Publicado el 30 Enero, 2019

La marcha de la bronca

Ojalá un día no muy lejano se llegue a comprender que la diferencia no nos hace enemigos, que enriquece la conversación, así como el panorama del país, que cada uno tiene derecho a creer lo que considere, pero que eso no le da derecho de imponerse sobre los demás.


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Las marchas por la paz volumen 1, 2, 3 y muy seguramente las que vendrán, terminarán igual que siempre: dividiendo más este país tal y como lo estamos evidenciando hoy, apenas unos días después de la última que se llevó a cabo. Es y será muy complejo que este tipo de convocatorias tengan el éxito que se espera con relación a la unificación de los colombianos, no solo porque llevamos más de medio siglo polarizados, clasificados y divididos en colores. Al inicio, también porque a estas alturas se siguen usando etiquetas para diferenciar a unos de otros, con lo que hoy parece que ya estamos divididos en tres o cuatro grupos.

Siguen existiendo dos grupos históricamente enemistados: la izquierda y la derecha, ambos con extremos peligrosos, sedientos de sangre y poder, que a la fecha continúan enrostrándose muertes de uno y otro bando, así como daños colaterales en todo el país. La derecha se llama a sí misma gente de bien, aunque en la práctica parezcan lo más mal en términos de tolerancia y respeto por los derechos ajenos, especialmente de aquellos que no son de su corriente. Por su parte, la izquierda ha revivido una y otra vez el discurso melancólico-triste del socialismo, abanderados con la igualdad, liderando (según ellos) el cambio que tanto se necesita, pero cayendo en los mismos vicios corruptos de sus opositores.

Ha surgido, además, un grupo que no se siente cómodo en ninguno de los lados mencionados, por lo que intentan identificarse como centristas, donde se pretende recoger lo mejor de cada corriente previa, abanderándose además con la tolerancia, el respeto y la lucha contra la corrupción. Sin embargo, tienden a ser terriblemente ingenuos respecto a ciertas situaciones donde la derecha interviene. A veces, se ubican muy cerca a la indiferencia en temas que precisan una posición enérgica de su parte. Pareciera incluso que algunos de sus líderes se mantienen al margen de algunas discusiones para que su imagen no se vea afectada con miras a las siguientes elecciones. Ellos le llaman prudencia, otros le dicen a eso tibieza.

Finalmente, están los asqueados, políticamente hablando, cuyo peso se siente con mayor fuerza en las elecciones, donde protagonizan las conversaciones porque dejaron de creer en el sistema político así que ni se toman la molestia de salir a votar. Son muchos, demasiados para una democracia que pretende ser decente. Aunque no los culpo: después de un tiempo de vivir aquí se llega a ese punto donde uno opta por desconectarse de la realidad política, porque cada vez parece más un circo que cualquier otra cosa.

Con tales diferencias, tan profundas todas, unificar este país es casi imposible, más cuando se ha satanizado la protesta y el derecho a levantar una voz en contra de tantas cosas que suceden en la nación. La raíz de todo es el mal concepto de la palabra respeto, de unos y de otros, porque respetar significa escuchar al contrario sin alterarse ni tomar como ataque personal sus razones, así como entender el por qué llegó a la conclusión que defiende sin que ello signifique que la avala. Como cada bando tiene una versión de la verdad, la única válida según ellos, no hay punto de encuentro y lo que sigue a continuación es la descalificación del contrario, bien sea con hechos evidenciables o con mentiras.

Así las cosas, los hechos de intolerancia presenciados en la pasada marcha eran de esperarse, los que se expusieron en redes sociales, así como aquellos de los que no nos dimos cuenta. Uno esperaría coherencia con el objetivo de la marcha, que Colombia se uniera contra la violencia, los violentos y en honor a las múltiples víctimas que resultan diariamente. Pero no. La coherencia es otro concepto tergiversado, por no decir que incierto. Por eso andaban algunos prometiendo plomo, amenazando con pelar a un muchachito por llevar una camiseta X, chiflando a los que recordaban que aquí también asesinan líderes sociales, atacando al expresidente Santos y su familia o a Hollman Morris, pese a que estos últimos estaban allí con el mismo propósito.

¿Ven cómo las diferencias siempre terminan pesando? Porque no le creemos al otro, ni hay empatía, tenemos delirio de doña Florinda, creyéndonos de mejor familia que el vecino mientras compartimos el vecindario. Por eso es que hay ciudadanos de primera, segunda y hasta tercera mientras viven, para tener esa misma clasificación al morir. Entonces duelen más unos que otros, a estos les hacen homenaje, mientras que los otros simplemente hacen parte de una estadística que parece no importarle a nadie.

Uno quisiera salir a decir que lo importante es la unidad, que todos estemos en pro de una misma causa, haciendo un llamado a todos los grupos, etc. No obstante, es muy complejo unirse cuando los ideales son tan contrarios, cuando se sabe que tanto los unos como los otros no desaprovecharán la oportunidad de hacer un acto político como cerrar una plaza y montar tarima cual concierto para un discurso que avale su política guerrerista o para impulsar la futura candidatura de algún miembro de su partido. Recuerden que este año hay elecciones de alcaldes y gobernadores, así que los precandidatos ya deben empezar a figurar, tal como sus partidos.

Puede que la única forma de unir estos grupos sea con un enemigo externo, tal vez por eso cala tanto eso de “volvernos como Venezuela”. Si siguen buscando unión desde dentro seguiremos presenciando episodios de intolerancia como los evidenciados en la pasada marcha, se seguirá juzgando al vecino por su inclinación política antes que como ser humano, que parece ser lo único en lo que nos parecemos hoy, y se seguirán usando los cargos de poder para callar a quienes levantan una opinión contraria. Ojalá un día no muy lejano se llegue a comprender que la diferencia no nos hace enemigos, que enriquece la conversación, así como el panorama del país, que cada uno tiene derecho a creer lo que considere, pero que eso no le da derecho de imponerse sobre los demás.

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