Publicado el 5 Junio, 2019

Economías de lo clandestino: de la prohibición a la guerra contra las drogas

quellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo. – Jorge Santayana


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Seis meses han pasado desde el día en que el presidente Duque firmó el decreto para autorizar la confiscación de cualquier cantidad de sustancias psicoactivas ilegales en manos de un ciudadano. Por esos mismos días se hizo pública la polémica decisión oficial de retomar las fumigaciones con glifosato, esta vez con drones en lugar de avionetas (para reducir su impacto ambiental).

Si bien no puedo leer la mente del presidente (o de sus ministros y consejeros), creo que está claro que esta decisión se tomó con el objetivo de mostrar mano dura contra el narcotráfico, algo que indudablemente genera una imagen positiva ante la mayoría del país. Duque, como todos sus predecesores desde los tiempos de César Gaviria, se ha impuesto la promesa de ser quien acabe definitivamente con la presencia de este flagelo en la sociedad colombiana… si es que esto es realmente posible.

Y es precisamente este el tema del que hablaremos en este artículo: ¿qué tan posible es pensar en una Colombia (o incluso en un mundo) sin narcotráfico?

Fieles a la frase citada al principio (y en ausencia de una bola de cristal), en este artículo vamos a buscar un fenómeno histórico semejante al que nos interesa: una situación en la que una sustancia muy nociva para la salud fuese prohibida por un Gobierno posiblemente bienintencionado, con el objetivo de solucionar un problema, real o potencial, de salud pública. Y resulta que hay un caso histórico que encaja perfectamente con esta descripción: La Prohibición.

La Prohibición

Érase una vez un país… diferente. Se trataba de la primera nación en tiempos modernos en alcanzar la categoría de Gran potencia por fuera del continente europeo. Tenía sus propios problemas (y bastante grandes) pero un futuro prometedor, una manera diferente de hacer las cosas y un Gobierno con mucha confianza en sí mismo.

Érase una vez, una droga común. Se trataba de una sustancia que al consumirse en exceso era (y es) extremadamente nociva, pero cuyo consumo había ido en aumento. La tendencia, al alza ya por varias décadas, hacía temer a los especialistas ante una posible epidemia en el futuro cercano.

Era un secreto a voces que la sustancia debía ser prohibida. Más y más médicos y humanistas comenzaron a publicar artículos sobre sus atroces efectos en la salud, la familia y la sociedad. Economistas renombrados calcularon el dinero que el país ahorraría en gastos médicos y ganaría en productividad y trabajo si la sustancia no existiera. Sacerdotes, padres y líderes religiosos clamaban por la necesidad de retomar los valores tradicionales y evitar la degradación social. Y así, el 16 de enero de 1919, la sustancia fue prohibida de manera definitiva[1]. Comenzaba una nueva era en la vida política de aquel país.

El país, en caso de que aún no lo hayan adivinado, era Estados Unidos. La ley: la 18ª Enmienda a la Constitución. Y la sustancia: el alcohol.

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Hay algo que podríamos definir como la Ley de las Consecuencias Imprevistas. Cualquier acción política de gran escala suele presentar problemas, limitaciones y efectos inesperados… incluso cuando cumplen su objetivo primario.

Y en este sentido, hay que admitir que el principal objetivo de La Prohibición, es decir, la reducción del consumo de alcohol, se consiguió con mucho éxito… al menos al principio. Poco después de volver ilegal la producción, comercialización y transporte de alcohol (el consumo nunca se ilegalizó), la ingesta de bebidas alcohólicas en los Estados Unidos se redujo de manera dramática, con estimados de hasta un 70% en el lapso de un par de años (Miron & Swiebel, 1991).

