Guadalupe, la tierra de los abrazos

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El viajero sentimental, al contrario del explorador o el turista, deja que sea la vida la que se ocupe de las sorpresas. Juan Villoro

A Genny, Andrea y Carolina

Por: Chejo García

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«Ese color está como para un guayabo», fue lo primero que pensé –en voz alta– al ver el Chevrolet Sail modelo 2015, color verde, tan verde que su dueña lo apodaba cariñosamente como el héroe de Marvel, Hulk. El carro llegaba por nosotros para emprender el viaje desde Bogotá hasta el departamento de Santander, para conocer la quebrada Las Gachas. Genny escuchó la impertinencia que dije y soltó una risa contagiosa, imposible de disimular.

Parados en el andén nos encontrábamos Carolina, Genny, el fotógrafo que me acompañó para cubrir esta historia y yo. Esperábamos a Andrea (hermana menor de Carolina), que conducía a Hulk con la ansiedad de quien sabe que no se puede parquear frente al Hospital de la Policía sin llevarse una multa. Se detuvo y nos indicó que subiéramos rápido y sin chistar. Obedecimos.

Partimos sobre las tres de la tarde desde Bogotá con rumbo –fallido– a Barichara, donde creíamos que quedaba nuestro refugio. Debíamos recorrer 321 kilómetros en poco más de seis horas. El fotógrafo se ofreció para manejar el carro. La salida de Bogotá fue caótica pero bella, como fiel reflejo de la capital del país. En otras palabras: horribles trancones con un lindo atardecer de fondo.

Dijo Nietzsche que la vida sin música sería un error. Y no podría tener más razón. Moverse entre tantas curvas, lluvia y poca visibilidad, por una carretera desconocida por el fotógrafo, sería causal de estrés para todos los pasajeros. Sin embargo, una semana atrás habíamos creado una lista de reproducción en Spotify con toda clase de géneros. La premisa: no se iba a juzgar el gusto musical de nadie y disfrutaríamos de cada canción. Hasta los radicalismos musicales habían quedado atrás.

El éxito del momento era una canción llamada Calocha. Hacía referencia a un incremento desproporcionado en la temperatura de la vagina de Barbie Rican, la cantante. Fue imposible no cantar el coro: «Tengo calocha, calor en la cho…, como si estuviéramos debajo de tu colcha».

Pasamos la tarde y la llegada de la noche cantando, riendo y grabando videos con nuestros celulares. Con canciones como Mis ojos lloran por ti de Big Boy, Todavía de La Factoría o Vuelve de Latin Dreams recordamos mejores épocas, volvimos a esa adolescencia libre y sin complicaciones que todos añoramos. Este era el viaje de juventud que nunca tuvimos.

Cambio de planes

Sobre la marcha descubrimos algo escalofriante: ninguno se tomó la molestia de averiguar la ubicación del refugio. Fue Genny quien nos advirtió: «¡El refugio al que vamos queda en la Mesa de los Santos!». Son 429 kilómetros desde Bogotá. 108 más de los previstos hasta Barichara. La cara del fotógrafo se transformó en algo similar al rostro del triste payaso retratado por Vivian Maier en la Nueva York de los años 50.

Las curvas de la carretera nos obligaron a parar después de Chiquinquirá. Andrea tuvo una leve descompensación. Su hermana, Carolina, nos indicó que lo mejor sería parar a comer algo de sal. El fotógrafo siguió las indicaciones y detuvo el carro frente a la única casa que tenía las luces encendidas al lado de la carretera. Parecía una venta de comida típica que estaba a punto de cerrar. Eran las siete y media de la noche.

Pedimos –no había más opciones– uno de los platos predilectos de Cundinamarca y Boyacá: cuchuco. Esta sopa, cuyo origen etimológico sigue en debate, pues pasa por el muisca, el kulino y el mayoruma (los dos últimos provenientes de la Amazonía), está hecha de maíz, trigo o cebada, y contiene arveja, zanahoria, papa, guascas y carne de cerdo. Definitivamente esta sopa hizo que nuestra alma cansada regresara al cuerpo maltrecho por las horas de viaje.

Genny mencionó la posibilidad de cambiar de planes. Su razonamiento era convincente: «Si vamos hasta la Mesa de los Santos, tendremos que devolvernos, mañana, hasta Guadalupe. Será mucho tiempo en carro y no conoceremos mayor cosa». Todos estuvimos de acuerdo. Dicho esto, el fotógrafo se comunicó con el inalcanzable refugio y canceló la reserva, no sin antes asegurar la estadía en el Hotel Terrazas, cercano a Guadalupe.

