Yo trabajé para Rodríguez Gacha

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Un corazón tranquilo es mejor que una bolsa de oro”. Proverbio árabe.  Atrapado en un trancón en la Calle 53, Édgar* saca la cabeza por la ventana de su taxi para calcular la magnitud del atasco en el que se encuentra. «Esto va para largo», dice. «En las épocas de Gonzalo esto no era así de congestionado». Se refiere a Gonzalo Rodríguez Gacha, alias El mexicano, un narcotraficante colombiano que entre los años 70 y 80 llegó a acumular una gran fortuna (fue considerado como uno de los hombres más ricos del planeta por la revista Forbes) y a enfrentarse contra el Estado colombiano en una guerra que cubrió con su manto de muerte a civiles, miembros de la Unión Patriótica y de la fuerza pública.

En los 80, Édgar era un pequeño comerciante que traía todo tipo de mercancía (radios, tocadiscos, televisores) desde Norte de Santander para venderlos en Bogotá. Se organizó con algunos vendedores y alquilaron un lote en el centro de la ciudad para poder ejercer su actividad, pero las autoridades amenazaron a los comerciantes con cerrar sus negocios e incautar toda la mercancía porque algunos de los productos eran de contrabando. Fue así como decidieron irse de aquel lote y rentar, con opción de compra, una bodega en el sector industrial de Puente Aranda para almacenar y vender sus artículos. En dicho sector nacería el San Andresito de la 38.

Las ganancias en el negocio no eran suficientes y un día Édgar se encontró de frente con Gonzalo Rodríguez Gacha. «Fuimos compañeros de estudio en Pacho (Cundinamarca). Hasta me acuerdo que un día nos fuimos a los golpes en el salón de clase», comenta Édgar mientras el semáforo de la Calle 53 con 50 sigue en verde, pero todos los autos están detenidos. «En esa época Gonzalo andaba por la ciudad con cierta tranquilidad porque había comprado a mucha gente. Un día me dijo: “Édgar, ¿qué hace ahí perdiendo tiempo y plata, hermano? Véngase a trabajar conmigo”».

Lo que asustaba a Édgar era la idea de terminar muerto o desaparecido por meterse con un narco. Le comunicó sus temores a Rodríguez Gacha y este le juró que nada le pasaría, que los que morían eran los sapos y los ladrones, y que lo veía como a un hermano pues habían compartido momentos familiares en sus años de infancia en Pacho. Édgar aceptó.

El trabajo consistía en llevar la comida y el dinero del salario a los trabajadores en una planta de procesamiento de droga en los Llanos Orientales. Luego pasó a estar pendiente de ellos. «Tocaba cuidarlos y estar al tanto de que no fueran a abrir la boca y hablaran de más cuando salieran de permiso a las discotecas del pueblo». Es así como Édgar pasó a tener una pistola 9 milímetros en su cinto y un esquema de seguridad conformado por tres guardaespaldas.

«Para qué le digo mentiras. Yo allá ganaba muy bien. Gonzalo mantenía una cuenta con 10 millones de pesos mensuales solo para mis gastos», confiesa Édgar. Un día Rodríguez Gacha le preguntó qué tipo de camioneta le gustaba y él respondió que la Dodge 100. Un par de días después Édgar recibió una camioneta de esa marca como regalo.

Así como sus ganancias aumentaban, también lo hicieron sus responsabilidades. «Hacía pista: pasaba la avioneta, tocaba tierra y ellos lanzaban unas tulas llenas de dólares. Yo me encargaba de lanzar la droga dentro de la avioneta en movimiento porque no se podía detener. No había tiempo para equivocarse, debía estar cargada antes de que tomara velocidad para el despegue».

Édgar sabía lo que le pasaba a los que traicionaban a un narco. Por eso nunca se le pasó por la cabeza robarle dinero a Rodríguez Gacha. «Días antes de la muerte de Gonzalo, a mí me llegan tres tulas repletas de dólares. Pero… lo que es pa’ uno es pa’ uno, y si está de Dios que yo fuera pobre, pues ni modos. Prefiero la tranquilidad de la pobreza a morirme por cualquier centavo. Así que le hice llegar esas tulas y ya», sentencia Édgar mientras los pitos de los carros empiezan un coro insoportable.

Gonzalo Rodríguez Gacha muere en enfrentamientos con las autoridades colombianas en cercanías a Tolú, Sucre, en 1989. Una bala destroza su cara y para su identificación recurren al reconocimiento dactilar. Se manejaron dos versiones de los hechos: que el disparo fue realizado por miembros de la fuerza pública mientras Gacha intentaba huir o que, al verse acorralado, decidió accionar una granada e inmolarse. «Preferimos una tumba en Colombia a una cárcel en Estados Unidos», era el lema de Los Extraditables.

Tras la muerte de Rodríguez Gacha, Édgar decidió retirarse. Había acumulado un modesto capital para emprender algunos negocios por fuera de la ilegalidad y del narcotráfico. Se abstuvo de ir a reclamar algunos salarios atrasados por el narco y se alejó de aquel mundo en el que nadie muere de viejo. «Muchos de mis compañeros fueron a reclamarle dinero a la viuda de Gonzalo y no volvieron. Un día me llamó la esposa de uno de mis guardaespaldas para contarme, llorando, que su marido había ido a donde la viuda y no había regresado. Y efectivamente nunca regresó».

Los años pasaron y con ellos las buenas y malas jugadas que la vida guarda en su lista de pendientes para cada uno. Ahora Édgar pasa sus días recogiendo y dejando pasajeros en su taxi. Asegura que, aunque nunca más verá tanto dinero y prosperidad como en esa época, prefiere llevar una vida con lo justo, sin causarle daño a nadie y sin el temor a ser asesinado. Como dice un proverbio árabe: «un corazón tranquilo es mejor que una bolsa de oro».

*El nombre ha sido modificado.

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