Los efectos subsecuentes en la salud pública fueron visibles. Los casos de cirrosis se redujeron entre un 20% y un 50% de acuerdo con varios estimados (Dills, 2004), mientras que los niveles de alcoholismo se mantuvieron en los bajos indicadores de la Primera Guerra Mundial (Thornton, 1991), cuando el control de la producción de cereales limitó el abastecimiento de licor en el país. Pero las cosas no durarían así por mucho tiempo.

Consecuencias inesperadas

Claro, a muchas personas les seguía interesando tomar licor, y no les importaba pagar un poco más por conseguirlo de contrabando. El consumo bajó, pero pronto volvería a subir. Y cuando esto ocurrió, las cosas comenzaron a ser diferentes.

Los hábitos habían cambiado. La cerveza y el vino, usados para amenizar las reuniones y las comidas familiares, habían desaparecido. En el nuevo mercado ilegal los reyes eran los destilados de muy alta concentración: whisky, ron, coñac. Los precios comenzaron a subir, y poco después de la entrada en rigor de la Enmienda eran entre cinco y ocho veces más altos que en los tiempos previos a La Prohibición. A medida que las tiendas (ilegales) comenzaron a abastecerse, el consumo comenzó a recuperarse… y para 1928 la sociedad gastaba, en conjunto, entre cinco y diez veces más en alcohol que lo que había gastado en 1919 (Boeckel, 1928).

Así mismo, el éxito resonante de los primeros dos años no se sostuvo. El consumo en 1929 era más del doble del que había sido en 1920, y si bien nunca alcanzó los niveles pre-Prohibición, estuvo cerca, llegando casi a un 70% de los niveles previos a 1914 (Miron & Swiebel, 1991). Esto significa que el gran logro de La Prohibición fue, esencialmente, reducir en un 30% la ingesta de licor en la sociedad estadounidense:

Consumo de alcohol puro per cápita en Estados Unidos

Fuente: Clark Warburton. The Economic Results of Prohibition (New York: Columbia University Press, 1932), pp. 23-26, 72. EN: Thornton, 1991.

Fuente: Clark Warburton. The Economic Results of Prohibition (New York: Columbia University Press, 1932), pp. 23-26, 72. EN: Thornton, 1991.

Pero este logro (en sí mismo loable) tuvo un alto costo. En primer lugar, la incidencia de casos de intoxicación, en ausencia de una ley reguladora, se cuadruplicó. En segundo lugar, los alcohólicos que buscaban apoyo ya no tenían donde conseguirlo, pues de salir a la luz podían enfrentar escarnio social e incluso ser presionados para delatar a sus proveedores. En tercer lugar, los impuestos se redujeron a la par que la sociedad comenzó a gastar mucho, mucho más en la sustancia.

Y como imaginarán, este dinero no quedó ya en manos de industriales, trabajadores o del Gobierno, sino de mafias criminales. Y aquí abrimos la que sería la principal consecuencia  de La Prohibición, y en últimas la causa de su reversión: la violencia.

Mercado negro

Es casi una ley que cuando se prohíbe (o limita) algo que las personas quieren conseguir, se genera un mercado negro. Lo vemos en Colombia con el contrabando. Lo vimos en los países comunistas, donde el mercado negro llegó a representar casi la mitad de la economía. Y lo vimos durante La Prohibición.

Entre más lucrativo sea dicho mercado, más lejos irán los individuos con ánimos de apoderarse de él. En el marco de La Prohibición, pocos mercados negros eran más lucrativos que el del alcohol, y esto llevó a que pronto una espiral de violencia comenzara a generarse en torno al tema. En particular, fueron las mafias italianas quienes comenzaron a apoderarse del negocio, organizando la producción y distribución de la sustancia y haciendo lo que fuera necesario para mantener el control de su negocio.

Estoy seguro de que la mayor parte de ustedes ha escuchado el nombre Alphonse Gabriel Capone, mejor conocido como Al Capone, quizás el más legendario capo de los Estados Unidos. Lo que quizás no sepan es que este magnate de la mafia italiana, que llegó a comprar prácticamente la totalidad de la policía de Chicago, y sembró el terror en todo el estado de Illinois, logró conseguir esta posición gracias a las jugosas ganancias producto del alcohol de contrabando.

