Grindr y Tinder: un juego

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¿Acaso quién no conoce a alguien, por lo menos, que no haya conocido a otra persona a través de una aplicación? Sin embargo, existe un problema de coordinación tan severo que hace que los que usan Grindr jamás lleguen a una situación en donde se maximice la felicidad de todos. Esto es contrario a lo que podría pasar en Tinder.

Las dinámicas de cómo conocemos personas evidentemente han cambiado gracias, o a pesar, de la tecnología. Algunos vaticinan la debacle de nuestros días, pues la pérdida de la interacción con el espacio público o el contacto meramente físico se ha venido extinguiendo. Sin embargo, lo que uno encuentra en las aplicaciones no es nada diferente a la naturaleza humana, a ese instinto que nos lleva a cazar, a mostrar, a buscar sexo, a huir de la amenaza.

Las aplicaciones más comunes son Tinder y Grindr. Fueron creadas gracias a los incentivos propios del mercado, es decir, una idea proveniente de un grupo de emprendedores que pudo generar bastantes ingresos. Mientras Tinder significa yesca (materia muy seca y que arde con facilidad) y lo usan tanto homosexuales como heterosexuales, Grindr es exclusivamente para gais y su significado es algo más ambiguo. Según su creador, Joel Simkhai, tanto el término como el símbolo se remite a una noción básica de la necesidad humana de relajarse y socializar. De hecho, el símbolo de su logo (una máscara) hace referencia a las piezas artísticas de África y la Polinesia justamente por lo primitiva de esta necesidad, así muchos pensemos que hace oda a la clandestinidad.

Pero más allá de los símbolos o de las intenciones iniciales de sus creadores, estas aplicaciones tienen múltiples usos que van desde buscar un encuentro causal hasta encontrar la futura pareja, lo sabemos. Sin embargo, la crítica hacia estas es a todas luces evidente. La más clara en contra de Grindr es que es absolutamente efímera en el sentido de que gran parte de sus usuarios está buscando sexo, luego solo se valoran los momentos fugaces para los cuales hay que contar con una muy buena foto de perfil, un buen cuerpo y, sobre todo, responder afirmativamente al conjunto de prejuicios de la misma comunidad.

Entonces, las referencias meramente estéticas hacia los perfiles y la manera en cómo se busca vender la imagen choca con la muestra de amabilidad más simple. Ruedan las fotos de penes y nalgas, los perfiles con fotos de torsos muy bien formados y las conversaciones monosílabas con intensiones que no siempre son correspondidas. Si bien Tinder puede ser diferente en el sentido de que las intenciones sexuales se esconden de manera sutil, comparten en común ese instinto generalizado que adula la imagen por sobre las características que dicen en realidad quién es quien está detrás del perfil.

Veo que en estas aplicaciones el juego estratégico es una opción factible. De hecho, uno podría plantear dos hipótesis complementarias. La primera es que existe un problema de coordinación tan severo que hace que los que usan Grindr jamás lleguen a una situación en donde se maximice la felicidad de todos. A este nivel máximo de felicidad lo llamaré en adelante un óptimo social. La segunda es que es más fácil llegar a un óptimo social usando Tinder.

Esto parte de suponer que quienes usan Tinder tienen otras intenciones de carácter menos sexual y con ánimo de buscar una relación o una amistad, algo más concreto y duradero (supuesto relativamente débil). Por ende, dado que, si alguien decide concentrarse en hablarle a una persona, esta valora más concentrarse en esa persona pese a que tiene la opción de seguir hablando con muchos. Esto no pasaría en Grindr, pues se valora más la cantidad de conversaciones.

Antes de seguir debo decir lo que muchos saben. Los economistas tenemos una obsesión bastante reprochada. Se trata de suponer. Lo hacemos con un fin claro, poderoso, dirían algunos: modelar el mundo. De acuerdo con esta obsesión y para ilustrar mis hipótesis usando un caso muy sencillo de la teoría de juegos, permítame suponer varias cosas:

  1. Existen dos personas que llamaré jugadores: usted y su levante de Tinder o Grindr.
  2. Podemos medir la utilidad (felicidad) de usted y la de su levante.
  • Cada jugador tiene dos opciones. La primera es concentrarse en hablarle a una persona y la segunda es intentar entablar acercamientos con muchas personas.
  1. Los jugadores son muy felices si ambos se concentran hablándole a una persona, ya que la probabilidad de encontrar lo que se busca aumenta. En esta situación cada uno obtiene una utilidad de 10.
  2. Tanto usted como su levante de aplicación tienen una utilidad de 5 si ambos le hablan al mismo tiempo a muchas personas por medio de la app.

Ilustración 1: el juego de la app

Panel A: Buscando lo casual: Grindr                   Panel B: felicidad con uno solo: Tinder

 

Su levante Su levante
Concentrarse
en uno
Hablarle a
muchos
Concentrarse
en uno
Hablarle a
muchos
Usted Concentrarse
en uno
(10, 10) (0, 11*) Usted Concentrarse
en uno
(10*, 10*) (0, 8)
Hablarle a
muchos
(11*, 0) (5*, 5*) Hablarle a
muchos
(8, 0) (5*, 5*)

 

La ilustración 1 muestra el resultado de los supuestos, se llaman juegos en forma estratégica. Son útiles para calcular dos conceptos claves en nuestro caso. El óptimo social y el equilibrio de Nash. Un equilibrio de Nash es algo que vemos todo el tiempo. Se trata de la mejor respuesta dada la mejor respuesta de los demás, incluso se puede interpretar como una tendencia generalizada que ocurre cuando los individuos piensan de forma estratégica.

Pues bien, el resultado de este juego revela que efectivamente el único equilibrio de Nash en el caso de Grindr (panel A) es que tanto usted como su levante decidan hablar a muchas personas a la vez, contrario a lo que genera mayor bienestar social, que es concentrarse en una persona. Esto explica esa desidia con la que muchos enfrentan la app luego de un tiempo de uso, esa desconfianza generalizada que afecta la manera de interactuar. Desde luego, la falta de información sobre el otro determina de modo importante este resultado. En contraste, en el juego de Tinder (panel B) tenemos dos equilibrios de Nash, siendo uno de ellos óptimo social.

Con esta diatriba no pretendo sugerir que una app es mejor que la otra, pues es una simplificación que deja muchas cosas por fuera. Esto es simplemente una manera de encontrar una explicación a algo que, con seguridad, es mucho más complejo de lo que parece. Sin embargo, más allá de las particularidades de las apps, es claro que aun cuando se sobrevalorare lo inmediato, lo de fácil acceso, lo que venga en cantidades o simplemente lo aparentemente atractivo, la manera en cómo se desarrolle el juego va a determinar en buena medida la posibilidad de llegar a un óptimo social. O sea, el que mucho abarca poco aprieta, dirían las abuelas. De hecho, si uno relaja algunos supuestos de este ejemplo, Tinder puede llegar a ser Grindr, es decir, ese juego en el que usted y su levante no serán tan felices como podrían serlo.

Por: Juan Manuel Monroy

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