A mí también me robaron la bicicleta en Bogotá, pero Shakira no me hizo video

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Bogotá. Son alrededor de las 8:40 de la noche del 29 de noviembre, y estoy cumpliendo 29 años de vida. Salgo muy contento de la Biblioteca Virgilio Barco porque he encontrado un nuevo libro que alguien por ahí me recomendó a través de las redes sociales: Pecar como Dios manda. Historia sexual de los colombianos. Antes de entrar a los túneles cercanos quiero percatarme de ver gente transitando, pero en ese momento y antes de ingresar, ya me estaban rodeando tres bicicletas con tres personajes que, por sus gestos exagerados, pude deducir inmediatamente qué vendría

Por: Duvan F. Medina

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Sin siquiera poder detenerme del todo, me estrellé con uno de ellos, no por querer enfrentarlo, sino porque el freno delantero de mi bicicleta estaba gastado. De inmediato sacó un arma y me apuntó aumentando su tono de voz. Me pedía algo con desesperación, pero sinceramente no le entendía por un tema cultural: no soy de esta ciudad y tengo que hacer mucho esfuerzo para entender a los locales que me hablan, en lo que me parece una entonación bastante extraña o imperceptible. Algunas veces, el volumen tan bajo que usan no es un problema menor. En Barranquilla, mi ciudad de origen, es bien sabido que el bullicio hace parte de la cultura. Las personas que llegan de afuera pueden confundir fácilmente una conversación de dos amigos en una esquina con una discusión, por la manera en que nos comunicamos. Por tal motivo, mi teoría es que los costeños hemos perdido la capacidad de detectar sonidos de baja frecuencia a causa de la constante exposición a sonidos fuertes durante toda nuestra vida.

De cualquier manera, termino deduciendo que debe querer el celular, aunque recuerdo que hoy en día no tienen mucho valor debido a que, al ser bloqueados, muy poco es lo que pueden hacer con ellos. Me pega el arma al cuerpo y vuelvo a la escena por un instante, pero casi instantáneamente me distraigo de nuevo al pensar en mi cumpleaños. ¿Debería decírselo? ¿Cambiaría en algo todo esto? En ese momento me llega otra idea que a veces ronda mi cabeza. ¿Quiero morir aquí, a manos de estas personas? Parpadeo un par de veces muy rápido… por supuesto que no. Morir en tierra extraña y a manos de cachacos. Nunca nadie dirá que no tuve dignidad.  Además, dejé unos granos en agua esta mañana antes de salir, y según leí en Google, deberían estar listos para cocinarse una vez esté de regreso. Es mi intento número diecinueve para lograr hacerlos bien. No me puedo permitir morir sin hacerlo.

Metí la mano al bolsillo y le di el celular… pero sigue parloteando. Giré la cabeza un poco con la intención de facilitarle el trabajo a mis oídos.

— La billetera, ¡deme la billetera rápido!, me dice con desespero. Está en mi maletín, en mi espalda, junto a los libros que acaba de prestarme la biblioteca, el celular de la empresa donde trabajo y el kit vial que semanas antes me había regalado el personal de turno de la Alcaldía. Era un buen kit, a decir verdad. Un impermeable y un par de luces geniales para evitar que los autos no me vieran en las noches. Estas incluso me ofrecían distintas variaciones de velocidades con las que podía proyectar la luz.

Me quité el maletín con calma para intentar sacar la billetera, darle el dinero y no perder el resto de objetos. Pero otras personas aparecen en la escena arruinando mi estrategia. Los amigos ladrones se desesperan, y es entonces cuando uno de ellos me arrebata el maletín de las manos y otro se monta en la bicicleta para terminar todos huyendo del lugar tan rápido como fuese posible.

—¡Hey, los libros no son míos! Les grité esperanzado en que los arrojaran por el camino. El silencio me respondió.

Empecé a asimilar lo sucedido. Era la primera vez que me atracaban habiendo estado dos años en Bogotá. Una ciudad que todos dicen es extremadamente peligrosa e insegura. No fue en el centro, en donde he andado a distintas horas de la noche. No fue en el barrio Santafé, en donde también he estado curioseando con mi cámara de día, y haciendo el tour con las amigas de la noche. Ocurrió saliendo de prestar dos libros en la Virgilio Barco el día de mi cumpleaños número 29. “Era mi turno de pagar peaje”, fue el pensamiento con el que intenté resignarme. Después de todo, he estado viviendo en este lugar dos años, utilizando sus recursos, disfrutando de su clima, enamorándome de su paisaje nocturno, moviéndome por sus calles… Era justo y necesario que sufriera sus problemáticas por igual.

Durante el 2016, ocho de cada diez personas fueron víctimas de hurto. Más de la mitad (52%) de esos hurtos sucedieron en las calles, tal como el que acababa de ocurrirme. Unas cifras que han venido en aumento durante la última década, más allá de ciertas variaciones positivas durante uno que otro año. A nivel nacional vamos por la misma línea. Si nos detenemos a revisar el informe presentado por la Fiscalía General en su último censo delictivo para el mismo periodo, se denunciaron 314.511 casos de hurto. Un 11% más en comparación con el año anterior (2015).