Guadalupe está a cinco horas y media de Bogotá. Son 272 kilómetros de trayecto por las sinuosas vías que la conectan con la capital. Hay que llegar hasta Oiba y girar a la izquierda por una vía destapada, angosta, con curvas más cerradas y en subida todo el tiempo. Llegar al hotel fue una experiencia tal, que tuvimos que detenernos antes de la entrada para tomar una foto del aviso de bienvenida. ¡Coronamos!

Llegamos, exhaustos, sobre la media noche y nos repartimos las camas de un cuarto muy amplio y cómodo. El fotógrafo tomó prestado uno de mis libros; era Montuno, del poeta Hernán Vargascarreño. Al azar leyó un fragmento del poema Desaparecidos: «Cayendo la tarde / llegamos al pico de una montaña / que creíamos la última del viaje / A lo lejos, otras siluetas sinuosas / hacían de la cordillera / un caos similar a nuestras apariencias». Guardamos un cansado silencio. Luego dormimos.

Las Gachas

Despertamos tiritando. Se demostró, empíricamente, que una cobija gruesa no era suficiente para esquivar el frío que caía de las montañas. A nuestro viaje se unieron Lis y Vélez –hermana y cuñado de Genny, respectivamente–. Llegaron sobre las cuatro de la mañana, luego de haber tomado una ruta alternativa que terminó en trocha y donde su vehículo no pudo pasar. Vivieron su propia odisea, digna de una futura crónica.

Después del desayuno, los siete partimos hacia la quebrada Las Gachas. Nuestro guía era un joven bastante alegre llamado Nicolás. Paramos frente a un enorme eucalipto. El guía nos dijo que abrazar un árbol servía para descargar todas las malas energías, y así lo hicieron Genny, Andrea y Carolina. A lo lejos estaba la quebrada por la que habíamos venido desde tan lejos.

Le dicen El Caño Cristales de Santander. Nada más ofensivo, pues le quita por completo su identidad como destino y como belleza natural. El atractivo de Las Gachas reside en los agujeros que se forman sobre la roca debido al paso del agua. Según el guía, este proceso de erosión hasta la formación del agujero tarda, aproximadamente, 600 000 años. Existe una red subterránea de túneles intercomunicados. Por eso es recomendable ir en compañía de alguien que conozca cuáles de esos agujeros tienen piso y cuáles se conectan bajo el agua.

Quebrada Las Gachas. Imagen cedida por el fotógrafo.

Nicolás, nuestro alegre guía, nos contó una bella historia cuando estábamos cerca del final del recorrido: «Allá, por ejemplo, en esa casa que se ve al fondo, vive una pareja de maestros que se pensionaron. Ellos ya son viejitos, pero me hacen creer que el amor sí existe. Todos los domingos salen a hacer mercado, él carga las bolsas y ella lo sigue detrás. De vez en cuando se detienen para darse un beso, un abrazo o tomarse de la mano y continuar con su camino. Son divinos».

El fotógrafo se dio gusto retratando a sus modelos favoritas hasta el momento, según me lo confesaría después: «A ellas les tengo mucho cariño. Con Carolina nos conocemos hace años y nos sabemos muchas historias del otro; a Andrea la conozco por ser su hermana, pero en este viaje me ha sorprendido mucho por su capacidad de decir las cosas, su sinceridad es envidiable y tiene una forma de trato fuerte pero sin perder el sentido de humanidad; y pues a Genny la conocí hace poco, es carismática y brilla con luz propia. Es una mujer muy sencilla y relajada. Da gusto verla sonreír».

Al volver al hotel para almorzar nos agarró un fuerte aguacero que hizo que canceláramos todos los planes de la tarde. Tuvimos que resguardarnos en los cuartos, ducharnos y acostarnos en la cama. Caímos como un grupo de condenados a muerte por fusilamiento. Vélez pasó para saber cómo íbamos. Todos dormían, menos yo. Así que decidimos salir a tomar un café. El aguacero había cedido. Me contó su historia de amor con Lis y cómo era la relación actual con su cuñada, Genny, pues desde un principio noté mucha camaradería y confianza, como la de dos hermanos que se odian y se quieren al mismo tiempo.

Bajamos al pueblo en la noche. Comimos hamburguesa de búfalo y luego, en el parque principal, jugamos golosa, leta o rayuela, como quieran llamarlo… Nos divertimos como niños, hay que decirlo. Lis, la hermana de Genny, tuvo el mejor puntaje en el juego. Volvimos al hotel y decidimos compartir camas para combatir el frío. Las hermanas, Carolina y Andrea, en una; y Genny y el fotógrafo, en otra. Yo me quedé en la cama con más cobijas. Lis y Vélez nunca tuvieron ese inconveniente, pues tenían un cuarto aparte. Por primera vez le habíamos ganado una batalla al frío.

