Una Navidad de bajo presupuesto

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La vida se conforma de esas pequeñas cosas que cuestan poco o nada. Basta con detenerse un momento, bajarse del mundo y mirar con otros ojos.

Por: Chejo García

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Cuando Camilo Vega, editor de El Mal Economista, me planteó la idea de escribir algo sobre Navidad, pensé en las actividades que las personas pueden realizar en estas fechas de excesos con un bajo presupuesto. Mientras trabajaba en algunas ideas para el texto, sentí la dulce bofetada de un recuerdo.

Durante un periodo de mi vida de estudiante universitario (idealista, de jeans rotos, sin tatuajes ni barba) pasé por una crisis económica que me obligó a dos cosas: vivir con $3.000 diarios y beber mucha agua de la llave.

En ese entonces el pasaje de Transmilenio costaba $1.400, lo que hacía que, en el trayecto de ida y regreso a casa, gastara $2.800. A duras penas me sobraba para un cigarrillo. La predilección por el agua de llave la adquirí por una persona que no volví a ver jamás.

Su nombre era Andrés, se había rehabilitado por consumo de drogas y andaba con dos amigos míos cuando, meses atrás, yo tocaba el bajo en una banda de punk con ellos. Andrés siempre cargaba una botella de plástico vacía que llenaba de agua en cualquier baño de la universidad. “Yo tomo agua todo el día porque me llena la barriga y me hace olvidar el hambre”, decía.

Dado lo corto de mi presupuesto y que, para esa época, tenía un horario que me obligaba a estar largo tiempo en la universidad, empecé a cargar mi botella de plástico, tal como lo hacía Andrés.

Ya en vacaciones de la universidad me la pasaba con dos grandes amigos: Hernán y Catalina. Nos veíamos algunas veces para dar vueltas por el centro de Bogotá y disfrutar de los planes que la ciudad nos brindaba.

Un día de diciembre nos pusimos cita frente a la Biblioteca Luis Ángel Arango y decidimos explorar los museos gratuitos. Entramos al Museo Botero, que ofrecía una exposición del artista estadounidense Man Ray, y luego vimos la colección de arte del Banco de la República. Confirmamos que cuando uno está entretenido no siente hambre, sed o sueño.

La tarde la dedicamos a caminar por las calles hasta dar con la Cinemateca Distrital, en donde vimos una película francesa en blanco y negro sobre un hombre mayor que se enamora de una mujer muchísimo más joven. Admito que no entendí el final y que la cinta me dejó más preguntas que respuestas. La tarde iba apagándose.

Reunimos monedas y compramos helados en algún puesto de la Séptima. Nos sentamos en una banca para mirar a la gente pasar mientras la noche se regaba como una bebida espesa y oscura sobre Bogotá. Tal vez ahí comprendí que la vida se conforma de esas pequeñas cosas que cuestan poco o nada. Basta con detenerse un momento, bajarse del mundo y mirar con otros ojos.

Tomamos camino hacia el Parque Nacional y disfrutamos del alumbrado navideño. Las familias daban vueltas por el lugar sin la imperiosa necesidad de tomarse fotos. Instagram no existía. Se respiraba un ambiente festivo. Se vivía lo que dicen las 1280 Almas: “Alegría por encima de la tristeza”.

Entre vendedores de juguetes luminosos, juegos de azar y humeantes puestos de comida, Hernán, Catalina y yo nos abrimos paso hacia la Séptima para conseguir nuestros respectivos transportes a casa. Una linda jornada había terminado para quedar plasmada en mi memoria hasta el último de mis días.

 

 Una invitación

Hay cualquier cantidad de cosas por hacer en estas fechas. Y si no cuenta con un gran presupuesto, ¡mucho mejor! Lo invito a que se deje tentar por la magia de las cosas simples. Hay algo más valioso que el dinero: el tiempo. Si cuenta con un poco, será suficiente para salir y aventurarse.

Puede visitar museos (hay entrada gratuita a cerca de 35 museos en Bogotá el último domingo de cada mes), bibliotecas; disfrutar de presentaciones de teatro, ver muy buenas películas. Hay un sinfín de actividades que se pueden realizar. Si se me quedan algunas por fuera, lo invito a que me cuente por redes sociales cuáles recomienda. Para compartir con los que queremos solo hace falta voluntad.

 

Palabras finales

Bien lo dice Juan Villoro: “la crónica es literatura bajo presión”. Sin embargo, escribir este tipo de textos ha sido, en lo personal, una tarea revitalizante.

En el prólogo de Doce cuentos peregrinos de Gabriel García Márquez, el autor cuenta que, durante el tiempo que pasó entre terminar una novela y arrancar con otra, notó que el oficio de empezar a escribir le resultaba cada vez más difícil. Se puso, entonces, la misión de escribir notas semanales en periódicos de distintos países como una disciplina para mantener el brazo caliente.

En mi caso, escribir en El Mal Economista ha servido para, además de mantener mi brazo caliente, desarrollar esta faceta con que nutro otro tipo de textos en los que actualmente trabajo. Agradezco a todo el equipo, editores, columnistas, community manager, y los que hacen posible esta grata experiencia.

Agradezco también a mi familia, amigos –presentables e impresentables– y lectores. Quiero destacar a Mayra Velásquez, cuya crítica en las primeras versiones de mis textos siempre me ayudaron a mejorar. Les deseo a todos una próspera Navidad, mucha unión, mucho amor y que el próximo año sea aún mejor.

 

 

 

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