Publicado el 9 Octubre, 2019

De naturaleza y desarrollo económico: ¿Qué tan cierto es eso de que Colombia es un país rico en recursos naturales?

Una cosa es hablar de riqueza natural y otra, muy diferente, de recursos naturales. Hablemos de su diferencia.


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Pocos países tienen el privilegio de Colombia en lo que respecta a su riqueza natural. En la actualidad, por su ubicación y diversidad geográfica, nuestro país es el segundo más biodiverso del mundo y presenta un impresionante sexto lugar en la lista de países con mayores reservas de agua dulce… y digo impresionante porque en la lista de los 10 primeros tenemos a siete países gigantes (Brasil, Rusia, Estados Unidos, Canadá, China, India y la Unión Europea), uno bien grande (Indonesia) y apenas dos de tamaño moderado (Perú, en la novena posición, y Colombia en la sexta).

Apelando a nuestra tradición religiosa, podría decirse que Colombia es un país bendecido: los paisajes, ríos y ecosistemas colombianos (con su flora y su fauna) son la envidia del mundo… y así fuera solo por eso, deberíamos cuidarlos un poquito mejor.

Pero bueno, el tema del que voy a hablar hoy no es precisamente la biodiversidad. Es sobre una noción que está bastante arraigada en la cultura colombiana (y con la que yo mismo crecí): la idea de que somos una cultura inferior porque aún con todos estos recursos naturales somos un país muy pobre.

Mejor dicho, la idea prevalente es que somos un país rico en recursos naturales, pero como no sabemos aprovecharlos, esto nos mantiene en la pobreza.

Es fácil ver de dónde sale este sentimiento: en temas de naturaleza y biodiversidad, son pocos los países que pueden competir con Colombia (y de aquellos que lo hacen, la mayoría son muchísimo más grandes). Pero cuando entramos al frío y desalmado mundo de las cifras monetarias, nos encontramos con que la biodiversidad, para bien o para mal, no vale básicamente nada en términos mercantiles.

Dicho de otra manera, una cosa es hablar de riqueza natural y otra, muy diferente, de recursos naturales. La principal característica de los segundos es, bueno, que se venden, y por lo general a buen precio. Y el argumento que vengo a presentar aquí es que Colombia, contrario a la creencia popular, no tiene tantos de esos recursos naturales como normalmente solemos creer.

Comencemos por uno de los temas más comunes: los recursos mineros. No sé ustedes, pero yo personalmente he escuchado mucho esta diatriba de “los japoneses no tienen petróleo, ni hierro, ni nada, pero aun así son un país desarrollado. Y nosotros, con tantas cosas, seguimos en el atraso”. Y si bien la minería no es la panacea, vale la pena evaluar el sector en comparación con el resto del mundo:

Recursos extractivos: la minería

La minería, junto con otros recursos primarios, suele considerarse como un sector extractivo. Esto es relativo, claro, y no cabe duda de que muchos países han convertido sus minas en verdaderos complejos minero-industriales, pero (tristemente) en América Latina la minería suele ser sinónimo de una actividad que no solo es ambientalmente dañina, sino que está asociada a la exportación de un producto en bruto que deja más bien poco en la región en términos de industria y transformación.

Para nuestro país, sin duda alguna, los productos mineros más críticos son el petróleo y el carbón. Juntos, correspondieron al 57% de nuestras exportaciones en el 2018, lo que básicamente significa que sin ellos (lamentablemente) la economía colombiana se va al carajo.

Y pese a ello, lo cierto es que tanto nuestras reservas petroleras como las carboníferas son más bien escasas si nos comparamos con los líderes internacionales. Nuestras reservas petroleras actuales ascienden a poco menos de 2 mil millones de barriles (o lo suficiente para seis años, a los niveles actuales de extracción), y corresponden a menos del 1% de las de Venezuela y Arabia Saudita (~300.000 millones de barriles) y menos del 2% de las de Canadá, Irak o Kuwait (todas por encima de los 100.000 millones de barriles).

