Lo que la tecnología se llevó

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Puede que en muchos aspectos esa frase de “todo tiempo pasado fue mejor” no aplique a esta realidad, pero sí es cierto que cada día nos alejamos más de los que nos rodean, tal vez como forma de escape, quizá como otro mecanismo en el que caímos para tolerar lo intolerable o para subsanar una conciencia colectiva prostituida y obtusa.

Siempre había una pila de diccionarios en su escritorio: Lexis, Salvat, Larousse; los periódicos de la semana, el tinto, un bolígrafo y hasta la Biblia, si así el crucigrama lo requería. Era un arte bonito, al menos a mi parecer, porque implicaba concentración además de paciencia. Esto último no abundaba en mi padre, por lo que agradecía esos momentos para él, que a su vez se traducían en respiros de tranquilidad para el resto de nosotros.

Mi papel era vital en la realización de los crucigramas ya que me encargaba del traslado de los tomos desde la biblioteca hasta el escritorio de mi padre, y de regresarlos a su lugar cuando ya no cabían más o cuando lanzaba el lapicero despectivamente al periódico, regodeándose en su pequeño triunfo contra el tiempo o la ignorancia. Si bien no me emocionaba sobremanera ser su patinadora personal, con el tiempo llegué a colaborar más activamente en la elaboración de los crucigramas. Cuando me permitía hacer el pasatiempo con él, era para mí una satisfacción enorme, aunque llegar a eso supuso que previamente me ganara uno que otro jalón de orejas: por llenarlo a lápiz, por errar en alguna casilla, o porque justo ese día no le apetecía ninguna ayuda.

Con la llegada de la tecnología papá conoció Encarta y, posteriormente, cuando Internet se hizo más necesario, el señor Google se convirtió en su mano derecha, pero no era lo mismo. Era como si hubiese perdido la magia el asunto, ya no había esa emoción de buscar entre las hojas viejas una palabra clave porque bastaba un clic para que aparecieran miles de posibles respuestas. No había posibilidad de disfrutar de ese aroma característico de los libros viejos, ni de gozarme por milésima vez las imágenes que hasta en blanco y negro surgían de aquellas páginas.

Ya su potente voz no estremecía la casa con mi nombre solicitando la B o la M de alguna de las enciclopedias. A veces solo era para preguntarme cómo rayos encontraba la página que había estado consultando, otras tantas para compartir el asombro que le producía hallar antiguos vecinos en Facebook.

Con el tiempo las maletas que traía desde su natal Bogotá, llenas de libros, disminuyeron su tamaño y las cantaletas de mi madre con ellas, pues ya no cabía un tomo más en la pequeña biblioteca y terminaban empolvándose tristemente en algún estante improvisado. La fiebre de la Internet contagió al viejo y sus días a veces se consumían enteramente frente a la pantalla del ordenador, buscando y rebuscando información, leyendo sobre una pintoresca variedad de temas para terminar emocionado con alguna noticia pasada de moda de la que apenas se enteraba.

Tal vez mi desencanto obedecía a que simplemente amaba los libros, únicos tesoros en un hogar donde escaseaban los lujos, y ver que hasta mi padre con todos sus remilgos había sucumbido también a la devastadora ola tecnológica, me dejaba una sensación de melancolía y esperanzas rotas. Si bien la tecnología ha mejorado ciertas actividades, acortado las distancias, agilizado procesos y globalizado la información a tiempo real también ha destruido el encanto de muchas actividades cotidianas como un simple crucigrama o el guardar recuerdos en una foto.

Y es que el capturar recuerdos a través de una fotografía tenía un toque romántico años atrás, cuando las oportunidades de que saliera bien dependían de la pericia del fotógrafo y de una dosis de buena suerte. En casa incluso se acumulaban los rollos, así que el siguiente paso era ir a revelarlos a Foto Japón, para luego regresar a organizar las fotos en álbumes mientras se iban contando anécdotas. Era una excusa para reunirse bajo un tema común o para introducir a alguien al loco entorno familiar, eso sí, cuidando que no se llevaran alguna reliquia como la de los abuelos caminando por la séptima, o esa donde los tíos salen peinados iguales en su primera comunión, mucho menos la del viejo en sus años mozos, allá cuando en uniforme del Ejército rompía corazones sin misericordia.

No eran necesarios grupos de WhatsApp para organizar paseos de olla, simplemente se convocaba a los interesados cualquier domingo en casa de los abuelos mientras se almorzaba o en las medias tardes, al calor de un tinto o un chocolate espumoso. La tecnología más avanzada para esas reuniones era algún radio de pilas, o una grabadora en el mejor de los casos; si la señal no era suficiente había casetes con su Lado A y Lado B para amenizar. Todo era más simple, más cercano, más humano.

Mi viejo se fue antes de que Instagram naciera, no tuvo cuenta de Twitter ni conoció las bondades de Wikipedia. Dudo que su paciencia le hubiese dado para tanta red social, mucho menos para ver una mesa llena de zombies hablando entre sí sin mirarse ni articular palabra, riendo de memes que quizá no entendería o sencillamente no causaban gracia en él. Tal vez habría terminado siendo youtuber y yo su camarógrafa, puede que realizara videos en contra del circo político que hoy extiende su carpa a lo largo y ancho del territorio nacional, o lo dedicaría a denunciar las problemáticas de un pueblo cuyos alcaldes se hacen los de la vista gorda con el negocio del microtráfico, mientras los jóvenes se hacen expertos en un mercado criminal cada vez más agresivo.

Puede que en muchos aspectos esa frase de todo tiempo pasado fue mejor no aplique a esta realidad, pero sí es cierto que cada día nos alejamos más de los que nos rodean, tal vez como forma de escape, quizá como otro mecanismo en el que caímos para tolerar lo intolerable o para subsanar una conciencia colectiva prostituida y obtusa. No debería ser sinónimo de estancamiento, pero en cierta forma lo es cuando la tecnología nos encierra en una burbuja de apariencias, facilismo o mentiras.

Por: Sara Grillo M.

Twitter:@sarilla1004

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