Así es. Al Capone fue el Pablo Escobar de los 1920’s, solo que con alcohol en lugar de cocaína.

Y como en los tiempos de Pablo Escobar, bajo Al Capone (y sus contrapartes menos conocidos en otras regiones) los Estados Unidos presenciaron un incremento dramático de la violencia. La tendencia había comenzado de hecho desde los 1910’s, impulsada en parte por la urbanización y en parte por la aparición de leyes contra el alcohol a nivel estatal en gran parte del país (en 1919 esencialmente se volvieron nacionales), pero el hecho es que para 1930 la tasa de homicidios del país más que duplicaba la de 1910:

Tasa de homicidios en Estados Unidos por cada 100.000 habitantes

Y lo más notorio aquí es cómo para 1933, tras la reversión de La Prohibición, la tasa de homicidios comenzó a reducirse de inmediato, volviendo al  nivel de 1910 en menos de una década. No volvería a subir hasta la inestabilidad general de los 60’s y 70’s en el marco de una nueva prohibición: la Guerra contra las drogas.

La Guerra contra las drogas

La Guerra contra las drogas comenzó en Estados Unidos, oficialmente, en 1970, en medio del Gobierno de Richard Nixon. Para este periodo ya la tasa de homicidios llevaba algún tiempo subiendo, aunque no cabe duda de que el fenómeno se exacerbó con esta nueva decisión.

Pero aquí no nos interesa ya Estados Unidos. Hablemos de Colombia, y en particular de la Colombia de los 1980’s, que en parte por decisión propia, en parte bajo la presión de la administración Reagan, comenzó su propia Guerra contra las drogas en la forma de la criminalización, persecución y captura/muerte de los principales líderes del Cartel de Medellín (y posteriormente del Cartel de Cali).

Al igual que en el caso de La Prohibición, la criminalización de la marihuana, la cocaína y los opiáceos generó un incremento de los precios que llevó a la aparición de un lucrativo mercado negro. Debido a la dificultad de producir coca y amapola en suelo estadounidense (y, también, de mantener cultivos de marihuana ocultos por largos periodos), el negocio se trasladó a los países sudamericanos y pronto fue copado por empresarios/criminales de Perú, Bolivia, Ecuador y Colombia.

Durante los 70’s, mientras la Guerra contra las Drogas se luchó principalmente en suelo estadounidense, los niveles de violencia se mantuvieron estables. Pero en el momento en el que dicho conflicto se trasladó a territorio colombiano, de inmediato escaló la violencia. La tasa de homicidios del país es, en este sentido, más que diciente, y al compararla con la tasa estadounidense, resulta notorio cómo los homicidios colombianos suben mientras los estadounidenses bajan. Esto se debe, esencialmente, al traslado del campo de batalla de suelo norteamericano a suelo sudamericano:

Tasa de homicidios por cada 100.000 habitantes


Fuente: Policía Nacional CIC-DIJIN. En: Bello Montes, 2008.

En el caso colombiano la situación se exacerbó debido a la existencia de un conflicto previo, por lo que sería prudente buscar otros ejemplos. Lamentablemente no fue posible encontrar las cifras peruanas, pero de ser correcta nuestra hipótesis, deberían mostrar un incremento importante en el momento en que el país comienza a mostrar mano dura contra los narcos, esto es, a partir de la elección de Alberto Fujimori en 1990. El dramático incremento de la tasa de homicidios en México bajo Felipe Calderón (quien, una vez más, le declaró la guerra al narco en 2006) nos presenta un ejemplo semejante:

