro interlocutor. Todos, con seguridad puedo decirlo, lo hemos hecho.

El asunto es que nos estamos encerrando en un mundillo virtual, algo que no es real. Algo que nos aleja de los que tenemos cerca. Estamos tan concentrados viendo lo que publica cualquier diva o divo de redes sociales, que rara vez percibimos lo que pasa a nuestro alrededor. Hablando de eso, se me viene a la mente otra frase vista hace tiempo: “Stop making stupid people famous!”

 

Pero no solo somos espectadores silenciosos. Nosotros alimentamos esa gigantesca base de datos que contiene fotos, ubicaciones, estados de ánimo, frases, comentarios, etc. Ni siquiera somos conscientes de que, además de estar aislándonos, estamos perdiendo nuestra libertad.

 

Me explico: Gabriel García Márquez define tres tipos de vida en el ser humano. La vida pública, que es lo que conoce cualquier persona cercana, amigos y familiares; la vida privada, que es lo que conocen las personas de nuestro círculo inmediato, pareja y familiares muy cercanos; y la vida secreta, esa vida en donde caen nuestros más profundos pensamientos y hasta perversiones. Solo nosotros, en teoría, la conocemos.

 

Pero nosotros, con las redes sociales como catalizadores de una mezcla explosiva, desconocemos los límites de estas tres vidas. Más cuando casi todo lo que nos sucede termina convertido en un post, un tweet o una foto. En Internet queda consignado, con tinta indeleble, con quien salimos, hacia dónde vamos y qué hacemos. Lo peor de esto es que toda esta información la entregamos efusiva y voluntariamente.

 

Cada vez que descargamos una aplicación al celular nos pide aceptar términos y condiciones que ninguno –me incluyo– lee. Aceptamos, además, que las aplicaciones tengan acceso a nuestra cámara, micrófono, archivos, contactos y una lista interminable de fuentes de información. Lo estamos dando todo, por nada.

 

Concretando la idea, reitero que no somos libres; creemos serlo. Toda esta información que subimos a las redes sociales sirve para que las empresas puedan ofrecernos bienes o servicios de acuerdo con nuestros gustos. Así mismo, y sin notarlo, los motores de búsqueda, por ejemplo, orientan nuestro criterio, de igual forma que lo hacen las redes sociales con nuestra opinión. Somos tan manipulables que jamás lo notaremos.

Nos guían con tendencias, hashtags, comentarios, modas. Terminamos haciendo lo que otros quieren que hagamos. Es un macabro juego del que somos amos y esclavos al mismo tiempo. Esto lo puede explicar mejor el filósofo surcoreano Byung-Chul Han, de quien recomiendo un par de libros: La sociedad del cansancio y Psicopolítica.

En mi caso, y ya para finalizar, opté por cerrar todas mis cuentas en redes sociales para descansar del bombardeo de información durante las festividades de fin de año. Noté cómo aprovechaba mejor el tiempo. Leía más, escribía más, salía más. Recomiendo vivir esta experiencia. Fuera de las redes sociales, aunque nos digan lo contrario, hay vida.

 

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