Publicado el 19 Agosto, 2019

El renacer del Dragón, o por qué Trump no va a conseguir el acuerdo que quiere con China

La Historia se repite dos veces: la primera como tragedia; la segunda, como farsa
– Karl Marx


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Si he de ser sincero, cuando pensé en la frase para comenzar este artículo, no recordaba al autor (y tampoco la frase, palabra por palabra… me tomó algún tiempo encontrarla). Resulta que así es como Marx comienza una de sus obras, El Dieciocho Brumario,en la que esencialmente compara el golpe de Estado de Napoleón (9 de noviembre de 1799) con el golpe de Estado de Napoleón III (2 de diciembre de 1851), argumentando ambos como un producto de la lucha de clases (y que el segundo es algo así como una “farsa” del primero).

Y si bien la frase resume con bastante precisión el tema del que hablaremos hoy, lo cierto es que la perspectiva que propongo es bastante diferente: este artículo no atañe a la lucha de clases, sino de naciones.

Han pasado dos años y medio desde que Donald Trump se posesionó como presidente de los Estados Unidos, y fiel a sus promesas de campaña, desde el principio comenzó a realizar acciones orientadas a proteger la industria estadounidense. Y si bien el objetivo explícito de la administración Trump ha sido reducir el déficit comercial que su país tiene con China, lo cierto es que a nivel doméstico el presidente ha hecho más bien poco para lograr este objetivo: sus esfuerzos se han consolidado en el frente extranjero. Lo cual abre la cuestión: ¿qué, exactamente, es lo que quiere Donald Trump?

Claro, la pregunta está abierta a debate, pero en vista de las acciones tomadas considero que los deseos de Trump están claros como el agua. Esencialmente, lo que se busca es limitar el crecimiento futuro de China (tanto económico como político) en lo que sería un replay de una de las victorias diplomáticas más impresionantes de los Estados Unidos en la historia reciente: los Acuerdos de Plaza.

El Acuerdo Plaza (1985)

Volvamos en el tiempo. Hubo una vez un presidente de Estados Unidos que estaba preocupado porque una potencia asiática había logrado lo imposible: crecer rápidamente en el sector industrial y tecnológico al punto de amenazar la supremacía de la industria estadounidense. Peor aún, el país había conseguido ofrecer productos mucho más económicos que los estadounidenses, logrando así mantener un superávit en términos de comercio, es decir, exportando mucho más de lo que importaba.

Curiosamente, el eslogan con el que este presidente fue elegido decía Let’s Make America Great Again. Y fue una celebridad antes de dedicarse a la política. ¿Suena conocido?

El presidente en cuestión, en caso de que no lo hayan adivinado, fue Ronald Reagan. Empeñado en mejorar la posición económica de Estados Unidos (que no había vivido una década particularmente buena en los 1970’s), Reagan comenzó una serie de cambios en las políticas económicas (inaugurando el periodo que hoy llamamos neoliberal) y comenzó a presionar a Japón (y también a Alemania Occidental) para que solucionaran el problema del comercio desigual.

Ahora, tanto Japón como Alemania dependían en este periodo de los Estados Unidos para su protección, por lo que no estaban en condiciones de oponer mucha resistencia. En resumen, en 1985 los dos países se comprometieron a revaluar su moneda (el yen y el marco, respectivamente) para así dificultar la exportación de sus propios productos y facilitar la importación de productos estadounidenses.

Y si bien Alemania supo lidiar con este escenario, para Japón la cosa fue diferente. Esfuerzos por impulsar la economía (ante el temor del estancamiento) llevaron a la creación de una de las mayores burbujas de la historia y, tras su explosión en 1991, a la llamada década perdida. Desde entonces, el país ha perdido su dinamismo, manejando tasas promedio de crecimiento de apenas 0.84% entre 1995 y 2018 e incrementando su ingreso per cápita no mediante el crecimiento de la economía, sino el decrecimiento de la población.

Hubo un momento en los 1980’s en el que muchos creían que Japón estaba destinado a superar a Estados Unidos como la primera potencia mundial, al menos en términos económicos. Para el cambio del milenio, estaba claro que Japón ya había alcanzado su cúspide, y que le sería muy difícil seguir creciendo a los ritmos en que había crecido en el pasado.

