¿Más recursos a las Universidades públicas realmente nos salvará de la crisis de aprendizaje?

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En la actualidad un niño colombiano que entre a estudiar a los cuatro años tendría, en promedio, 12,5 años de educación al cumplir sus 18. Si vemos la misma situación con un niño en Corea del Sur, este tendría 13,6 de educación al cumplir dicha edad. No obstante, si se ajusta esta medida en calidad del aprendizaje, el niño colombiano solo tendría el equivalente a 8.5 años de educación, mientras que el surcoreano 12.2  ¡Una brecha de casi cuatro años!

Por: Daniel Lacouture Daza

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Mientras Paul Romer era anunciado como ganador del premio Nobel de Economía por haber introducido, hace tres décadas, el capital humano (educación) en la teoría de crecimiento económico de largo plazo[1], en Colombia se gestaba, irónicamente, otro paro en las universidades y los colegios públicos. Los estudiantes y profesores exigen, con razón, un mayor incremento en el presupuesto al sector. Y no es para menos, Robert Barro es famoso por demostrar empíricamente que los países con mayor tasa de cobertura en educación son aquellos que crecen más rápido en el largo plazo[2].

En el contexto en que se encuentra la educación pública en Colombia, la pregunta obvia es si como país estamos invirtiendo lo necesario para incrementar el capital humano. Los datos muestran que Colombia está levemente atrasado en esta materia: según el Banco Mundial, el gasto del gobierno en educación como porcentaje del PIB es de 4,5% para 2016, mientras que en Chile (4,9%) y en Corea del Sur (5,1%), según datos de 2015.

No obstante, Colombia ha avanzado sustancialmente en el incremento de años de escolaridad, aquello que Barro inicialmente aproximó al capital humano, gracias a los programas de transferencia condicionada como Familias en Acción. En la actualidad un niño colombiano que entra a estudiar a los cuatro años tendría, en promedio, 12,5 años de educación al cumplir sus 18. Un niño similar en Chile tendría, en promedio, 12,8 años de educación al cumplir la mayoría de edad. En el caso de Corea del Sur, los años serían 13,6[3]. Las diferencias con Chile son mínimas, mientras con Corea del Sur mantenemos una distancia prudente de país emergente. Sin embargo, es importante tener en cuenta que nuestro ingreso medio es una quinta parte del de Corea del Sur y el 40% de Chile.

Entonces, si el principal motor de crecimiento económico es la acumulación de capital humano – la acumulación de años de escolaridad –, ¿por qué Colombia tiene un ingreso medio tan distinto a los países mencionados? ¿Se están equivocando las voces del paro al exigir más inversión en educación? Claro que no. Nunca nos equivocaremos como sociedad al tomar la decisión de invertir más en educación. No obstante, frente a las voces del paro que claman por más inversión, el eco de la evidencia empírica retumba con una pregunta: ¿para qué? Porque la pregunta pertinente no es si estamos invirtiendo lo necesario, sino si estamos invirtiendo en lo que es realmente importante.

Cuando los años de educación son ajustados en términos de calidad del aprendizaje, el niño colombiano solo tendría el equivalente a 8.5 años de educación, mientras que el surcoreano tendría el equivalente a 12.2 años. ¡Una brecha de casi cuatro años! En Chile, un mismo niño tendría 9,6 años, un año adicional de aprendizaje por casi el mismo tiempo destinado al estudio. El aprendizaje y su calidad, en lugar de escolaridad, únicamente, podría ser la explicación de la brecha en ingresos per cápita, pues se encuentra poderosamente relacionada con mayores ingresos individuales, la distribución del ingreso y, más importante, con el crecimiento económico en el largo plazo.