En el ámbito de las reservas de carbón las cosas están un poco mejor. A 2017, Colombia tenía poco menos de 5.000 millones de toneladas de carbón, lo cual es suficiente para 200 años de extracción a los ritmos actuales. Sin embargo, siguen siendo reservas pequeñas si las comparamos con las de Estados Unidos (246.000 millones de toneladas), Rusia (157.000 millones) o China (114.000 millones).

Claro, Colombia sigue teniendo unas reservas importantes (somos el 13° país con más reservas de carbón, por ejemplo), pero el punto es poner en perspectiva que no somos un país lleno de este tipo de recursos, como algunos creerían. Nuestra posición es más bien promedio, y en el ámbito petrolero (que es de lejos el más importante) es de hecho bastante precaria.

Ahora, hay un tema de importancia cuando hablamos de recursos extractivos: la extrema dificultad para traducirlos en un desarrollo económico real de largo plazo. Prácticamente todos los países que han tenido abundancia de este tipo de recursos siguen dependiendo de ellos para mantener su riqueza (como Arabia Saudita) o han terminado por entrar en crisis económicas diversas (como Venezuela). Los únicos países que han logrado traducir la riqueza minera en riqueza general para sus habitantes, como regla general, ya eran ricos cuando comenzaron a explotar las minas (y tenían instituciones preparadas para manejar este dinero): algunos ejemplos importantes son Canadá, Australia y Noruega.

Y bueno, está Botswana, cuyos diamantes la llevaron de la extrema pobreza a un ingreso decente y una buena calidad de vida. Pero se trata de un caso de estudio fascinante precisamente porque es algo extremadamente poco común.

Volviendo al tema, el punto es que quizás el hecho de que Colombia no tenga tantas reservas petroleras o carboníferas no sea un asunto tan malo.

Recursos productivos: el agro

Pero ¿son acaso los recursos mineros los únicos relevantes a la hora de perseguir el desarrollo económico? Personalmente, yo opino que no. Existe un recurso que, sin exagerar, considero que podría considerarse el recurso supremo. Probablemente ha sido causante (así sea de manera indirecta) de más guerras que cualquier otro a lo largo de la Historia. No, no hablo del oro, el hierro, el carbón o el petróleo, se trata de un recurso que muchas veces damos por sentado, pero que es el pilar mismo de la civilización: el suelo.

Sin un suelo fértil, no existe la posibilidad de obtener buenos rendimientos agrícolas; sin dichos rendimientos, ninguna sociedad en la Historia hubiese sido posible. Los seres humanos, en últimas, somos lo que comemos, y nuestra sociedad depende de la capacidad de alimentar a todos sus miembros: por esta razón ha sido la capacidad de controlar y mantener territorios fértiles (más que cualquier otra cosa) la que ha permitido el surgimiento y sostenimiento de las diversas civilizaciones. Y cuando digo que ha motivado más guerras que cualquier otro recurso no creo estar exagerando: el ejemplo más claro de tiempos recientes es el célebre Lebensraum, el Espacio Vital cuya búsqueda llevaría a Hitler a lanzarse a la conquista de las fértiles estepas de Europa Oriental (desatando así la Segunda Guerra Mundial).

Y bueno, contrario a la creencia popular, los suelos colombianos no son particularmente fértiles. La ubicación del país en el ecuador (en medio de la llamada Zona de Convergencia Intertropical) lleva a tener un clima muy lluvioso, a lo que se suma la naturaleza montañosa de nuestra geografía. Esto significa que los suelos colombianos son propensos a la erosión y tienen dificultad para acumular materia orgánica y fertilizantes inorgánicos. De acuerdo con el Sistema de Información Ambiental de Colombia (SIAC), por ejemplo:

Se destacan los suelos incipientes, poco evolucionados con un 58.11% correspondientes a los órdenes entisoles e inceptisoles (IGAC, 2012).

