Publicado el 25 Septiembre, 2019

Tener una dieta para combatir el cambio climático no es tan difícil como parece

Hacer una diferencia significativa implementando cambios en nuestros hábitos es posible. Deja que te expliquemos variaciones relativamente fáciles en nuestra dieta con las que deberíamos comprometernos.


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Uno de los testimonios más brutales que he visto sobre el cambio climático es el vídeo captado por el fotógrafo Paul Nicklen en el que se ve un oso polar vagando desesperado por la falta de alimento, atrapado en medio de un paisaje desprovisto de nieve. Como esta imagen, hay montones que atestiguan los efectos amargos que está teniendo el cambio climático en la fauna y flora del planeta, y también en cientos de comunidades humanas azotadas por desastres naturales.

Es una pena que por muy desgarradores que puedan llegar a parecer este tipo de retratos, su efecto en el público es poco efectivo en términos de movilizar a la gente para buscar soluciones, por el contrario, la reacción más común es mirar a otro lado e ignorar el problema, pensar en otra cosa que los haga sentir mejor.

La falta de compromiso puede deberse a que el cambio climático es una cuestión complicada, frente a la cual no hay soluciones simples y expeditas a los ojos de los individuos. También está latente esta idea de que es un asunto distante a nosotros, a pesar de que sus efectos los sentimos crecientemente día a día.

Hay varias formas de solventar esta pasividad. Una de ellas, entender que sí es posible hacer una diferencia significativa implementando cambios en nuestros hábitos; en específico, en este texto hablaré sobre variaciones relativamente fáciles en nuestra dieta con las que deberíamos comprometernos.

No quiero que se me malentienda, no creo que el cambio climático sea simplemente un problema de agencia individual. Por el contrario, es fruto de un coctel explosivo en el que se encuentran instituciones disfuncionales y anacrónicas, patrones de consumo poco sostenibles arraigados culturalmente y un establecimiento político y económico, que pensando acrecentar su poder y riqueza, ha acelerado el cambio climático. Por ejemplo, en la tragedia sucedida en los últimos días en Brasil, la selva amazónica está siendo devorada por el fuego como consecuencia de la acción humana principalmente.

Habiendo dicho esto, creo que los cambios en nuestros hábitos de alimentación sí hacen una diferencia significativa por tres razones: 1. Es una forma de conectar directamente con el problema del cambio climático, pues al establecer un vínculo más estrecho hay una motivación más fuerte para informarse y actuar conscientemente.  2. Nuestras acciones individuales tienen efectos sobre las de otros, cualquier persona con la que nos relacionemos es susceptible de un cambio por la presión social y el acceso a información que desconoce. 3. Según un reporte de las Naciones Unidas (2014), cerca del 25% de las emisiones que producen el calentamiento global tienen que ver con los alimentos que consumimos: la agricultura, la ganadería y la situación de los bosques. Es un porcentaje mayor que el producido por los automóviles.

Hay una afirmación que prolifera en Internet, según la cual la única forma de reducir las emisiones de gases de invernadero derivados de la producción de alimentos es volverse vegano. Sentir empatía hacia los animales por las cruentas condiciones de crianza y sacrificio a las que son sometidos es una muy buena razón para volverse vegano, empero, esta aseveración de que hay que ser vegano necesariamente para combatir el cambio climático con la dieta no es del todo exacta. Sí es posible reducir la huella de carbono significativamente consumiendo cantidades controladas de lácteos y carne.

Los científicos Benjamin Houlton y Maya Almaraz de la Universidad de California Davis han estudiado la relación entre el cambio climático y nuestra dieta. Con los datos que han recolectado han logrado estimar la huella de carbono de diferentes comidas y dietas. Una porción de carne de res puede llegar a emitir 330 gramos de carbón, un filete de pollo 52 gramos y uno de pescado 40 gramos. Con las lentejas se reduce la cifra aún más, a 2 gramos.

La razón por la cual la carne de res y la de otros rumiantes es tan contaminante es por la cantidad de gas metano que producen estos mamíferos en su proceso digestivo. Además, en la ganadería se tiene que hacer un uso intensivo de la tierra y fertilizantes para alimentar estos animales.

Una de las conclusiones más interesantes del estudio de Almaraz y Houlton es que la dieta vegana tiene el menor impacto en términos de emisión de gases de efecto invernadero, pero no es mucha la diferencia si se compara con la dieta vegetariana. Quizá el hallazgo más sorprendente para mí es que la dieta mediterránea emite una cantidad baja de gases de efecto invernadero, de hecho, es bastante similar a la vegana y vegetariana, con un impacto cinco veces menor que la dieta normal de un estadounidense promedio.

La dieta mediterránea consiste en un consumo diario de verduras, frutas, legumbres y nueces, una ingesta semanal de pollo, pescado y huevos, porciones moderadas de productos lácteos y consumo limitado de carne.

Según estos científicos, no es necesario eliminar por completo la carne de rumiantes de nuestra dieta para reducir la emisión de gases invernadero derivada de nuestra alimentación, sin embargo, sí debemos ser mesurados, disminuir en al menos un 90% su consumo.

No obstante, alcanzar esta meta puede ser una tarea ardua para ciertas personas. Y lo entiendo, yo era de aquellos que miraba con desdén las preparaciones sin carne. La mayoría de nosotros tenemos arraigadas concepciones muy estrechas sobre nuestra alimentación, y por el peso de la costumbre, limitamos nuestro repertorio de consumo a un grupo conocido de alimentos. No solo es nocivo para el medio ambiente, sino que también puede atentar contra nuestra propia salud por las porciones altas de proteína animal y bajas porciones de frutas y vegetales que definen las dietas más usuales.

La cosa que ha funcionado para cambiar mis hábitos es bastante simple: aprender a cocinar. Esta idea puede resultar intimidante, pero no es tan difícil como parece, hoy en día hay varias vías para entrenarnos en este oficio, muchas gratuitas y disponibles para todo el mundo, por ejemplo, mi canal de cocina favorito de YouTube, el de Jamie Oliver: sus recetas son saludables, hay una gran oferta de platos vegetarianos y todas las recetas que he probado han resultado deliciosas, según el testimonio de mis amigos y familiares.

Otro estudio publicado en The American Journal of Clinical Nutrition concluyó que es posible crear una dieta saludable con bajas emisiones de gases de efecto invernadero sin eliminar por completo la carne, sin un costo adicional para los consumidores.

La ventaja de cocinar reside en que podemos experimentar con alimentos saludables con una huella de carbono baja y hacia los que, infortunadamente, tenemos reservas por la influencia de costumbres susceptibles de cambio – por ejemplo, el pescado y ciertos vegetales.

Tal como están las cosas, tener una dieta con bajas emisiones de efecto invernadero, más que tratarse de una cuestión de sacrificio, es de tener la disposición de experimentar, y en el camino, sorprenderse felizmente con alimentos que por un capricho de nuestra cultura gastronómica no teníamos en nuestro radar.


 [EB1]El enlace no funciona. ¿Es este https://academic.oup.com/ajcn/article/109/3/526/5303906? Verificar y cambiar.

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