Pero no todo es oscuro en la vida. El mismo censo delictivo de la Fiscalía también presentó resultados muy favorables en la disminución de otros delitos más graves como el homicidio. Finalmente, la tasa de homicidios quedó en 8%. Como les dije anteriormente, algunos colombianos nos rehusamos a morir todavía, yo, en tierra extraña y sin aprender a hacer buenos frijoles. Pero en otros casos es una consecuencia directa de las cifras que ya no están aportando las FARC en esta categoría, junto con la reducción de la extorsión que marcó un 24%. Y el secuestro, que por su parte registró un 11%. Gracias a Dios, y al Santos ese, hay que decirlo.

Toda esta inseguridad asfixiante en la que vivimos los colombianos no parece resolverse con más policías en las calles, ni mucho menos con militares, como anuncian en mi ciudad, en donde decir que la situación está mejor es un chiste tan cruel como carnavalesco. Pero volviendo al frío de la noche de hoy, puedes mirar la cifra de bogotanos que no denuncia los delitos de los que son víctimas, y la razón por la que no lo hacen: la mayoría no cree que sirva para algo.

En mi opinión, todo lo anterior es consecuencia y reflejo directo de algo más profundo que vivimos en este territorio. El problema de la desigualdad social tan marcada. Colombia, en este punto, ocupa el puesto 12 entre 168 países presentados en el informe de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). A nivel de región latinoamericana, somos el segundo país más desigual según datos del Banco Mundial.

Hace un par de años también hubiera pensado que esos que me acababan de robar solo eran unos simples personajes sin aspiraciones en la vida, y que realmente no deseaban triunfar. Porque ajá, este es un país democrático y libre que le brinda oportunidades a todos por igual. Pero hoy no pienso así. No pretendo justificar ni exhortar a nadie por sus errores, pero tampoco puedo ponerme una venda en los ojos. He tenido oportunidades impensables para muchos otros de los que viven conmigo en esta comunidad. Haber podido pasar por una universidad parece ser un lujo de proporciones gigantescas si se tiene en cuenta la cantidad de personas en Colombia que logran ingresar a una.

Comer también es un lujo digno de una escena de cualquier película de Semana Santa para más de 4 millones de colombianos que viven en extrema pobreza, según datos del DANE. En cambio, ahora mismo han pasado seis horas desde mi última comida, y mi mal genio está en unos niveles cual diva pop millenial… bien Beliebers. Mientras tanto, en el país de la cumbia, las obleas, el café, las mujeres hermosas y la alegría hay niños y jóvenes que van a las aulas de clase con un tinto bien oscuro en el estómago. “¡Van a aprender y echar pa’lante!”, como dirían los, por estos días, gurús del emprendimiento nacional. O a intentar despejar la mente del sufrimiento, dirían otros con los pies en el suelo.

Ni hablar de la salud. Es un privilegio del que no puedo hablar como experiencia propia. Es un lujo al estilo de Estados Unidos, sin ser esto un mercado de esas proporciones. Porque hay que decirlo, este es un país absurdamente precario en el que todavía hay regiones en las que se vive completamente desconectado de todo. Y no de Internet precisamente. Hablo de cosas tan básicas como un sistema de salud, agua o hasta la luz. Regiones en las que cuando llegan los buitres o políticos, es como si volviéramos a vivir las épocas de la Colonia, en las que se engañan a los locales con espejitos y pañitos de agua tibia. Es demasiado deprimente, ridículo y absurdo al tiempo.

Cada vez estoy más convencido de que el problema de la desigualdad social que sufrimos debe ser prioridad número uno e indiscutible en cualquier agenda de cualquier aspirante a la presidencia. Sea del color, sangre, partido, tribu o dinastía a la que pertenezca. No hay más excusas válidas sobre esa guerra que ya fue, pero que insisten en revivir. Bien se ha dicho hasta el cansancio cuán lucrativas resultan las armas, la sangre y las balas para los que viven lejos de ellas. ¡Es que montao’ en el burro sí es fácil, profe!

El panorama se encuentra suficientemente claro para exigir a los reales responsables, con toda la autoridad del caso, que se mejore el bienestar de todos como colectivo. Están bien los megaproyectos y súper carreteras, pero de eso hemos tenido bastante y en exceso, ¿cuándo llegará el momento de atender ese bienestar social que está en deuda desde hace mucho tiempo? No es un tema de filantropía. Es un tema de bienestar colectivo. ¿De qué me sirve tener tantas vías que no puedo usar, porque en esas mismas necesito a un policía en cada esquina para estar medianamente tranquilo? Es un negocio mal venío’, como diría Diomedes.

La realidad es cruda, siempre cruda. Y la nuestra es que tenemos exceso de hambre, y esa sí que no se puede decorar con cemento. Por mi parte solo me queda cerrar contándoles que los frijoles no me quedaron tan bien como los que solía brindarme mi tía Aura, que en paz descanse, pero he de mejorar en mi próximo intento.

 

PD: #QueShakiraDice que te manda la bici de Navidad con Flash, el fotógrafo.

 

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