 

Dolores

Carolina venía presentando un dolor intenso en las articulaciones. Sinceramente no sé cómo hizo para soportarlo. Si hubiera sido yo, probablemente habría tirado la toalla hace rato. A ese dolor había que sumarle algo: ella convive con la miastenia, una enfermedad neuromuscular autoinmune que la va debilitando gradualmente. Pero esta enfermedad no era la causante del malestar.

En Bogotá Carolina se había tomado exámenes de sangre. Los resultados no podían ser más extraños: la causa de estos dolores articulares podría relacionarse con una de seis enfermedades autoinmunes posibles. Y, para completar, ella no puede tomar relajantes musculares pues sería un catalizador para que su cuerpo entrara en debilitamiento debido a la miastenia. En palabras de expertos: «estaba jodida por todos lados».

Andrea y Carolina. Imagen cedida por el fotógrafo.

Lo que encuentro de admirable en Carolina es su capacidad para controlar las molestias y aun así sonreír y alegrar el ambiente. Sus noches fueron luchas. Cada movimiento le causaba dolor, pero nunca se quejó. Andrea estuvo pendiente. Cuando tuvo oportunidad, masajeó los músculos de su hermana y procuró servirle de apoyo, alcanzar sus medicinas a tientas en medio de la noche y protegerla. Leí por ahí que cuando uno abraza, lo hace como queriendo blindar, proteger y curar de todo mal a quien quiere.

A la mañana siguiente fui testigo de otro tipo de dolor: el del alma. Esta vez era el fotógrafo quien, en la cama, hacía maromas para no llorar. Había perdido a su abuelo sin poder hacer su duelo. Después de la muerte de su ser querido tuvo que seguir su vida con el ritmo habitual, sin derecho a detenerse. No se hundió, salió a flote, pero llevó por dos años un dolor que se negaba a abandonarlo.

Genny, a su lado, acariciando su cabeza –como lo hacía el abuelo del fotógrafo, según me dijo él–, lo escuchó con atención y luego le dio un abrazo. Se quedaron suspendidos apaciguando los males. En la tarde le pregunté al fotógrafo por lo sucedido y, con una sonrisa tranquila, se limitó a decir: «nada, todo está bien. Solo fue Genny, que me iluminó».

La Cascada de los Caballeros

La noche anterior y esa mañana, la ansiedad de Andrea aumentó. Estaba atenta a recibir un correo con la confirmación de la hora y el lugar en el que se enfrentaría a un examen para un puesto de trabajo muy importante en su carrera como abogada. Su medio actual no es fácil: ha dado con todo tipo de personas y personajes. Es casi como la ley de la selva. Esto explica, en parte, su carácter fuerte, su sinceridad y su talante a la hora de tomar decisiones. El correo que tanto esperaba jamás llegó.

Cascada de los Caballeros. Imagen cedida por el fotógrafo.

Temprano tomamos la vía para llegar a San José de Suaita. Es destapada y se recomienda usar una camioneta o jeep con suficiente motor para trepar como lo hace Nairo Quintana en las montañas europeas. Nuestro destino se hizo visible unos cuantos kilómetros antes de llegar. Nos detuvimos para admirar, de lejos, la imponente Cascada de los Caballeros.

El agua cae con furia sobre el primero de los tres niveles que tiene esta cascada. Cuenta con más de 100 metros de altura y una serie de piscinas naturales. La subida hasta los siguientes niveles se hace por trocha, esquivando matas de café y trepando por uno que otro terreno elevado. A causa del dolor, Carolina tuvo que quedarse en el primer nivel. Su hermana, en un gesto de solidaridad, se quedó con ella. Aprovecharon para tomar el sol y hacer algunas fotos del lugar.

Antes de subir al segundo nivel, que estaba a más de 80 metros de altura, Genny abrazó una roca bajo un manto de agua. Se acercó y me pidió que escuchara con atención: «el agua, de cerca, suena con furia, es ruidosa, violenta; pero, a cierta distancia, es todo lo contrario: relajante, pacífica. He encontrado mucha calma aquí, ¿sabes?». Sí, no tenía que decirlo. Su rostro ya lo había hecho.

Ya en el segundo nivel, Lis y Vélez se acercaron al fotógrafo y cruzaron dos palabras. Luego vino la orden: «¡Todos, dense la vuelta!». Desconcertado, obedecí. Luego vino otra orden: «Listo, fotógrafo, solo usted». Él se dio la vuelta y tomó los primeros desnudos artísticos en su vida. Esta linda pareja se abrazó mirando hacia las montañas. La imagen se hizo poema.

Genny no se quedó atrás. Dio exactamente las mismas órdenes –con su autorización pude ver las fotos después–. Para la fotografía, ella levantó sus brazos y miró hacia las montañas. Su cuerpo, desnudo, se convirtió en paisaje. Las montañas al frente cobraron vida, como si un sol más cercano los hubiera iluminado. Genny brilló una vez más.

