Estados Unidos el patrocinador del horror: 16 años de la invasión de Afganistán

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Los Estados nacen buenos y las superpotencias los corrompen… como un cáncer los conquistan, los degradan, los destruyen.

 

Por: Juan Alejandro Echeverri

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Aunque Estados Unidos es responsable de la catástrofe social, económica y política que viven los afganos, sería un desatino señalarlo como el único culpable.

En Afganistán la amenaza bélica se remonta al siglo XIX: el Zar ruso de aquel entonces quiso tragarse el país, pero el imperio británico -que posteriormente sería desterrado por las fuerzas afganas-  lo impidió porque la ocupación era una amenaza para su monarquía en la India.

Un siglo más tarde, en octubre de 1979, Hafizullah Amin, caracterizado por su nacionalismo despiadado, se convertía en Jefe de Gobierno. El mandato de Amin, considerado por Moscú una bomba de tiempo para el comunismo en la frontera de Asia Central, solo duraría dos meses. Tras su asesinato, el 25 de diciembre, 7.700 soldados soviéticos tomaron el control del país. La invasión, que terminó en 1989, dejó un millón de civiles muertos y cinco millones de refugiados.

A finales de 1994, los talibanes -facción político-militar islamista suní, archienemiga de los chiítas- le arrebataron el poder a los muyahidines, patronos del país desde la retirada del ejército soviético. Occidente condenó las políticas extremistas de los talibanes y ejerció presiones para que el movimiento islámico terminara con la producción de opio, que posicionaba al país como el principal proveedor de opio de Europa. Estados Unidos también exigió a los talibanes que entregaran a Osama Bin Laden, quien fuera contratado por los servicios secretos de Arabia Saudí, en 1979, para que administrara las finanzas de la operación de la CIA en Afganistán, consiguiera fondos, reclutara fundamentalistas islámicos y los armara para combatir al ejército de la Unión Soviética. Un año antes de la derrota del ejército rojo, “Bin Laden creó en Pakistán una base de datos con información detallada de los 35.000 voluntarios muyahidines, de 40 naciones diferentes, que había luchado en la guerra afgana. Aquel fichero fue llamado simplemente «Al Qaida» y dio nombre a la red terrorista más temida y perseguida”[i] en los albores del siglo XXI.

Osama Bin Laden pasó de ser un militante estadounidense de la lucha contra el comunismo, a convertirse en el hombre más buscado por la Casa Blanca. La paradójica política exterior estadounidense es una fábrica de frankensteins, de horror y muerte. Responsable, entre otras cosas, de que la tierra “más que un mundo donde triunfa la guerra, [sea] un mundo donde fracasa la paz”[ii].

Desde que tengo uso de razón, Estados Unidos ha sido ese jefe que se gana el respeto de sus subordinados inspirando miedo. Hace 16 años, la insolencia suicida de Al Qaeda –además de transformar en cenizas las Torres Gemelas- hirió el orgullo norteamericano. Slavoj Žižek explicó los efectos colaterales del atentado: “El 11 de septiembre llegó el momento idóneo para justificar el agresivo expansionismo militar de Estados Unidos: Ahora que somos también víctimas, podemos defendernos y contraatacar”[iii].

El presidente George W. Bush contempló la posibilidad de responder con un ataque nuclear, sin embargo se decantó por una invasión militar. Aunque las fuerzas militares apoyaron públicamente la decisión, finalizadas las ruedas de prensa, se escuchaban voces recelosas por los pasillos del Pentágono ante el inminente germen de una “guerra sin fin”[iv]. Tan solo un mes después del suceso, 40.000 soldados estadounidenses aterrizaron en Afganistán. Para entonces, ya había dos millones de afganos refugiados en Pakistán y 1,4 millones en Irán.

La incursión militar derrocó al gobierno talibán. Y probablemente, tal como sucedió tras la invasión a Irak en 2003, los centros de detención donde se torturaba física y psicológicamente a civiles y milicianos, se convirtieron en las universidades del odio que graduaron a los radicales que hoy integran las filas del Estado Islámico.

Dieciséis años después de combatir el terrorismo en nombre de la paz mundial, la zozobra y el miedo gobiernan el planeta. La coalición internacional encabezada por Estados Unidos que invadió Afganistán, fracasó: no logró destruir a Al Qaeda, ni expulsar a los talibanes. “De hecho, la situación es más bien la contraria. Lo que queda de Al Qaeda se ha trasladado a la frontera paquistaní y los talibanes dominan aproximadamente el 80% del sur de Afganistán y el 43% del país en su conjunto. Todo ello significa que el Gobierno de Kabul [apoyado por la coalición internacional] tan solo tiene el control indiscutible sobre el 57% del territorio, una reducción considerable respecto al 72% de hace un año. Es inevitable que, en los próximos meses, esa proporción se reduzca aún más”[v].

Más de mil soldados afganos han muerto en los tres primeros meses del año. La corrupción ha erosionado todas las capas de la sociedad, los conflictos étnicos e ideológicos se recrudecen, Afganistán sigue siendo el primer productor de opio del mundo, y fue el segundo país de origen de los 361.709 migrantes que en 2016 llegaron a pedir asilo en Europa.

Desde la invasión, “Estados Unidos ha gastado ya más de 700.000 millones de dólares, una cantidad suficiente para construir a cada afgano un apartamento de lujo y unas instalaciones sanitarias y educativas de primera categoría, y además añadir un todoterreno de gama alta para cada uno como regalo. Por el contrario, Afganistán sigue siendo el país más pobre de Asia, el tercer país más corrupto del mundo, el más analfabeto y el que tiene las peores infraestructuras médicas y educativas, si exceptuamos unas cuantas zonas de guerra en el África subsahariana”[vi].

Corresponsales de la Casa Blanca como Mark Mazzetti aseguran que en Washington nadie quiere pronunciar la palabra Afganistán, ni siquiera la CIA está dispuesta a destinar recursos para solucionar el conflicto. La política exterior estadounidense está hastiada y resignada ante los daños irreversibles de la invasión, la orden es dejar que la evolución natural de la guerra solucione el conflicto afgano. No me sorprende la diplomacia yanqui. Morris West,  en su novela El embajador, ilustró a la perfección el modus operandi de la política estadounidense: “Los norteamericanos son un pueblo extraño. Se comen a los amigos [y a los enemigos] como granos de uva y luego escupen la piel porque les parece demasiado fuerte”[vii].

 

 

 

Bibliografía

[i]  Viana, I (3 de mayo de 2012). Bin Laden, aquel agente dela CIA. ABC.es. Recuperado de: http://www.abc.es/20110502/internacional/abci-historia-qaida-201105021007.html

[ii] Morales, A. (2017). No somos refugiados. Barcelona/Madrid: Círculo de Tiza.

[iii] Ibidem.

[iv] Fisher, M. y Taub, A. (29 de agosto de 2017). Por qué no hay soluciones para la guerra de Afganistán. New York Times en Español. Recuperado de: https://www.nytimes.com/es/2017/08/29/por-que-no-hay-soluciones-para-la-guerra-de-afganistan/?smid=tw-espanol&smtyp=cur

[v] Dalrymple, W. (19 de agosto de 2017). Afganistán, la guerra que nadie ha podido ganar. El País. Recuperado de: https://elpais.com/internacional/2017/08/18/actualidad/1503067055_730227.html

[vi] Ibidem

[vii] West, M. (1965). El embajador. Vergara.

 

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