Publicado el 3 Abril, 2019

¿Deben ser removidas las estatuas confederadas en Estados Unidos?

El aumento de actos terroristas consumados por supremacistas blancos en contra de minorías nos obliga a interrogarnos por algunos de los orígenes de esta forma de violencia motivada por el odio racial.


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En la noche del viernes 11 de agosto de 2017, las calles de Charlottesville, un silencioso pueblo universitario en el occidente de Estados Unidos, fueron sacudidas por estruendosas manifestaciones de supremacistas blancos. Convocados por la plataforma Unite the Right en respuesta a la decisión del ayuntamiento del municipio de remover la estatua del general confederado Robert E. Lee, y en un número que ronda entre 500 y 1000 según diferentes estimaciones, los manifestantes hicieron un despliegue de intolerancia y fanatismo que hizo recordar los momentos más funestos del Ku Klux Klan en el siglo XX: cargados de antorchas, banderas confederadas y nazis, algunos con indumentaria militar y armas automáticas, marcharon alrededor del campus de la Universidad de Virginia cantando consignas fascistas como Jews will not replace us y Blood and Soil.

Eventualmente se encontraron con un grupo de manifestantes antifascistas más pequeño, lo rodearon y se enfrentaron a ellos con palos y gas pimienta. La violencia continuó a lo largo del sábado y alcanzó su clímax cuando James Alex Fields Junior, un integrante de Vanguard America (grupo antisemita que se opone al multiculturalismo y propugna un Estados Unidos exclusivamente blanco) embistió con su automóvil a una multitud de personas que protestaban contra los mítines de supremacistas blancos en el pueblo, dejando el saldo de un muerto y varios heridos.

Al igual que la masacre perpetrada en una iglesia por el supremacista blanco Dylann Roof en 2015, estos hechos de violencia pusieron en el foco del debate el papel que juegan las estatuas confederadas en los espacios públicos. ¿Qué exactamente representan estos monumentos en términos culturales e históricos? ¿Deben las autoridades gastar fondos públicos en su mantenimiento incluso si son fuentes de crispación social? ¿Deben ser removidos de los espacios públicos?

Remover o no remover

Según el profesor Gaines Foster, autor de Ghost of the Confederacy, una forma sensata de decidir este asunto es tener en cuenta dos aspectos: 1. ¿Qué propósito tenían quienes construyeron las estatuas? 2. ¿Qué representa el personaje que es honrado con el monumento?

Los defensores de las estatuas confederadas a menudo alegan que son parte del patrimonio de Estados Unidos, y que fueron construidas con el propósito de honrar la vida de aquellos que lucharon denodadamente para defenderse de las pretensiones de los opresivos estados del norte sobre los del sur en el contexto de la Guerra de Secesión estadounidense; para ellos, quitarlas de los espacios públicos significaría borrar la historia. El gobernador republicano del estado de Maine, Paul LePage, llegó a decir que removerlos sería como derribar los monumentos conmemorativos del 11 de septiembre en la ciudad de Nueva York, y comparó a quienes pretender remover las estatuas confederadas con los talibanes de Afganistán.

James Grossman, el director ejecutivo de la Asociación Estadounidense de Historia, desestima está versión: esta narrativa de la rebelión heroica de los estados del sur es un intento de legitimar las figuras públicas de este bando involucradas en la Guerra de Secesión, y está cimentado en torno a la idea falaz de que la esclavitud no era el motivo principal de disputa entre los bandos en confrontación.

Simultáneamente, tras este pretendido tributo al heroísmo se esconde una declaración política de supremacistas blancos abogando por su hegemonía social y política. De hecho, la mayoría de los monumentos fueron construidos en dos periodos definitorios de las relaciones raciales en Estados Unidos, como puede verse claramente en este informe del Southern Poverty Law Center que reseña también escuelas públicas nombradas en honor a políticos y militares confederados.

El primer periodo es el de la implementación de las Leyes de Jim Crow, transcurrido entre 1890 y 1920. Estas leyes promulgadas en los estados del sur estipularon la segregación entre blancos y negros en diferentes espacios públicos, como por ejemplo escuelas, baños y restaurantes, y restringieron su participación política privándolos del derecho al voto. El segundo pico (los años 50 y 60 del siglo pasado) de los monumentos confederados registrado en el informe, coincide con los choques entre el movimiento de derechos civiles para los afroestadounidenses y los sureños que se resisten a sus reivindicaciones.

