La noche de la ley de garantías viviente

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Cada cuatro años sale de su tumba una criatura llamada la Ley de garantías para dejar sin trabajo a muchos contratistas por prestación de servicios, entre esos yo.

 

Por: Chejo García

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Desde que tengo uso de razón –laboralmente hablando– he trabajado en el sector público. Encontré facilidades para adquirir experiencia laboral y, en aquellas épocas, terminar mis materias de la universidad.

Podría decirse que me amañé, y es cierto. Muchos de mis colegas trabajaron una temporada en el sector público y se fueron al privado o viceversa. La estabilidad, el salario, las posibilidades de ascender, etc., son los factores a evaluar al momento de tomar esa decisión de cambio.

Lo reconozco, me cuesta salir de una zona de confort. El tiempo libre que me ofrece un trabajo de medio tiempo en el sector público ya no lo utilizo para terminar mis materias de ingeniería (pues hace años salí de ese difícil menester) sino para poder leer y escribir. La vida es muy corta para no hacer lo que a uno le apasiona.

No contaba con los terroríficos sacudones que, como dos placas tectónicas que chocan, da la vida para sacarnos de la cotidianidad. Cada cuatro años sale de su tumba una criatura llamada la Ley de garantías para dejar sin trabajo a muchos contratistas por prestación de servicios, entre esos yo.

Le pusieron Ley de Garantías Electorales porque Ley 996 del 2005 no asusta ni al más cobarde. La verdad sea dicha: es una ley más que necesaria, pues regula la participación política de los candidatos, la financiación estatal, el acceso a los medios de comunicación, el derecho a réplica, entre otros. Pero… ¡Me deja sin trabajo!

Queda prohibido a las entidades territoriales, en el nivel central y descentralizado, suscribir convenios interadministrativos para ejecutar recursos públicos, en este caso, a partir del 11 de noviembre de este año. Además hay restricciones para “todas las entidades del Estado” para contratar directamente, sin importar su régimen jurídico, su naturaleza o la rama del poder al que pertenezcan.*

 

Que empiecen los juegos del hambre

 

Cada vez que hay elecciones presidenciales empieza a gestarse, con ritmo caótico, una música acompañada de lamentos, chismes de pasillo y algunas lágrimas. Siempre se escucha que hay recorte de presupuesto, que el dinero no va a alcanzar para nada y que todos, sin excepción, nos quedaremos sin trabajo. El fin está cerca.

En 2013, cuando la selección colombiana de fútbol había clasificado al mundial, todo era alegría. Sin embargo no contaba con la campaña electoral a la presidencia que se avecinaba. Para esas fechas contaba con dos trabajos en entidades estatales.

Mis contratos, como es natural, se acabaron en el periodo fiscal de ese año. En una de las entidades me citaron aparte y me dijeron que estaban contentos con mi trabajo pero que el presupuesto no daba para asegurar mi continuidad en el 2014. En la otra entidad ni siquiera hubo esa reunión. Aunque, ahora que lo pienso, fue mejor. No aguantaría dos enviadas a la friendzone laboral, el mismo día.

Ese año, el del mundial, sobreviví cerca de ocho meses con mis ahorros. Me refugié en mis fieles amigos: los libros. Leí mucho, escribí un par de cuentos, participé en algunos concursos (que por cierto no gané) y me dediqué a una vida de ermitaño.

Cuando el dinero empezó a escasear, me llegó un mensaje de una amiga en el que me ofrecía trabajar un mes asesorando a una empresa en temas geográficos. Dije que sí sin pensarlo y esa es la historia de mi debut y despedida del sector privado. El dinero me sirvió para aliviar algunas deudas y seguir llevando una vida relativamente tranquila.

Cuando por fin se avecinaba el fin de la horrible noche, recibí una no muy agradable noticia: habría segunda vuelta presidencial. Santos y Zuluaga se sacaron chispas y la votación no dejó espacio a una diferencia considerable. Eso implicaba que la ley de garantías se extendería por un mes más.

Por fin, un día de agosto de 2014, vi la luz al final del túnel y recibí la llamada de la entidad de mis amores. Me pidieron los papeles de rutina, todas las afiliaciones habidas y por haber y pude firmar contrato de nuevo. Todo empezaba a retomar su rumbo natural.

Y sí, todo volvió a la normalidad, pero justo ahora se cumplen cuatro años desde aquella aventura. El futuro vuelve a ser incierto. Se avecina la ley de garantías, siento su respiración en la nuca y ella siente mi miedo. Lo sé. El fin está cerca.

 

 

* Las restricciones a la contratación estatal en época de garantías electorales. Ana María Moncada Zapata:

https://www.ambitojuridico.com/bancoconocimiento/administracion-publica/las-restricciones-a-la-contratacion-estatal-en-epoca-de-garantias-electorales

 

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