Leyendo a Adam Smith para criticar capitalistas miserables

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Adam Smith era un gran defensor del capitalismo, pero, paradójicamente, sus ideas económicas pueden ser usadas para criticar los abusos de los capitalistas miserables que creen que, dándole trabajo, le hacen un favor al trabajador. Smith muestra claramente que el mercado se basa en intercambios cooperativos, busca el mutuo beneficio y tiende a la igualdad.

Por: Guillermo García Parra

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Todos tenemos un narciso dentro, pero la vanidad y el ego aparecen y se inflan especialmente en los periodistas políticos y económicos. No sé exactamente por qué, pero, aunque no influimos en estos temas tanto como quisiéramos hacerlo, los que escribimos acerca de ellos —yo lo hago desde la academia y los medios de comunicación— nos presentamos como si fuéramos bastante influyentes y como si nuestros textos fueran definitivos y originales. Esta es una cosa extraña. En realidad, nuestros escritos rara vez son originales. Muchos de estos textos son menos oportunos de lo que creemos, y somos actores sociales secundarios que hablan acerca de las decisiones que otros toman.

He hecho esta reflexión porque hace dos años empecé a escribir para El Mal Economista, pero es verdad que durante todo este tiempo nunca hablé de la postura ideológica desde la que he escrito aquí. “Pues hace bien, ¿eso a mí por qué me habría de importar?”, se preguntará el lector. Con razón: precisamente no he aludido al tema porque no quisiera caer en el egocentrismo que he criticado. No sé si lo consiga, pero en este blogpost hablaré de esta postura porque, si no lo hiciera, creo que no podría lograr explicar satisfactoriamente el argumento que quisiera exponer y defender en esta oportunidad.

Hace unos años comencé a interesarme por los puntos de intersección entre el marxismo y el liberalismo. Este es un ejercicio heterodoxo. Normalmente se piensa que estas dos doctrinas políticas y económicas son absolutamente contrarias. Y, bueno, en algunas cosas sí lo son. Es imposible, por ejemplo, defender conjuntamente —sin contradecirse— la noción de dictadura del proletariado y la democracia liberal. Sin duda, hay planteamientos tanto en el marxismo como en el liberalismo que son insatisfactorios, pero precisamente esta es una de las razones por las que, en vez de escoger el uno o el otro, decidí tomar algunas cosas del uno y otras del otro.

Detrás de este interés hay una postura ideológica. Me considero un liberal de izquierdas, es decir, una persona que valora las libertades individuales y defiende la justicia y la igualdad. Además, rechazo las posturas más extremistas y dogmáticas de los dos lados del espectro político: el comunismo, el anarquismo y el libertarianismo, entre otras. Me he aventurado a hacer un híbrido ideológico porque de esta manera es posible ser liberal e igualitario al mismo tiempo, y rechazar los extremismos sectarios —bueno, detrás de esto hay una larga historia de decepciones políticas, pero hablaré de eso en otro momento. Lo prometo—.

Una de las cosas que he advertido por medio de la aproximación mencionada es que, a veces, si se quiere criticar las injusticias características del capitalismo no es preciso recurrir otra vez a Marx, sino que resulta mucho mejor leer a los ideólogos mismos del capitalismo. Por ejemplo, como en otras naciones mundiales, en Colombia hay una multitud de capitalistas miserables y de idiotas útiles que sostienen que el empresario le hace un favor al trabajador al darle trabajo. Pues bien, si se quiere refutar, cuestionar moralmente y resistir a estas personas no hay que volver a leer El Capital, el Manifiesto del Partido Comunista o el infame Libro Rojo de Mao. Para conseguirlo basta con leer al gran Adam Smith.

Quienes piensan de la manera descrita consideran que el empresario gratuitamente beneficia, ayuda o le hace un bien al trabajador, que, gracias a la decisión del primero, puede ganarse una cantidad determinada de dinero. Sí, claro, estas personas a veces reconocen que el trabajador no se ganaría ese monto si no diera nada a cambio, pero dicen cínicamente que no lo podría hacer si su trabajo no fuera demandado —Oigan, ¿y qué harían los empresarios si nadie quisiera trabajar para ellos? —.

Yo creo, sinceramente, que así piensan los trogloditas que, como en Animal Farm, creen que “todos somos iguales, pero algunos son más iguales que otros” —perdóneseme la vanidad, pero esta cita está muy bien escogida. Orwell la puso en boca de los cerdos que alegóricamente representan a la vanguardia revolucionaria que mal mandaba en la URSS. Los antedichos trogloditas se parecen mucho a los cerdos comunistas que harto critican, ¡qué ironía!—. Estas personas en teoría aceptan que los individuos tenemos los mismos derechos, pero, al tratarse de intercambios económicos, creen que los intereses de los empresarios priman sobre los de los trabajadores.

