Publicado el 26 Agosto, 2019

¿Funcionará la estrategia racista de Donald Trump para reelegirse en 2020?

Al igual que en 2016, el presidente ha apelado al sentimiento de superioridad de los blancos sobre otras minorías, no obstante, los cambios demográficos sucedidos en el país y el rechazo fuerte a sus políticas nativistas podrían jugar en contra de sus posibilidades de reelegirse.


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Luego de los dos triunfos sucesivos de Barack Obama en 2008 y 2012, el Partido Republicano de Estados Unidos se vio obligado a asumir la amarga tarea de reinventarse para tener posibilidades creíbles de competir seriamente con el Partido Demócrata en la elección presidencial del país en 2016.

En un reporte titulado Growth and Opportunity Project, el Comité Nacional del Partido Republicano dedujo que era menester introducir un cambio sustancial en su política de inmigración para dar una imagen más inclusiva ante los grupos minoritarios, especialmente la población latina. La razón del cambio de estrategia se fundamentó en que el Comité reconoció dos hechos: i) El cambio demográfico sucedido en Estados Unidos está haciendo que el porcentaje de la población blanca se reduzca año tras año – el censo de la población proyecta que para 2045 Estados Unidos se convertirá en un país minoritariamente blanco; y ii) los latinos, el grupo de población que crece a un ritmo más acelerado, vota mayoritariamente demócrata.

Irónicamente Jeb Bush, el candidato del establecimiento que siguió las recomendaciones del Comité, fracasó estrepitosamente. Al final quien consiguió la candidatura fue Donald Trump, un millonario misógino y megalómano que no estaba en el radar de muchos. Trump, a lo largo de la campaña, protagonizó varios episodios racistas y xenófobos.

Por ejemplo, en uno de sus discursos dijo básicamente que los inmigrantes provenientes de la frontera con México eran violadores y criminales; o cuando el juez del Distrito Sur de California Gonzalo Curiel, nacido en Estados Unidos, desestimó una petición hecha por los abogados de Trump de archivar una demanda interpuesta por un grupo de estudiantes en contra de la fraudulenta institución Trump University, Trump dijo que el juez Curiel debía recusarse a sí mismo del caso debido a su origen mexicano. 

Posteriormente, en una campaña plagada de escándalos, venció en la elección presidencial de 2016 de forma sorpresiva a Hillary Clinton, la candidata demócrata. Teniendo en cuenta varios episodios que se remontan a la década de los 70 y han continuado hasta el día de hoy, es obvio que el racismo es un componente distintivo del carácter del señor Trump.

Pero el racismo no solo define la personalidad de Trump, también ha sido una herramienta que ha utilizado intencionalmente para movilizar a su público.

La estrategia racista de Trump

El 14 de julio, Donald Trump tuiteó sobre cuatro congresistas demócratas independientes -todas mujeres no blancas- que dice él “provienen de países cuyos gobiernos son una completa y total catástrofe” y que “deberían regresar a ellos”.  Tres de las cuatro legisladoras nacieron en Estados Unidos, la otra mujer, Ilhan Omar, llegó al país a la edad de ocho años como refugiada somalí, es nacionalizada y, curiosamente, ha sido ciudadana estadounidense por más tiempo que la primera dama, Melania Trump.

Las cuatro congresistas han sido víctimas de los ataques de Trump, pero Omar se ha convertido en el blanco predilecto de su furia en los últimos meses. En Twitter y en sus mítines ha dirigido en contra de ella una serie de diatribas falaces, insinuando simpatías de la congresista con extremistas islámicos. El 17 de julio, en uno de los mítines de Trump en Carolina del Norte y mientras él dirigía su verborrea calumniosa en contra de la congresista Omar, la multitud asistente, borracha de ira, proclamó “Send her back, send her back”.

Según los periodistas Emily Badger y Nate Cohn, en este mitin convergieron dos fuerzas que están estremeciendo el panorama político norteamericano. De un lado, una ansiedad que se extiende entre un grupo de votantes blancos que ve amenazada su posición debido a los rápidos cambios demográficos que está sufriendo el país, y de otro lado, Donald Trump, el político que ha conseguido con mayor éxito explotar este sentimiento de amenaza.

El núcleo de este grupo está compuesto de trabajadores blancos sin educación terciaria, principalmente hombres. Se estima que el 62,5% de las personas que corresponden a este conjunto de población votaron por Trump en la elección presidencial de 2016. El señor Trump ha hecho explícito, a través de sus políticas y de su discurso público de odio hacia grupos minoritarios como los latinos y los musulmanes, que él se proyecta como un defensor de la supremacía de los blancos en Estados Unidos.

Pero es incierto si esta estrategia podrá funcionar de nuevo. De acuerdo con el columnista de The New Yorker John Cassidy, aunque la proporción de este porcentaje de votantes blancos apenas se reducirá para el 2020, el apoyo de los trabajadores blancos sin educación terciaria no es suficiente para ganar la elección, pues necesitará el apoyo de otros grupos de población como los blancos con más años de educación, votantes independientes, e irónicamente, de los latinos a quienes ha fustigado tan duramente en sus discursos.

La desgracia para Trump es que, de acuerdo con los sondeos mostrados por Cassidy en su texto, unos dos tercios de las personas que componen estos grupos de población ven de forma poco favorable a Trump y las políticas que representa. Este el principal inconveniente que afronta el actual presidente para reelegirse.

Trump ganó en 2016 por un margen muy estrecho en estados clave como Pensilvania, Michigan y Florida y, según indican las encuestas que se han revelado en las últimas semanas, perdería en cada uno de estos estados contra candidatos demócratas como Joe Biden. Falta más de un año para la elección, aún es temprano para emitir un pronóstico rotundo sobre las posibilidades de éxito de la estrategia nativista del señor Trump, pero lo cierto es que su reelección está lejos de estar asegurada.

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