Especial de Terror: El humor ha muerto

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Mi teoría es que esa hipersensibilidad viene de dos fuentes: la incapacidad de entender el sarcasmo y la imposibilidad de reírse de sí mismo. Puede que el problema haya sido que las redes sociales integraron con mayor facilidad esta especie de zombis hipersensibles a la opinión ajena, donde además de encontrarse, pudieron elevar sus voces más allá de los murmullos ociosos para convertirse en una turba airada que reclama respeto, casi siempre, a través de los más sosos insultos.

Por: Sara L. Grillo M.

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Hubo una época en la que la gente podía hacer humor de forma libre, sin pedir disculpas anticipadas, ni aclarar que no se trataba de un ataque a alguna minoría, tampoco requería explicar sus chistes o comentarios para que nadie se ofendiera. Era maravilloso. Hoy, gracias a esta fiebre de sensibilidad extrema, no se puede ni comentar mencionando el color negro en alguna línea porque corres el riesgo de ser tildado de racista. Ni de fundas se puede hacer un apunte sobre circunstancias femeninas porque te saltan los grupos feministas hasta de las matas. Mucho cuidado con que la rutina toque lo político porque los de izquierda, derecha, centro y hasta los indecisos demandan, arman páginas de Facebook, hashtags y todo cuanto se imaginen para acabar con el irreverente.

Se frustran, lloran, se trauman y demandan. Tal vez hace décadas también eran así, pero no tenían twitter, así que nadie se enteraba, y lo más importante: no tenían la oportunidad de juntarse a destilar su amargura. Bueno, quizá sí, en algún grupito de ciudadanos preocupados por la sociedad descarriada, de esos que mezclan camándula y constitución.

Puede que el problema haya sido que las redes sociales integraron con mayor facilidad esta especie de zombis hipersensibles a la opinión ajena, donde además de encontrarse, pudieron elevar sus voces más allá de los murmullos ociosos para convertirse en una turba airada que reclama respeto, casi siempre a través de los más sosos insultos.

El tema es preocupante porque esto está trascendiendo las barreras más insospechadas. Nada más miren lo que sucede en la Unión Europea con la legislación que regula el uso de memes, ¡memes, por Dios! La iniciativa que está llevando a cabo Reino Unido respecto a las publicaciones que inciten al odio puede ser perfectamente tergiversada, porque muchos no saben distinguir entre un chiste y el discurso de un psicópata. O eso de estropear el lenguaje porque todo debe ser inclusivo, raya en la estupidez. El problema de la discriminación no se va a solucionar degradando el idioma, gente, esa lucha va más allá el “todos, todas y todes”. Una cosa es unirse frente a una situación injusta y otra muy diferente es juntarse para literalmente, joder la vida.

Si nos ponemos a revisar la evolución de los comediantes americanos, los reyes del stand up, la gran mayoría debió transformar su estilo y hasta los escenarios donde se presentan porque los zombis hipersensibles han hecho lo posible e imposible para sacarlos de la escena. Como si no supieran que un Dave Chapelle es de lo más políticamente incorrecto que hay, asisten a sus espectáculos sólo para tener material con qué despotricar en redes sociales, victimizarse y hasta promover un veto. Así de desocupados pueden ser.

Mi teoría es que esa hipersensibilidad viene de dos fuentes: la incapacidad de entender el sarcasmo y la imposibilidad de reírse de sí mismo. Lo primero suele ser complejo, contra eso podría recomendar algunos libros, películas o nuevas (y mejores) compañías; para lo segundo sería una combinación de terapia, junto una dosis enorme de amor propio, porque se requiere seguridad, pero, sobre todo, amor por sí mismo para llegar a reconocerse incluso a través de la risa.

El humor negro tiene la cualidad de convertir un evento trágico en algo cómico, es una forma de hacer menos dolorosa una situación, pero especialmente ayuda a lograr algo que los zombis de hoy resisten: decir lo que nadie se atreve ni quiere escuchar. No es un ataque lo que hace un comediante cuando determinado tema protagoniza su stand up, la realidad no es propiedad privada de nadie, la cotidianidad es común a todos por lo que estamos en el pleno derecho de burlarnos de ella si así nos parece, es más, puede considerarse terapéutico.

Si trasladan este tema a los terrenos del matoneo (como usualmente pasa), tendremos que retomar aquello del amor propio, así como el de la objetividad, más allá de los meros apasionamientos. ¿Realmente puede una rutina de stand up promover odios? ¿incide acaso esto en las condiciones de pobreza de un grupo de la población? Mejor aún, ¿el que se deje de hacer chistes sobre determinado grupo étnico terminará con el racismo o la xenofobia? ¿mejorarán los vetos al humor negro las estadísticas de feminicidios, inclusión o igualdad de condiciones laborales para las mujeres? No, solo estaremos en una era en que la libertad de expresión se limita a lo que dicta una corriente, dejando las libertades individuales en el peor de los limbos.

Los zombis pueden seguir reuniéndose para contagiar su amargura por doquier, pueden seguir movilizando sus infinitas inconformidades, pretendiendo que el mundo sea a su gusto y comodidad, tal vez hasta que entiendan que la vida también incluye circunstancias poco amables y que casi nunca son generadas por un chiste. Los “incorrectos”, por su parte, seguirán levantando su voz, inventando cualquier cantidad de apuntes jocosos sin importar el sexo, la raza, el credo, estrato social o la contextura física. Espero que no desfallezcan en su muy necesaria labor, que no claudiquen ante los ríos de comentarios indignados, los lloriqueos o los insultos de esta turba hipersensible, incapaz de reírse de su propia realidad.

 

 

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