Publicado el 11 Junio, 2020

Estéreo Picnic: no vuelvo a creer

Los creyentes de Estéreo Picnic se llaman así porque confiaban en que el festival de música era un hecho cierto, como las lluvias de marzo o los vientos de agosto. Pero con el COVID-19 hemos aprendido —muy a nuestro pesar— que esto no es así.


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Por: Sergio E. Hernández Ramos (@SEHernandezR)

Rara vez voy a conciertos porque no me mata el plan. Sin embargo, a inicios de marzo estaba muy emocionado porque iba a presentarse Maroon 5 y estábamos a pocas semanas de Estéreo Picnic, festival de música que he aprendido a querer con el tiempo. De hecho, por primera vez en mi vida me arriesgué y con la mano en el corazón compré las boletas de creyente meses atrás. Con la nueva coyuntura, me he dado cuenta de que no vuelvo a creer, y me temo que no soy el único: creo que este virus mató el credo, por lo menos por un buen tiempo.

La primera reacción de los organizadores de eventos fue acertada. En medio del caos y el desconocimiento generalizado, anunciaron nuevas fechas: Páramo Presenta corrió el Festival Estéreo Picnic (FEP) para diciembre, y Ocesa movió el concierto de Maroon 5 para marzo del año entrante. Poco tiempo después de esos anuncios, el presidente Duque fue enfático al afirmar que no tendremos conciertos ni eventos similares en por lo menos 18 meses —año y medio—. Las nuevas fechas, entonces, son inviables, lo que nos deja más perdidos que antes. Si anteriormente teníamos fe en una fecha, ya no podemos confiar ni en el calendario.

La gente va a los conciertos porque quiere y puede. Aun si pudiéramos ir, no creo que muchos queramos hacerlo. Resulta lógico pensar que sin cuarentena y sin restricciones la asistencia será igualmente baja, porque el miedo que tenemos no se conjura con un permiso de una autoridad. Por falta de opciones tendremos que acudir a transporte público, o a la calle, pero nunca estaremos obligados a ir a un concierto. Eso implica que el regreso de estos eventos como los conocíamos está más allá del futuro visible, junto con el levantamiento del cuatro por mil, el fin de la dictadura de Maduro y otros sucesos que estamos esperando desde hace tiempo, pero nada que pasan.

Como si lo anterior fuera poco, la viabilidad económica de este sector —como otros más— está seriamente comprometida. No solo fueron los primeros en cerrar, sino que probablemente sean los últimos en abrir. Las preguntas son muchas y las respuestas pocas. No sabemos si las empresas pueden mantenerse años sin un solo peso de ingresos. Tampoco sabemos si tienen la capacidad de caja para devolver la plata que ya recibieron. ¿Será que quienes creímos en estas empresas le apostamos al caballo equivocado sin saberlo?

Las catástrofes dejan lecciones. En Inglaterra, por ejemplo, aprendieron del SARS y el MERS y por ello Wimbledon pagaba un seguro en caso de pandemia. Ya es muy tarde para eso (y posiblemente en adelante sea muy caro hacerlo), pero podemos pensar en alternativas. Una puede ser una opción de compra para los conciertos, en cuyo caso se paga una prima por un precio especial en la boletería. Llegada la fecha del concierto, el usuario decide si hace o no uso de su opción de compra. Inclusive, puede pensarse en un contrato de futuros (como el del petróleo) para las boletas de los eventos. Seguramente ahora cotizar boletas para un evento suene como una excentricidad. Pero piense en hace seis meses: sonaba descabellado que nos encerraran por meses debido a un virus y, a pesar de ello, así nos encontramos todos.

Los creyentes de Estéreo Picnic se llaman así porque confiaban en que el festival de música era un hecho cierto, como las lluvias de marzo o los vientos de agosto. Pero hemos aprendido —muy a nuestro pesar— que esto no es así. Esta serie de eventos desafortunados mató el credo: confiar no será lo mismo, o simplemente no será. Tristemente, yo ya aprendí mi lección: de aquí en adelante compraré mis boletas en la taquilla.

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