Ahora, mientras Japón surgía como potencia industrial, allá en los 60’s y 70’s, China se encontraba enfrascada en un experimento comunista que, a decir verdad, es difícil considerarlo exitoso. Tras profundas reformas realizadas por el presidente Deng Xiaoping a partir de 1977, el país comenzó a perfilarse como la fábrica del mundo, y la famosa etiqueta Made in China crecía en ubicuidad al mismo tiempo que la burbuja japonesa reventaba. Pero aún en aquellos tiempos de reforma y crecimiento, pocos preveían el poder que el Dragón Asiático tendría en los años por venir.

Estados Unidos y el acuerdo con China

Volvamos al presente. Tras varias décadas con niveles de crecimiento impresionantes, China se encuentra hoy en una posición que superficialmente se asemeja a aquella de Japón en los 1980’s… no en poca parte porque su gigantesco tamaño amenaza la supremacía de los Estados Unidos. Y por esta razón, ya en tiempos de Barack Obama se comenzó la construcción del Acuerdo Transpacífico (TPP, por sus iniciales en inglés) que buscaba aliar las mayores economías de la región para hacerle contrapeso a China.

Trump, fiel a su estilo, se salió del TPP tan pronto como pudo y buscó una negociación más directa, pero su esfuerzo de contener a China no es diferente en esencia al de sus predecesores. Lo que cambió, y mucho, fue el estilo de negociación, pues se pasó de una alianza multinacional que buscaba aislar a China y forzarla a aceptar los términos de los países miembros, a una negociación bilateral en la que Trump busca obligar a China a firmar ciertos acuerdos mediante la imposición de tarifas.

Considero que las intenciones de Trump son claras como el agua porque los acuerdos que ha intentado forzar con China tienen características muy similares a las del Acuerdo Plaza: no solo ha insistido en que China es culpable de mantener un superávit comercial con Estados Unidos (tal y como lo hizo Reagan con Japón), también ha enfatizado en que el país debe fortalecer su moneda (el Renminbi, llamado también en ocasiones Yuan) respecto al dólar, y tiene a uno de los pupilos del Acuerdo Plaza dirigiendo las negociaciones con China: el hoy Representante de Comercio de los Estados Unidos Robert Lighthizer. Como dato curioso, Trump compró el Hotel Plaza donde se firmaron los acuerdos en 1987. Quizás aspira a que hoy por hoy la firma de un nuevo Acuerdo Plaza se firme en su hotel.

Pero el acuerdo que Trump busca no solo tendrá cláusulas para revaluar el Renminbi, para reducir los requerimientos a empresas extranjeras a la hora de operar en China, o para garantizar el respeto a las leyes de propiedad intelectual en territorio chino. Esto los chinos podrían aceptarlo (y, de hecho, se podría argumentar que les resulta incluso conveniente). No, el acuerdo de Trump, fiel a su estilo grandilocuente, será un acuerdo dramático, en el que los Estados Unidos puedan clamar una victoria sobre el gigante asiático, muy seguramente haciendo gala de lo sucedido con Japón en los 80’s… y esto es algo que los chinos definitivamente no van a aceptar.

Para entender por qué, tenemos que entender la premisa básica detrás de la legitimidad del gobierno del Partido Comunista Chino y los duros tiempos en los que se consolidó. Y para esto, tenemos que hablar de uno de los periodos históricos clave en la consolidación del nacionalismo chino: el Siglo de Humillación.

China y el Siglo de Humillación

Por siglos, la sociedad china había sido una de las más avanzadas, refinadas y poderosas del mundo. De hecho, hay un debate importante referido a la proto-industrialización en tiempos de la Dinastía Song (siglos X-XIV) que podría haber llevado a una Revolución Industrial de no haber sido por la llegada de los mongoles y la destrucción del Imperio.

Pero aún bajo sus sucesores, las dinastías Ming y Qing, China siguió brillando. Bajo la dinastía Qing (siglos XVI-XX) consiguió de hecho su mayor expansión territorial, y su influencia en las regiones circundantes creció de manera considerable.

Por esta razón, cuando un grupo de bárbaros provenientes de una lejana isla al otro lado del mundo arribó a China, allá en el año 1793, a insistir en que el país debía abrir sus fronteras para comerciar con el mundo, el Emperador Qianlong no pudo más que reír con tal ignorancia. ¿Qué podía el país más rico y poderoso del mundo aprender de quienes eran poco más que salvajes? China, como su nombre lo indica, se encontraba en el centro del mundo (Zhongguo,“China” en mandarín significa literalmente “reino intermedio”), y no tenía nada que envidiar a las lejanas periferias de donde venían estos marineros.

