Publicado el 21 Febrero, 2019

La entrañable relación entre el mundo de lo imperceptible y las condiciones de la vida material

“El bien es mayoría pero no se nota porque es silencioso, una bomba hace más ruido que una caricia pero por cada bomba que destruye hay millones de caricias que alimentan a la vida”.

-Facundo Cabral.


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Cada vez que pensamos en cualquier asunto relacionado con la palabra economía, nuestra mente es muy buena imaginando un tipo de cosas muy específicas: pensamos en el dinero, en el capital—las máquinas, los edificios—, en fenómenos como el desempleo, el incremento de los precios o en las fábricas que producen los bienes que consumimos. Como pueden ver, el término economía nos remite a asuntos relativos a la vida material, a cosas que son tangibles, que pueden medirse y que hacen parte del mundo físico. ¿Qué puede ser más real que el verde color del dólar?

Pues bien, ciertamente hay personas que discrepan. El pasado primero de febrero, en el marco del Hay Festival en Cartagena, escuché hablar una economista—Deirdre McCloskey—que plantea una visión muy atractiva, al menos desde un punto de vista literario, del fenómeno económico más importante de la historia: para McCloskey, autora de 16 libros y más de 400 artículos académicos, la revolución industrial tiene un fundamento que me atrevo a llamar metafísico, allende de cualquier cosa que podamos tocar o medir. ¿Qué permitió, según esta economista, que el ingreso per cápita promedio pasara de tres dólares a cien dólares diarios en cuestión de dos centenares ? La respuesta de McCloskey es romántica: fue el desarrollo de nuevas ideas—y no la acumulación de capital—lo que puso en marcha las transformaciones económicas que han dado forma a nuestra vida actual. Su argumento, a su vez, es muy sencillo: ¿De qué sirve acumular capital  si no sabemos qué hacer con él? Para generar riqueza se necesitan ideas, y las ideas hacen parte del mundo de lo imperceptible, de lo etéreo, de lo que no se puede tocar. Desde un punto de vista filosófico, el  argumento de McCloskey es atractivo en la medida en que es una bisagra que conecta las condiciones de nuestra vida material con algo que los economistas siempre han mirado con desdén: lo que no se puede medir o tocar.

Pues bien, después de la charla de McCloskey en el bellísimo teatro Adolfo Mejía, he pensado en un  ejemplo—a un nivel más microeconómico que el de la revolución industrial—que explica una transformación económica como el efecto de cambios intangibles y supremamente abstractos. Mi ejemplo dice que la valorización de los bienes raíces de un área puede darse como el resultado de una mirada diferente. Pensemos en la valorización del centro histórico de Cartagena en los últimos 35 años, ya que toda esta reflexión nació en las callejuelas de La Heroica. Durante casi todo el siglo XX, la ciudad amurallada era una zona donde pululaban las ratas, el barrio San Diego—donde hoy está el hotel más caro de toda la ciudad—era un barrio de ladrones y, para ilustrarlo un poco, a mi abuela aún le da miedo cuando voy al antes peligroso barrio de Getsemaní. Desde que la élite cartagenera abandonara el centro de la ciudad después de la segunda mitad del siglo XIX (recordemos cómo, por ejemplo, Juvenal Urbino y Fermina Daza se fueron a una mansión en las afueras de la ciudad, en Manga) hasta aproximadamente 1980, el centro de Cartagena entró en un profundo proceso de decadencia. Hoy, sin embargo, una residencia en el centro de la ciudad no baja de una cifra en millones de dólares. ¿Qué sucedió? La explicación obvia es que en los últimos veinte años la inversión en la zona se disparó y la  riqueza arquitectónica de la ciudad amurallada ha atraído los millones de los turistas. Pero esta explicación es insuficiente.

Para que los turistas y los millones llegaran a Cartagena, antes tuvo que darse un cambio en la mirada de las personas hacia la ciudad. Los economistas llaman a esto un cambio en las percepciones. Me cuenta mi madre que cuando ella era una niña, tenía una mirada de desprecio hacia la cuna de ratas y rateros que era el centro histórico en los setenta. Desde luego, con una mirada como esa nadie invertiría un peso en la ciudad. Es bien sabido que un brillo en la mirada del inversionista es equivalente a una tasa interna de retorno positiva. En ese sentido, antes de que el capital entrara a chorros a Cartagena tuvo que haber alguien, al menos alguien, que tuviera una visión diferente sobre el centro histórico. Tuvo que haber alguien que dijera, al desplegar su mirada sobre las calles y casas destruidas: “Aquí hay belleza, o al menos hay potencial de belleza”. Mi argumento es que sin una frase de este tipo, sin una mirada diferente sobre la ciudad,  el capital nunca hubiera entrado a Cartagena y los bienes raíces de la ciudad nunca se hubieran valorizado. Y no hay nada más etéreo ni más imperceptible que el cambio en una mirada.

En este sentido, los versos que Adolfo Mejía escribiera durante el siglo XX profesando su amor hacia Cartagena fueron, potencialmente, tan importantes como la inversión extranjera que entró desde los ochenta para la transformación económica de la ciudad. Con algún grado de probabilidad—y por la misma naturaleza de esta argumentación cualquier verificación empírica de la siguiente afirmación resulta imposible
— si Adolfo Mejía no hubiera escrito en 1933:

Cartagena, brazo de agarena,

canto de sirena,

canto de sirena,

que se hizo ciudad.

Y sonoro, cofrecito de oro

reliquia y tesoro,

reliquia y tesoro,

de la antigüedad.

Entonces los bienes raíces de la ciudad nunca se hubieran valorizado de la manera en que lo hicieron. Daniel Isenberg (2013) afirma lo siguiente sobre los emprendedores: “what business builders have in common is a contrarian mind-set that allows them to create opportunities and succeed where others see nothing”. También Adolfo Mejía veía algo donde otros no veían nada. Y esa mirada lo cambió todo, tal como las ideas—según Deirdre McCloskey—permitieron que el ingreso per cápita pasara de tres a más de cien dólares al día.

Bibliografía:

Isenberg, Daniel (2013). Worthless, impossible and stupid. How Contrarian entrepreneurs create and capture extraordinary value. Boston, MA, Harvard Business Review Press


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