Adam Smith era un gran defensor del capitalismo, pero, paradójicamente, sus ideas económicas pueden ser usadas para criticar los abusos de los capitalistas miserables que creen que, dándole trabajo, le hacen un favor al trabajador. Smith muestra claramente que el mercado se basa en intercambios cooperativos, busca el mutuo beneficio y tiende a la igualdad. En La riqueza de las naciones, el economista escocés advierte que el principio que da lugar a la división de la riqueza consiste en “la propensión a trocar, permutar y cambiar una cosa por otra” (Smith, 2014, p. 44). Smith recuerda que el ser humano está constantemente necesitado de la ayuda, que no de los favores, de sus semejantes, y que solo él tiene la habilidad de persuadir a los otros de que cooperen con él para conseguir los bienes o servicios que necesita de ellos. Ahora bien, cuando se trata de cooperar, el individuo no siempre podrá seducir a los demás “mediante atenciones serviles y obsecuentes”, sino ofreciendo algo en el mercado a cambio de lo que desea obtener. El fundamento del mercado son los intercambios económicos que resultan de estos tratos.

Estos intercambios buscan el mutuo beneficio. Smith advierte que pocas veces un trabajador podrá persuadir a un empresario de que lo contrate invocando las necesidades de su familia o adulándolo —a Smith le faltó decir que el empresario tampoco podrá persuadir siempre al trabajador de que trabaje para él adulándolo, pero no importa, eso lo puedo añadir yo. He visto cómo, en Colombia, los de recursos humanos proceden así en las entrevistas para ablandar al pobre proletario—. El empresario no contrata al trabajador por benevolencia, “es más probable que lo consiga si puede dirigir en su favor el propio interés de los demás, y mostrarles que el actuar según él demanda redundará en beneficio de ellos. Esto es lo que propone cualquiera que ofrece a otro un trato. Todo trato es: dame esto que deseo y obtendrás esto otro que deseas tú; y de esta manera conseguimos mutuamente la mayor parte de los bienes que necesitamos” (Smith, 2014, p. 46).

Como se puede observar, esto aplica para las dos partes. En los intercambios económicos característicos del capitalismo, A le entrega a B su trabajo a cambio de un salario. Y B no le hace un favor a A por el que este tenga que ser benevolente: (1) A no recibe su salario gratis, tiene que trabajar para conseguirlo; (2) A no trabaja para B por benevolencia, sino motivado por su propio interés. Dice Smith (2014):

“No es la benevolencia del carnicero, el cervecero o el panadero lo que nos procura nuestra cena, sino el cuidado que ponen ellos en su propio interés, y jamás les hablamos de nuestras necesidades sino de sus ventajas. Sólo un mendigo escoge depender básicamente de la benevolencia de sus conciudadanos. Y ni siquiera un mendigo depende de ella por completo” (p. 46).

Que quede claro, pues, que un trabajador no tiene que hacer lo que quiera el empresario únicamente porque este le ha hecho el favor de contratarlo. El trabajador se mueve por su propio interés, y está dando algo a cambio de lo que recibe.

Por lo demás, los intercambios económicos tienden hacia la igualdad. Según Smith (2014), “las ventajas y desventajas totales de los diversos empleos del trabajo y el capital en una misma zona deben o bien ser perfectamente iguales o tender hacia la igualdad” (p. 152). De acuerdo con Smith, si un trabajador determinado está en un empleo desventajoso desde el punto de vista de factores como el salario, el trato o las condiciones laborales, tratará de abandonarlo y buscará empleos más favorables. ¿A qué voy con esto? Los que dicen que el empresario le hace un favor al trabajador no solo son unos cobardes, sino que también son unos tontos que no comprenden que los capitalistas que piensan así tendrán más dificultades para contratar empleados, convivirán con una mayor rotación laboral e, intuyo yo, no podrán hacerse con los mejores empleados.

Claro, la primera reacción de muchos, al presentar este paradójico argumento —la paradoja consiste en criticar a los capitalistas usando para ello un argumento que justifica el capitalismo—, consistiría en rechazarlo. Pero tiene sentido.

En Colombia mucha gente piensa que los empresarios les hacen un favor a los trabajadores al darles trabajo. Este pensamiento está tan naturalizado que uno parece un loco, un delincuente, si en una entrevista se atreve a negociar alguno de los términos de la oferta que le están presentando.

Merece la pena reflexionar acerca de cómo podría desnaturalizarse esa idea cínica y prehistórica. En esta oportunidad lo que quería era argumentar que leer a Adam Smith sirve para recordarles a muchos empresarios abusivos, y también a sus epígonos, que el capitalismo funciona a partir de un conjunto de intercambios económicos mutuamente beneficiosos y que tiende hacia la igualdad, y que, ya que dicen que están convencidos de que este es el mejor sistema, no estaría mal que empezaran a actuar conforme a estos principios. Bueno, también podrían reconocer que lo que en verdad defienden es una suerte de feudalismo posmoderno.

Bibliografía

Smith, A. (2014). La riqueza de las naciones. Madrid: Alianza Editorial.

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