Los bárbaros, en caso de que no lo hayan adivinado, venían del Imperio Británico, y la visita de 1793 fue la célebre Embajada Macartney.

Qianlong no viviría para ver las terribles consecuencias de su arrogancia. Dos generaciones más adelante, el Emperador Daoguang, asolado por las consecuencias del consumo de opio (importado de colonias que estos bárbaros habían conquistado en India), prohibiría por decreto su importación. A los bárbaros, dueños de los cultivos, esto no les gustó mucho que digamos, y en 1839 lanzaron un ataque contra China para obligarla a aceptar estas importaciones.

El Emperador, por supuesto, confiaba en una victoria rápida. Pero lo que ocurrió durante la Primera Guerra del Opio fue muy diferente: los británicos aniquilaron con extrema facilidad la flota china y sus tropas terrestres. Pese a tremendas desventajas numéricas, lograron sendas victorias que llevaron a la rendición china y la firma del Tratado de Nankín, el primero de los Tratados Desiguales (sí, así los llaman) que serían firmados por China en los años por venir.

Y serían muchos. China perdería la Segunda Guerra del Opio (1856-1860), viviría una dura guerra civil (la más mortífera del siglo XIX) durante la Rebelión Taiping (1850-1864), perdería la Guerra sino-japonesa (1894-1895) y la Rebelión de los Bóxers (1899-1901). Y a esto se le sumaría el colapso de la dinastía Qing en 1914 y el comienzo de la Guerra Civil en 1927. Posteriormente el país sería, una vez más, invadido por Japón en 1932 (donde se vio obligado a entregar Manchuria) y 1937. En general, fue un siglo difícil para el país asiático.

Estas derrotas forzaron al Gobierno chino a ceder más y más posesiones, a modificar sus leyes para acomodarse a intereses extranjeros y a poner su Gobierno, al menos parcialmente, en manos de foráneos. Estos Tratados Desiguales no solo resultaron en vergüenza y dolor para el país, sino también en la pérdida efectiva de alrededor de la mitad de su territorio y el surgimiento de una crisis social de magnitud devastadora.

En 1937 ocurrió el último gran evento del Siglo de Humillación: la invasión japonesa. Se trataba de una amenaza a la supervivencia misma del país, que motivó una tregua entre el Partido Comunista y el Kuomitang (el Partido Nacionalista), entonces inmersos en una dura guerra civil, para enfrentar a la amenaza nipona. Y en este momento ya estaba escrita la promesa: quien ganara, si quería estar a la altura de lo que pedía el pueblo chino, debía en primer lugar, sin cabida al error, garantizar la autonomía y la capacidad de defensa de la nación y evitar a toda costa la intervención de potencias extranjeras. Porque China podía aguantar muchas cosas, pero no estaba dispuesta a tolerar un segundo Siglo de Humillación.

La Guerra Comercial y la convicción de China

Las acciones tomadas por Donald Trump son vistas en China como un ataque (si me preguntan, con toda la razón), y han incrementado en el país el sentimiento nacionalista y el apoyo al gobierno del presidente Xi Jinping.

Y Xi sabe bien que si ha de mantener el control sobre el Gobierno de su país no puede mostrar debilidad. La actitud de China a lo largo de estos dos años ha sido en gran medida la de esperar y ver, con el objetivo de ganar tiempo y apuntarle ya sea a un acuerdo que se ajuste a sus posibilidades (lo cual implica que sea un acuerdo de mutuo beneficio, algo que difícilmente se logrará bajo Trump) o la derrota de Trump en las elecciones de 2020.

China no es una democracia, y Xi Jinping tiene prácticamente garantizada una presidencia vitalicia. Esto le brinda una ventaja crítica de la que carece el Gobierno Trump: la posibilidad de plantearse estrategias de muy largo plazo.Y en este sentido, no es de sorprender que el Gobierno chino haya actuado con gran mesura, manteniendo un perfil más bien bajo y evitando acciones que pudiesen considerarse polémicas (más allá de retaliaciones específicas a las tarifas de Trump), pero eso sí, nunca cediendo a las pretensiones estadounidenses.

Hasta mayo, este era el statu quo. Pero entonces, algo cambió.