Las estatuas confederadas fueron un mecanismo del que se sirvieron los supremacistas blancos para consolidar y promover el orden social impulsado por su ideología; es ingenuo suponer que el propósito de los monumentos fuera rendir un desinteresado homenaje a los perdedores de la Guerra de Secesión, por el contrario, buscaban en primera instancia legitimar los principios racistas de la confederación entre los blancos y, de otro lado, decir a los negros que se revelaban contra la desigualdad y opresión institucionalizada “esto es un espacio blanco, así es como hacemos las cosas y queremos conservarlo de esa manera”.

Varios comentaristas conservadores han señalado que quitar las estatuas de espacios públicos es una especie de ejercicio de negación. Según ellos, remover los monumentos no va a hacer que desaparezcan de la historia de Estados Unidos los abusos cometidos contra los negros. Las estatuas deberían permanecer en su lugar para que las futuras generaciones “recuerden lo que pasó”.

Evidentemente, es importante recordar el pasado, pues las nociones que tiene la gente de la historia moldean, en buena medida, las relaciones sociales del presente. Sin embargo, hay una gran diferencia entre recordar la historia y rendir homenajes nostálgicos a hombres como Robert E. Lee, que lucharon por perpetuar la esclavitud en Estados Unidos. Por eso varios historiadores han propuesto que una vez las estatuas confederadas sean retiradas de los espacios públicos no sean destruidas, sino que sean puestas en museos donde pueda llevarse a cabo un debate informado en torno a la Guerra de Secesión y la historia de conflictos raciales en Estados Unidos, acompañado por académicos y especialistas en estos temas.

¿Qué estatuas deben permanecer y cuáles deben ser depuestas?

El 15 de agosto de 2017, durante una de las más explosivas ruedas de prensa en lo que va de su presidencia, Donald Trump abrazó uno de los puntos fuertes del alegato de quienes se oponen a la remoción de las estatuas: “…esta semana es Robert E. Lee, a ‘Stonewall’ Jackson también lo están bajando. Me pregunto: ¿Será George Washington la semana que viene? ¿Y Thomas Jefferson la semana después? Ustedes tienen que preguntarse dónde parará esto”. En la misma conferencia unos minutos después anotó: “George Washington era propietario de esclavos, ¿vamos a tirar su estatua también?”.

El argumento puede parecer en principio convincente, sin embargo, es deshonesto y no se sostiene: es anacrónico comparar a George Washington con Robert E. Lee, son figuras que influyeron en la historia de Estados Unidos en contextos diferentes y con varios años de diferencia, además, el legado que traen hasta nuestros días tampoco admite comparación. George Washington, con todas las falencias personales que haya podido tener fue un hombre que, junto a muchos otros, puso su vida en la línea de fuego para contribuir en los esfuerzos que llevaron a la independencia de Estados Unidos. Robert E. Lee, en cambio, fue el líder que encabezó la rebelión de un grupo de hombres que se levantó en armas en contra del Gobierno de los Estados Unidos para mantener sus derechos sobre los esclavos y romper la unión americana.

Luego del ataque terrorista de un supremacista blanco en Nueva Zelanda que dejó como saldo 50 víctimas, el señor Trump dijo en una conferencia de prensa que él no considera que el nacionalismo blanco sea una amenaza ascendente alrededor del mundo. No obstante, las cifras parecen indicar todo lo contrario: entre el año 2009 y 2018 el 73,3% de los asesinatos relacionados con violencia política en Estados Unidos han sido perpetrados por fanáticos de extrema derecha. Los operativos contraterroristas para contener las amenazas de estos mismos grupos en Europa Occidental se han incrementado en un 191% en los últimos dos años.

Por años se ha subestimado el desafío que representan estos grupos racistas. Por ejemplo, en la cultura popular se ha retratado al Ku Klux Klan como una organización de payasos estúpidos e inofensivos. No obstante, ya hemos sido testigos de los estragos que son capaces de producir individuos desquiciados por una ideología que proclama la supremacía racial de los blancos. Es momento de reevaluar los símbolos que han dado legitimidad a su doctrina de odio.

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