La importancia de elegir a tiempo

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En las últimas elecciones nos hemos visto obligados a votar entre el que decía Uribe contra Mockus, el que dijo Uribe contra Santos y el que dice Uribe contra Petro.

Por: Chejo García

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Durante unas elecciones municipales los ciudadanos votaron y, en contra de cualquier pronóstico, ganó el voto en blanco. En vista de esto, el Gobierno, siguiendo las reglas electorales, tuvo que llamar de nuevo a los ciudadanos a las urnas y, sorpresivamente, volvió a ganar el voto en blanco de forma contundente.

Esto llevó al desespero del gobernante de turno y sus ministros. Se tejieron todo tipo de teorías conspirativas: movimientos anarquistas, países enemigos que querían desestabilizar la región o los primeros indicios de una sublevación contra el Estado, pero no vieron ―o no quisieron ver― que existía un descontento general de los ciudadanos hacia quienes decían representarlos.

Uno de los mayores temores del Gobierno, luego de las votaciones, era que el país entrara en una crisis política y social, que unos chocaran sus cabezas contra otros y que reinara el caos absoluto, pero, luego de las elecciones, se encontraron con el desarrollo normal de la vida de los ciudadanos siendo organizados y solidarios entre sí. Esto desató la ira del Gobierno.

El final de la historia se encuentra en el libro Ensayo sobre la lucidez de José Saramago (es aconsejable haber leído antes Ensayo sobre la ceguera), lectura recomendable para los días de pasión electoral.

Bajo este escenario planteado por el escritor portugués se podría pensar que el voto en blanco es un arma poderosa, y lo es. No somos conscientes del inmenso poder que tenemos con el voto y el control ciudadano sobre quienes nos gobiernan. «El pueblo es superior a sus dirigentes», decía Jorge Eliécer Gaitán.

De acuerdo con el artículo 258 de la Constitución Política de Colombia, debe darse la repetición de la votación ―por una sola vez y con otros candidatos― para elegir presidente, gobernador, alcalde o miembro de una corporación pública, siempre que en la primera votación haya ganado el voto en blanco con la mayoría absoluta en relación con los votos válidos.

Lo anterior confirma el peso tan grande que tiene el voto en blanco en primera vuelta. Pero no en segunda. Hasta aquí llegan los elogios.

El artículo 190 de la Carta Magna establece las reglas de la segunda vuelta para las elecciones presidenciales. Aquí la figura del voto en blanco se vuelve simbólica, estéril. No sirve de nada. Es como cuando la persona que a uno le gusta le dice que lo quiere, pero como amigo(a).

La historia reciente colombiana se ha caracterizado por tener momentos de disyuntiva. Lo vivimos no hace mucho con el plebiscito para aprobar o no los Acuerdos de paz entre el Gobierno y la hoy Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común. No hubo voto en blanco, no hubo término medio. Era cuestión de sí o no. Y ganó el no.

Lo anterior es una muestra de lo que vive el país en estas épocas, es inevitable estar polarizados. En las últimas elecciones nos hemos visto obligados a votar entre el que decía Uribe contra Mockus, el que dijo Uribe contra Santos y el que dice Uribe contra Petro.

En estas elecciones hubo la esperanza de una tercera opción, una que no polarizara, que no tomara partido en peleas, que no fuera de izquierda ni derecha, que no fuera restrictiva ni laxa, que no fuera fría ni caliente; es decir, una opción de centro, de término medio o simplemente tibia.

So pena de ser crucificado por matemáticos y físicos, me atrevo a decir que el centro, al menos en política, se vuelve otro extremo. La posición de Fajardo, De la Calle y Robledo luego de la primera vuelta, anunciando su voto en blanco, podría interpretarse como «nadie diferente de mí o a quien yo haya apoyado debería gobernar».

Es cierto, deja un mal sabor de boca pensar que en las últimas elecciones por segunda vuelta se vota por el mal menor, pero también deja un mal sabor que se haga campaña por el voto en blanco en segunda vuelta, cuando no tiene ningún alcance.

Hay momentos en la vida en que hay que tomar decisiones entre dos opciones únicamente, así no nos guste del todo ninguna de las dos. Cabe cuestionarse si, en caso de que la segunda vuelta hubiera sido entre el que dice Uribe contra Fajardo, ¿valdría la pena hacer campaña por el voto en blanco o no?

Debemos estar a la altura de las circunstancias. Hacerse a un lado, cuando lo que se juega es tan importante, tal vez no es la mejor decisión.

 

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