Fuete: Reina, 2018

Ahora, culpar a la Guerra contra las drogas de la totalidad de los homicidios sería ingenuo, pero sea cual sea el promedio normal de una sociedad, está claro que se incrementa bajo esta política. El caso colombiano es particular, pues si bien el conflicto se exacerbó bajo el narcotráfico, el Gobierno Uribe fue relativamente exitoso pacificando regiones no vinculadas al narco (como las regiones petroleras de Casanare y Meta, o partes del oriente antioqueño), con la subsecuente reducción en la tasa de homicidios asociadas al conflicto. Sin embargo, su política de mano dura fue incapaz de controlar la expansión de los cultivos ilícitos, que pasaron de hacer presencia en 168 municipios a hacer presencia en 207[2] (UNODC, 2014). Lamentablemente no tenemos cifras sobre la tasa de homicidios en estos municipios específicamente, pero si nuestra hipótesis se sostiene, seguramente se incrementaron en tiempos de la Seguridad Democrática.

La Guerra contra las drogas comenzó en 1970 en Estados Unidos, y en los 1980’s en América Latina. Al igual que La Prohibición, esta guerra generó un incremento considerable de la violencia (medida con la tasa de homicidios), incrementó el precio de las drogas y creó multimillonarios mercados negros. Al igual que La Prohibición, se presume que redujo el consumo ligeramente en su momento, pero en la actualidad se está produciendo más cocaína que nunca en la historia (los cultivos pueden haber disminuido, pero su rendimiento por área más que triplica el de los 90’s).

Y, ante todo, al igual que La Prohibición, la Guerra contra las drogas se convirtió en un conflicto imposible, en el que cada victoria lleva a un incremento en el precio de la sustancia y, por lo tanto, mayores ganancias para las mafias. La única diferencia es que a Estados Unidos le tomó una década darse cuenta de que La Prohibición no estaba funcionando. Nosotros llevamos tres, y seguimos insistiendo.

Exportaciones de coca

En artículos pasados hemos tomado la costumbre de cerrar realizando algunos cálculos. Con miras a no perder el hábito decidimos terminar este t con un estimado del tamaño de las exportaciones de cocaína respecto al total de exportaciones.

Para ello, necesitamos esencialmente tres cifras: el total de exportaciones, el total de producción de cocaína y el estimado del valor de esta cocaína en el puerto colombiano.

Para 2017 las cifras son relativamente fáciles de conseguir: este año exportamos 37.800 millones de dólares (cifras del DANE) y se calculan 171.494 hectáreas de coca sembradas en el territorio nacional (cifras del Observatorio de Drogas de Colombia).

Asumiendo un promedio de 8 kg de cocaína producidos por hectárea, esto nos brinda un total de 1.372 toneladas de cocaína. Alrededor de 400 toneladas fueron incautadas por las autoridades, lo que nos deja con un total de 972 toneladas (digamos, 900) que fueron comercializadas.

Ahora, el precio de la droga varía, pero de acuerdo con Business Insider (Stewart, 2016) el costo por kilogramo en el puerto colombiano (donde ya queda oficialmente en manos de carteles extranjeros) ronda los 5.500 – 7.000 dólares. Tomando este último valor, nos encontramos con un total de ~6.800 millones de dólares en exportaciones. O un ~18% del total nacional.

O sea que, en esencia, en 2017 exportamos tres veces más cocaína que café. De hecho, las exportaciones del narco serían muy parecidas a la totalidad de exportaciones de productos agropecuarios (7.355 millones) y manufacturas (7.709 millones).

Esto abre otra pregunta: ¿hasta qué punto será dependiente nuestra economía de la cocaína? Pero bueno, este tema, si lo tratamos, requerirá un artículo propio.

Fuentes:


[1] La ley pasó ese día, pero solo entraría en vigor hasta enero de 1920.

[2] Las fumigaciones con glifosato fueron exitosas reduciendo el área total cultivada, pero no su expansión territorial. La política de sustitución del Gobierno Santos tuvo el efecto opuesto, reduciendo la influencia territorial, pero incrementando el área total.

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