Luego de este acto sublime y liberador, descendimos hasta el primer nivel (no pudimos llegar al tercero porque la camioneta que habíamos alquilado nos estaba esperando para regresar al hotel). Andrea y Carolina nos esperaban con una sonrisa y una pregunta: «¿Fue que ustedes se empelotaron allá arriba o qué?». Todos sonreímos. La respuesta fue un simple «sí».

Ayotzinapa somos todos

Uno de los platos de nuestro almuerzo fue pollo, arroz, ensalada y yuca. Mientras comíamos, Genny le dijo a Lis: «El primer sabor que mi mamá reconoció, después de la quimio, fue el de la yuca».

Nelcy, la mamá de Lis y de Genny, tiene una amplia sonrisa delineada por unos labios muy finos que siempre están pintados de rojo. La imagino dictando clase, enseñando a los niños de primaria cosas que jamás olvidarán. La imagino –esto confirmado por Genny– recibiendo de sus alumnos frutas, flores, porcelanas y cartas. Hace un mes, mientras Nelcy estaba combatiendo al cáncer de seno, la profesora suplente le llevó una artesanía hecha a mano, por una de sus alumnas, con una carta en su interior. El mensaje resumía el sentimiento de todos sus alumnos: ¡la extrañaban muchísimo!

El amor que profesan Lis y Genny hacia Nelcy, su mamá, se ve en los ojos de cada una cuando hablan sobre ella. Fue por eso que en nuestro último destino, en el municipio de Guadalupe, hubo una parada especial en la Parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe.

Lis y Genny. Imagen cedida por el fotógrafo.

Esta parroquia es un monumento a la cercanía que tenemos con México. Somos naciones diferentes unidas por lazos gruesos que perduran hasta el día de hoy. Este lugar que ha sobrevivido a incendios y al paso tortuoso del tiempo, alberga en su interior una reproducción al óleo original del cuadro de la virgen de Guadalupe de México. Fue obsequiado por la Unión de damas mejicanas y traído el 10 de mayo de 1924 desde el país del norte. Su construcción se asemeja a la de algunas iglesias de la parte alta de México.

Acompañé al fotógrafo al interior de la parroquia para tomar algunas imágenes del lugar. Genny estaba sentada en la primera fila de bancas. Por el otro lado, un hombre de unos 65 años estaba tomando fotos con su celular. Lo saludé con una leve sonrisa. El hombre me dijo: «¿Ve esa silla de ahí, en la que se debe sentar el padre? Yo la hice. Yo la diseñé hace 15 años. Fui carpintero del pueblo y luego me fui y me puse a manejar taxi. De eso ya 11 años. Vaya cambio, ¿no?». Salí con él y lo acompañé hasta la entrada. Luego volví a mirar hacia el interior del lugar. Lo que vi me conmovió.

Hace años, en Ciudad de México, caminando por el Paseo de la Reforma vi un papel pegado en una señal de tránsito. Decía: «Su dolor es nuestro dolor, su rabia es nuestra rabia. Ayotzinapa somos todos», haciendo referencia a la desaparición de los 43 jóvenes normalistas. A pesar de la distancia, muchos sentimos esta tragedia como nuestra, confirmando así la cercanía con nuestros hermanos mexicanos, la cercanía entre las personas que comparten los mismos dolores del alma.

Este día, en la Parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe, vi la conexión de dos seres humanos, el dolor de uno era el dolor del otro. La emoción de un instante los atravesaba.

Genny se levantó de la banca. La luz que entraba desde los vitrales de la parroquia permitía ver un brillo diferente en sus ojos. Eran lágrimas. El fotógrafo estaba frente a ella. No había nadie más en la parroquia. Se miraron. No hubo una sola palabra, no fue necesaria. Se abrazaron. Al igual que esa mañana, se quedaron suspendidos apaciguando los males.

Un cúmulo de emociones se había enredado en el pecho de Genny. Estaba muy agradecida con Dios por la recuperación de Nelcy, su mamá. Los últimos resultados arrojaban que el cáncer no estaba presente en su cuerpo. Solo podría equiparar esa sensación tan grande con lo que produce el haiku de Hiroshima de William Ospina: «Todas las hojas / de diez largos otoños / en un instante».

Nos reunimos en el parque principal, tomamos camino hacia Oiba para almorzar y seguir hacia Bogotá. Todos –Andrea, Carolina, Genny, Lis, Vélez, el fotógrafo y yo–, sin saberlo, habíamos establecido un vínculo que no esperábamos. Lo sellamos de la única forma en la que se deben cerrar las experiencias reveladoras: con un largo y fuerte abrazo.

Septiembre, 2018.

 

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