Publicado el 1 Septiembre, 2019

Colombia, la desesperanza y yo

Nos debe mover hoy más que nunca el deseo de crear una realidad distinta a la que hemos venido soportando por décadas; más allá de hallar un error para enrostrárselo al mundo entero, es necesario que ofrezcamos soluciones, desde el ejemplo si es posible, entendiendo que todos hacemos parte del mismo país y, como tal, nos vemos afectados por lo que aquí suceda.


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La primera columna para este medio la escribí luego del plebiscito por la paz, evento que posteriormente llamaríamos Plebitusa, una de la que aún no nos reponemos del todo. Ese primer texto pretendía ser homenaje a mi padre fallecido hace ya ocho años (quien fuera primer referente de criterio político y social de quien les escribe), a la vez que planteaba la necesidad de comprender que el proceso de paz firmado con las FARC-EP solo implicaba el primer paso para la construcción de un verdadero estado de paz en el país.

El plebiscito no solo anticipó los resultados de las elecciones presidenciales posteriores, también brindó un pequeño preámbulo de cuán difícil sería la implementación de ese acuerdo de paz, no tanto porque este fuese imperfecto, sino porque más allá de cualquier detalle técnico estaba la voluntad de la sociedad por cambiar una forma de pensar de más de cincuenta años. Y ahí nos perdimos todos.

Vender el proceso de paz como la solución definitiva a todos los problemas de violencia que ha tenido Colombia fue una mentira descarada. Promulgar que ese mismo proceso era el equivalente a regalarle el país a las FARC también fue una de las cosas más falsas e injustas que se dijeron. No voy a entrar a discutir lo que respecta a lo falso porque de eso dio cuenta el mismo jefe de campaña del No en el plebiscito, pero ¿por qué fue injusta esa afirmación? Bueno, porque los sectores contrarios al proceso de paz nunca le dieron el más mínimo beneficio de la duda al trabajo que se llevó a cabo en Cuba. Se limitaron a pedir a grito herido una rendición y a deslegitimar el trabajo adelantado por el Gobierno anterior.

Finalmente, al país no se lo tomaron las FARC, podría decirse que más fácilmente se lo han venido tomando las disidencias de las AUC, autodenominadas Águilas Negras, quienes han eliminado sistemática e impunemente líderes sociales a lo largo y ancho del territorio. Pero de eso no se puede hablar muy fuerte porque a ningún Gobierno, ni al anterior ni al actual, le ayuda en sus cifras.

Haciendo un análisis realista de todo, se habría tenido en cuenta en los cálculos que algunos excombatientes optarían por regresar al monte, bien por seguirse lucrando del narcotráfico o por no saber hacer cosa distinta a cargar un fusil. Que estuviera liderada tal disidencia por uno de los negociadores, era un poco más difícil de concebir. Sin embargo, pasó, y ese video donde Iván Márquez proclama su regreso al conflicto al lado de un Jesús Santrich rejuvenecido y saludable causó una desesperanza tal que solo un colombiano puede comprender.

Fue como regresar al 2016, cuando nos dividieron entre los que quieren la paz y los que frotan sus manos ante la posibilidad de que el conflicto se perpetúe. Estoy segura de que todos los ciudadanos del país desean la paz, esperan con anhelo que no se hable más de atentados, muertos o heridos en combate, desplazados y violaciones a los Derechos Humanos. La diferencia está en el cómo llegar a ese estado de paz, y especialmente en quién o quiénes serán los héroes de la situación. Todo se resume a una lucha de egos donde nos están llevando por delante a todos, incluso con complicidad.

El ego de Márquez y sus secuaces los ha llevado a retomar un camino que por más que se empeñen en adornar con palabras rimbombantes o alegorías al paisaje colombiano, no tiene ningún peso argumentativo válido para tirar a la caneca años de diálogos y el compromiso con la sociedad civil de cambiar las armas por ideas, en el marco de la legalidad. Nadie dijo nunca que les esperaba un campo de flores: críticos habría siempre y ataques constantes también. Eso todos lo sabíamos. Se trataba de algo similar a un acto de fe. Apareció el ego de los detractores más acérrimos del proceso de paz, que parecieron celebrar la terrible noticia de la nueva guerrilla, queriendo regodearse de este acto como si fuese un triunfo personal. Y en este panorama nos arropamos de desesperanza porque ¿en dónde más se vive en constante desconsuelo como aquí?

Pero allá donde estén, esos viejos mañosos no poseen más dominio sobre los miles de desmovilizados que hoy luchan y trabajan a diario por crear realidades totalmente alejadas del conflicto, esos que según cifras oficiales son alrededor del 90% del total de excombatientes. Ellos, que pusieron el pecho a las balas no están dispuestos a volver a esa vida de extensas caminatas, de miedo constante y de promesas fallidas, para que estos tipos se sigan lucrando del narcotráfico. Esa revolución que tanto les gusta promover a ese combo de viejos sinvergüenzas no es más que la prostitución de una palabra: la verdadera revolución la están llevando a cabo, a diario, los miles de jóvenes reinsertados en las zonas especiales.

Nos corresponde como sociedad no bajar la guardia, pero no con el ánimo de acabar con el vecino vulgar que piensa diferente, sino para rodear estos acuerdos y velar porque las partes cumplan con lo prometido. Nos debe mover hoy más que nunca el deseo de crear una realidad distinta a la que hemos venido soportando por décadas; más allá de hallar un error para enrostrárselo al mundo entero, es necesario que ofrezcamos soluciones, desde el ejemplo si es posible, entendiendo que todos hacemos parte del mismo país y, como tal, nos vemos afectados por lo que aquí suceda.

Estamos viviendo el momento histórico tan bien descrito por William Ospina en su ensayo La franja amarilla, donde podemos cambiar el enfoque que nos ha llevado a destruirnos con tanta saña y reconstruirnos desde la resiliencia, el respeto, la tolerancia y el perdón. Nos esperan días difíciles, muchos más, pero hemos dado un paso enorme como país al sentarnos a dialogar en lugar de seguir derramando nuestra sangre. Les debemos perseverancia a nuestros ancestros, cuyos campos se hicieron infértiles producto del paso de la muerte, ellos que fueron los primeros desplazados y empobrecidos, huérfanos de patria en su misma patria. Debemos mantener la esperanza por aquellos cuyas voces fueron silenciadas por los violentos, por los sueños tantas veces truncados de un país mejor, por nosotros y por los que vienen.

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