El ajuste se realiza utilizando las pruebas PISA como ejemplo, es fácil ver en estas cómo Colombia se encuentra en una preocupante crisis de aprendizaje. El 38,2% de los estudiantes colombianos de 15 años que respondieron la prueba se encuentran por debajo del nivel 2, el nivel que la OECD (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico) considera como mínimo para participar de manera efectiva y productiva en la sociedad. En Chile dicho porcentaje es 23% y en Corea del Sur 7.7%. Es decir, más de una tercera parte de nuestros jóvenes se graduarán del colegio sin las capacidades básicas para adaptarse al mercado laboral. Pero todavía falta lo peor. Si tenemos en cuenta que cerca del 35% de los jóvenes matriculados en quinto de primaria no termina la secundaria[4], y que, para el momento en que realizan la prueba, buena parte de los menos aventajados se habrá retirado ya de la escuela, el porcentaje está sobre-estimado y deja al descubierto el gran problema de la educación en Colombia.

Lógicamente, para salir de esta crisis de aprendizaje, la primera tarea consiste en incrementar los recursos destinados para este segmento de la educación. La comunidad universitaria exige más presupuesto para la educación universitaria, lo cual es válido en sí mismo. No obstante, mejorar la calidad de la educación que se imparte en este segmento es lo que mayor impacto genera en el crecimiento económico de largo plazo, para un país con un grado de desarrollo como el colombiano (Hanushek and Woessmann, 2011[5]). El país se encuentra en deuda con aquellos que no pueden salir a marchar a reclamar más recursos, que son los niños y jóvenes en primaria y secundaria, y es allí donde deberían ir destinados la mayoría de los recursos adicionales.

El anterior gobierno implementó algunas políticas encaminadas a ampliar la cobertura y fortalecer la educación en los primeros años con la Estrategia Nacional de Atención Integral a la Primera Infancia (AIPI), así como para incentivar mejorar la calidad de la educación básica y media como el Índice Sintético de Calidad Educativa; no obstante, todavía hay un par de cuellos de botella que mejorar para lograr reducir la brecha de educación efectiva que tenemos con Corea del Sur o Chile.

La ampliación de la jornada única es un imperativo para lograr dicho propósito, no solo porque un niño que permanece más horas estudiando tendrá un mayor conocimiento, sino porque más horas en el colegio reducen la posibilidad de que estos mismos jóvenes estén en las calles y, a su vez, las probabilidades de deserción. De la misma manera, la reforma al programa de alimentación escolar (PAE) no da espera, pues han sido varios los casos ampliamente publicitados en donde la corrupción se ha adueñado de buena parte de estos recursos.

Finalmente, FECODE tiene razón al exigir mejor remuneración y condiciones laborales para los profesores, con el fin de incentivar a los mejores estudiantes a que ingresen a los programas de licenciatura. Sin embargo, también es necesario mejorar y hacer efectiva la evaluación a toda la planta docente, un tema al que FECODE se ha opuesto, pues es la principal limitación frente al avance de la educación de calidad en países como Colombia. Más aún, la evidencia indica que han sido precisamente los sindicatos de profesores quienes han sido los más reacios a implementar las evaluaciones docentes[6].

Hoy en día, en parte gracias a Romer, no solo existe un consenso sobre los efectos positivos de la educación sobre el crecimiento económico, también se ha profundizado en la discusión sobre cómo y bajo qué condiciones el capital humano potencia el crecimiento económico. La evidencia ha demostrado que es el aprendizaje efectivo lo realmente importante, más allá de los años de escolaridad. Sin dejar de lado la importancia de la educación terciaria. Como país debemos hacernos un llamado y pedir más recursos para mejorar la calidad de la educación en primaria y secundaria, la de aquellos que probablemente no tienen voz o irán a paro.

 

Referencias/Bibliografía

 

 

[1] Romer, P. M. (1990). Endogenous technological change. Journal of political Economy, 98(5, Part 2), S71-S102

[2] Barro, R. J. (1991). Economic growth in a cross section of countries. Quarterly Journal of Economics, 106(May (2)), 407–443.

[3] Human Capital Project. Banco Mundial. http://www.worldbank.org/en/publication/human-capital

[4] Consejo Privado de Competitividad. Informe Nacional de Competitividad 2017-2018.

[5] Hanushek, E. A., & Woessmann, L. (2011). How much do educational out- comes matter in OECD countries? Economic Policy, 26(July (67)), 427–491.

[6] Bruns, B., et al. (2014) Profesores excelentes: cómo mejorar el aprendizaje en América Latina y el Caribe. Banco Mundial.

 

 

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