Publicado el 14 Marzo, 2019

Crónica de una desempleada

Frente a semejante panorama, uno entiende por qué hay personas que permiten tantos abusos por parte de sus empleadores o por qué el trabajo es lo único que priorizan en sus vidas. Cuando no lo tenés, es como estar perdido: aterra y desbalancea tu vida de mil maneras posibles.


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Reviso por quinta vez la página a través de la que he aplicado a la convocatoria mientras bebo mi segunda taza de café. No hay cambios, aún no sé si he aprobado el test psicotécnico. Volveré a revisar en una hora porque la ansiedad me puede y no me basta el yoga ni la meditación para calmarla.

Cada día, constantemente, reviso los correos que me llegan de Computrabajo y elempleo.com, que por cierto no elevan mucho la moral, pues los salarios ofertados en sus propuestas solo dan ganas de llorar. Eso sí, los perfiles exigidos pretenden la perfecta combinación de experiencia, formación y entusiasmo para ser explotado a niveles insospechados. La peor parte es verificar cuántos requisitos cumplís más la relación que hacen con los demás aspirantes. A veces se puede estar compitiendo con más de novecientas personas.

Llevo apenas dos meses como desempleada, y digo apenas porque sé que hay personas que llevan años buscando trabajo, teniendo que hacer uso de alternativas como la venta de postres, ropa, uberiar o lo que se pueda para cubrir sus necesidades básicas. Por supuesto, ninguna de las mencionadas labores es de menor valía, sin embargo, no deja de ser frustrante pasar X cantidad de años estudiando determinada carrera para que el mercado laboral te diga que perdiste el tiempo.

La edad siempre juega en contra. Que te lleguen los treinta sin estabilidad laboral (y su consecuente inseguridad salarial) es preocupante, máxime si tenés en cuenta que cada vez se requiere mayor preparación académica para ser un aspirante competitivo. Entonces te podés encontrar con chicos y chicas que a sus veinticinco años ya son magíster o están en proceso de doctorado; los hay con un sinnúmero de especializaciones, diplomados, cursos y talleres sobre una variedad de temas que cuesta relacionar con su profesión inicial. Y es que hay que ser multitarea, no lo olviden. Mejor me sirvo otro café.

Así pues, aplicar a alguna vacante es como jugar al Baloto: tenés una probabilidad mínima, casi ridícula de que evalúen tu currículo, luego para que pasés los filtros, y al final para, si Dios lo quiere, ser elegido. Frente a semejante panorama, uno entiende por qué hay personas que permiten tantos abusos por parte de sus empleadores o por qué el trabajo es lo único que priorizan en sus vidas. Cuando no lo tenés, es como estar perdido: aterra y desbalancea tu vida de mil maneras posibles.

No solo es la angustia de buscar y no hallar. Te empezás a evaluar la profesión que escogiste, tus competencias y capacidades; sopesás cuán calificado estás y hasta llegás a darle la razón a todos aquellos que han desechado tu hoja de vida.

Si uno aún goza del privilegio de estar bajo el ala paterna o materna, puede que la situación no sea tan tensa: el Hotel Mamá tiene esas ventajas. Pero si estás por cuenta propia o iniciando una familia la experiencia toma matices aterradores, ya que los hogares actuales están casi que obligados a tener dos fuentes de ingreso. Creo que fuimos la última generación que se dio el lujo de tener a la mamá en la casa todo el tiempo mientras papá trabajaba (bueno, en los bendecidos casos en los que papi no se perdió yendo a comprar cigarrillos); hoy, todos deben aportar si se quiere gozar de cierto nivel de vida.

Pero siempre hay quien tiene la solución y te dice que emprendás con algo (sí, vender lo que sea), o que es la oportunidad para crear empresa -como si en este país eso fuera barato y sencillo-. Atrás quedaron esos días en que “hacer empanadas que es lo que más se vende y buñuelos que se voltean solos” era una opción real para el desvare. Gracias código de Policía. Mi emprendimiento consiste en hacer trabajos escritos que los vagos que están estudiando no quieren hacer, reviso y corrijo textos académicos y hasta hago tesis de administración porque mis talentos culinarios son escasos y peligra menos mi vida leyendo o escribiendo, eso sin contar que soy medio repelente como para vender cualquier cosa.

No es que carezca de optimismo, gente, se requiere una alta dosis para seguir enviando cada día hojas de vida a diferentes empresas. Es necesario mantener el buen ánimo para preparar una entrevista, arreglarse como se debe, sonreír, etc. y que finalmente te supere el(la) recomendado(a) de alguien. He hecho uso de mi capital social también, y pese a que en ocasiones anteriores me ha servido muchísimo, no se puede esperar que las cosas para los demás permanezcan igual, así que he tenido que irme a la envíame-tu-CV-a-ver-qué-puedo-hacer-Zone sin más, dando las gracias, eso sí.

Supongo que es cuestión de paciencia, como todo. Quizá esa sea la lección por aprender de esta experiencia: manejar mejor la ansiedad y aprender a confiar en mis capacidades. Tal vez si le bajo a la dosis de café diaria, repaso lo aprendido en mi último año de terapia, mientras sigo estudiando, esta espera me sea menos agónica. A todos los que hacen parte de ese 12,8% de desempleados: fuerza, algo saldrá. Repitámonos eso como mantra cada mañana y noche, evitemos ver noticias y busquemos un curso virtual del SENA para que el cerebro no se distraiga con pensamientos catastróficos. ¡Ah! Parece que aprobé el test y continúo en el proceso, hoy será un buen día.

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