Igualmente, tienen una representación considerable del 28.79% los suelos muy evolucionados, pocos fértiles como los ultisoles y los oxisoles. Los mejores suelos agrícolas (andisoles y molisoles) apenas cubren 8.5 millones de hectáreas, equivalente al 7.5% del territorio nacional. De otro lado, no existen suelos de la clase agrológica 1 en Colombia y los de clase 2, 3 y 4 cubren un área de 17.073.144 hectáreas equivalentes al 15 % del territorio continental[1].

Por si acaso, los suelos agrológicos de tipo 1 se consideran los más eficaces para la agricultura.

Por otra parte, el Instituto Geográfico Agustín Codazzi (IGAC) presenta cifras más específicas que no hacen sino pintar un escenario aún más difícil. De acuerdo con el Instituto, los suelos de tipo 1, 2 y 3 cubren apenas el 3,1% del territorio nacional, ubicándose ante todo en los valles interandinos (el Valle del Cauca, el Altiplano Cundiboyacense, etc.) y en algunas zonas de la Región Caribe. De las categorías restantes nos quedan básicamente:

  • Suelos muy vulnerables únicamente aptos para forestería o conservación (62,3%, tipos 7 y 6).
  • Suelos muy costosos para sembrar o del todo imposibles y que deben dedicarse a la conservación (19,9%, tipos 5 y 8)
  • Y suelos en los que se podría sembrar pero sale mucho más costoso por su baja fertilidad (12,7%, tipo 4)[2].

Hay un asunto relacionado y es que aparte de esto en Colombia sobreutilizamos y subutilizamos gran parte de nuestro suelo, en particular dedicando suelos fértiles a la ganadería (que los daña) y sobreexplotando suelos frágiles con agricultura intensiva (que también los daña). Este es un problema complejo asociado principalmente a las dinámicas de tenencia de la tierra… y uno que requeriría un artículo propio para tratarse con la profundidad que merece.

Volviendo al tema de nuestros suelos, esta información también es visible en los rankings internacionales. Por ejemplo: ya establecimos que nuestras relativamente pequeñas reservas de carbón nos dejan en la 13° posición mundial, por su parte, nuestras reservas petroleras nos dejan en la posición 34. Ahora, existe un índice que se llama tierras arables y esencialmente indica cuántas hectáreas de territorio puede dedicar un país a la agricultura. Y adivinen qué posición ocupamos…

No, no es la 50. Ni siquiera la 70. Según datos del Banco Mundial, en términos de cantidad de hectáreas de tierra arable, estamos en la posición 87, cerca de Sierra Leona o Nicaragua. Pero si hablamos no en términos absolutos, sino relativos (es decir, el porcentaje que estas tierras ocupan respecto al total nacional) Colombia baja a la posición 182, por encima únicamente de un puñado de islas y países desérticos[3].

La existencia de un suelo fértil es clave no solo para garantizar la seguridad alimentaria de la población, sino porque permite generar un excedente de productos alimenticios y de materias primas que puede exportarse para comenzar el proceso de industrialización de un país. En el caso colombiano, por ejemplo, fueron las exportaciones de café las que generaron los procesos de acumulación que llevarían al surgimiento de nuestras primeras industrias. Y muchos de los países que son hoy los más ricos del mundo, o que se perfilan como las próximas potencias, tienen una abundancia impresionante de tierras arables: de acuerdo con las cifras del Banco Mundial los porcentajes (sobre el total de territorio) son de 56% para Dinamarca, 52% para India, 34% para Alemania y Francia, 16% para los Estados Unidos, 14% para Corea del Sur y 12% para China y Japón. De acuerdo con esa misma lista, Colombia tiene un 1,5%.