Mediante una Orden de Seguridad Nacional, el presidente Donald Trump prohibió a Huawei hacer negocios con cualquier proveedor estadounidense. Es difícil para los colombianos (o latinoamericanos) entender lo que Huawei representa para la psique china: es el símbolo máximo del emprendimiento y la creatividad chinos, una empresa privada que surgió sin ayuda del Gobierno y ha convertido al país en líder mundial en el mundo de las telecomunicaciones. Huawei, podría decirse, es a China lo que alguna vez fueron Ford o General Motors para los Estados Unidos.

Y en este sentido, no es de sorprender que el Gobierno chino haya respondido con fuerza. El 21 de mayo el presidente Xi Jinping realizó un discurso que pasó en gran medida desapercibido en esta parte del mundo. En él, Xi hacía un llamado a la sociedad china para realizar una “Segunda Gran Marcha”[1] y los instaba a prepararse para un posible periodo de autoridad; en días posteriores aseguró que el Gobierno haría lo necesario, así fuese comprar miles de celulares, para evitar la quiebra de Huawei. Y si bien Trump se echó para atrás el 29 de junio, y anunció que Huawei volvería a tener acceso a sus proveedores estadounidenses, lo cierto es que para los chinos parece no haber vuelta atrás.

La magnitud de este discurso no debe subestimarse. China no es Estados Unidos, y Xi no es Trump: mientras que para el presidente republicano es usual realizar todo tipo de afirmaciones grandilocuentes, dar discursos dramáticos y en general enardecer a sus seguidores, el líder del Partido Comunista Chino prácticamente no había hecho mención a la Guerra Comercial en el sistema público de radio y televisión.Su discurso, aunque pueda parecer precipitado, es el producto de una cuidadosa deliberación en el Politburó del Partido Comunista, y nos indica una cosa de extrema seriedad: China considera, en vista de los eventos sucedidos, que es imposible llegar a un acuerdo. Y está dispuesta a dar la pelea.

Y si bien los Estados Unidos presentan considerables ventajas en diversos frentes, lo cierto es que China (al contrario que Japón y Alemania Occidental en 1985) no depende de Estados Unidos para su defensa, y es hogar de innumerables compañías norteamericanas que se verían muy afectadas de haber una ruptura entre los dos países (en cambio, los exportadores japoneses y alemanes eran principalmente empresas locales que competían con las de Estados Unidos). China sabe que en un conflicto prolongado los Estados Unidos sufrirán tanto como ella, y considera que su población es capaz de aguantar mejor la presión. Y más importante aún, el Partido Comunista sabe que no puede mostrar debilidad,y a estas alturas, firmar cualquier cosa con Trump que no presente un claro beneficio para el país sería desastroso para su legitimidad.

En los Anales Chinos, el Siglo de Humillación termina en 1949, año de la victoria del Partido Comunista; sin embargo, su recuerdo sigue vivo, y no hay manera de que los chinos vayan a aceptar un nuevo Tratado Desigual. Trump, por más que quiera, la va a tener muy difícil para obligarlos a ceder en la mesa de negociación.

Claro, Reagan lo logró en el 85, pero Trump parece olvidar que él no es Reagan, y que China no es Japón.

Referencias

  1. China Faces New “Long March” as Trade War Intensifies, Xi Jinping Says. The New York Times, 21 de mayo de 2019. En: https://www.nytimes.com/2019/05/21/world/asia/xi-jinping-china-trade.html
  2. Trump’s futile quest for a Renminbi Plaza Accord. ForeignPolicy Journal, 24 de mayo de 2019. En: https://www.foreignpolicyjournal.com/2019/05/24/trumps-futile-quest-for-a-renminbi-plaza-accord/
  3. Trump to let US firms sell tech to Huawei. CNET, 29 de junio de 2019. En: https://www.cnet.com/news/trump-to-let-us-firms-sell-tech-to-huawei/
  4. As the trade war heats up, China looks to Japan’s past for lessons. The Economist, 23 de mayo de 2019. En: https://www.economist.com/finance-and-economics/2019/05/23/as-the-trade-war-heats-up-china-looks-to-japans-past-for-lessons

[1] La Gran Marcha fue la retirada realizada por los comunistas en 1934, luego de sendas derrotas, que les permitió reagruparse en el interior del país y desde allí lanzar un contraataque para obtener eventualmente la victoria. Es en la actualidad uno de los mitos fundacionales del Partido Comunista, algo así como Bolívar cruzando el páramo para sorprender a Morillo en Boyacá, pero a escala china.

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