Claro, tener suelos fértiles no garantiza la riqueza, y hay países con un gran porcentaje de suelos arables que o siguen sumidos en la pobreza (Haití) o comenzaron la mejora en sus condiciones de vida muy recientemente (Bangladesh). Mi punto no es establecer una especie de determinismo geográfico, sino señalar que hay un recurso fundamental del cual a los colombianos nos tocó más bien poquito. Mejor dicho, el asunto aquí es que eso que dicen de que somos un país rico en recursos naturales… pues podría no ser tan preciso.

Mirando hacia el futuro: los recursos que tenemos

Al principio de este artículo señalé que una de las cosas que más tiene nuestro país es biodiversidad.

Aunque suene paradójico, parte importante de la razón por la que no tenemos suelos particularmente buenos es precisamente porque somos un país tan increíblemente biodiverso. Las selvas húmedas del Pacífico y la Amazonía son los lugares más diversos de la Tierra, pero también tienen suelos pésimos para el agro y que rápidamente se erosionan y pierden su delicada capa orgánica al momento de talar el bosque. Lo mismo aplica para los océanos: los arrecifes de coral, por ejemplo, son increíblemente biodiversos, pero en términos de productividad primaria (esto es, kilogramos de pescado que se pueden pescar) son más bien pobres. Este es un fenómeno muy discutido en la ecología, y hay un debate bastante complejo que no hay lugar a tratar acá, pero baste con decir que productividad y biodiversidad suelen ser características encontradas (o tienes una, o tienes la otra).

Ahora, una de las frases con las que comencé a tratar este tema es que la biodiversidad no se vende: es algo más bien inmaterial, podríamos decir que no tiene precio. Pero en tiempos actuales, esto no es del todo cierto: el incremento en las preocupaciones por el calentamiento global ha llevado a muchos países del primer mundo a pagar por la conservación (y retirar los fondos cuando los gobiernos se muestran indiferentes al tema ambiental, como está ocurriendo con Brasil), y la aparición de una conciencia ambiental cada vez mayor en las nuevas generaciones ha llevado al incremento del turismo de naturaleza. La biodiversidad, para bien o para mal, será un jugador importante en las décadas por venir.

Y aún si no lo fuera, es importante recordar que hay países que han logrado altos niveles de desarrollo humano y económico a pesar de una relativa ausencia de recursos. Como bien lo demuestran los casos de Alemania, Francia y Japón luego de la Segunda Guerra Mundial, un país puede estar en la ruina, pero si cuenta con el más importante de los activos: una población educada, con confianza y voluntad, puede salir adelante. Sí, las condiciones geográficas colombianas pueden no ser ideales para producir trigo a gran escala, pero ya estamos encontrando que nuestra abundancia hídrica nos hace idóneos para impulsar el sector piscícola, y la multiplicidad de pisos térmicos permite el desarrollo de invernaderos para investigación a muy bajo costo (impulsando, por ejemplo, la industria de la marihuana medicinal), por dar dos ejemplos. Así como Israel se adaptó a un entorno agreste convirtiendo su país en líder de sistemas agrícolas de riego en zonas desérticas, Colombia podría estar en condiciones de tomar un liderazgo semejante para todos los países tropicales.

Es en últimas una población educada y con iniciativa la que encuentra estas posibilidades de acción y actúa en consecuencia. Cuando dije que el recurso supremo era el suelo, me refería exclusivamente a los recursos naturales, porque desde siempre el recurso más importante de cualquier sociedad es su gente.

Y es allí donde debe concentrarse nuestro esfuerzo y nuestra inversión.


[1] SIAC. Suelos en Colombia. En: http://www.siac.gov.co/sueloscolombia

[2] IGAC. Colombia, un país con una diversidad de suelos ignorada y desperdiciada. En: https://igac.gov.co/noticias/colombia-un-pais-con-una-diversidad-de-suelos-ignorada-y-desperdiciada

[3] Los datos del Banco Mundial pueden verse en la página oficial del mismo: https://data.worldbank.org/indicator/AG.LND.ARBL.HA?most_recent_value_desc=true

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