Publicado el 14 Febrero, 2019

Tóxico san Valentín

Así, faltos de empatía, miedosos, irascibles, confundidos y muy lastimados, vamos por la vida consumiendo libros estilo New Age, pintando mandalas, ejercitándonos sin compasión en cuanto gimnasio o parque esté disponible, o descargando nuestra frustración en la red social de moda, para terminar el día con la misma soledad en el corazón.


Síguenos en: | | |


El amor es una fuerza de la naturaleza que transforma, dinamiza y mejora nuestras circunstancias. Puede que por eso busquemos o aprovechemos excusas para celebrar este sentimiento, sí, como el san Valentín en este mes. Lastimosamente, uno tiende a confundir el amor con muchas cosas: con la dependencia, la comodidad, el miedo y así con otras cosas. Uno puede amar personas, cosas, circunstancias, recuerdos, etapas y lugares, pero se suele dejar de último a nuestro propio ser, siendo esta la raíz de las confusiones futuras.

La modernidad no le es ajena al amor, pues con ella ha adquirido nuevas maneras de manifestarse, e incluso, de hacerlo con mayor libertad. Sin embargo, también ha hecho que sea más complejo extender un sentimiento tan poderoso a quienes nos rodean, dejándolo en modo superfluo, listo apenas para la foto o video. Pareciera que estamos más dispuestos a abrirnos al mundo, pero es apenas una fachada, pues hoy es cuando más miedo se siente a la hora de abrir el corazón. Nos hemos vuelto vulnerables al extremo de cualquier manifestación que consideremos contraria, el dolor nos va convirtiendo poco a poco en un montón de gente blanda con un disfraz de rudeza que solo hace más difícil el comunicarnos.

Y es en la comunicación donde, paradójicamente, hemos estado más estancados, a pesar de que cada vez se avanza más en tecnologías que nos permiten platicar con los demás, sin importar las distancias o las barreras del idioma. El problema no es de conexiones técnicas, la raíz tiende a ser de tipo empático, porque cada vez cuesta más ponerse en la posición del otro para entender el porqué de su accionar. Entender no es igual a justificar, otra confusión que se convierte en obstáculo a la hora de analizar una posición contraria.

Así, faltos de empatía, miedosos, irascibles, confundidos y muy lastimados, vamos por la vida consumiendo libros estilo New Age, pintando mandalas, ejercitándonos sin compasión en cuanto gimnasio o parque esté disponible, o descargando nuestra frustración en la red social de moda, para terminar el día con la misma soledad en el corazón. Puede que por eso sea tan fácil caer en situaciones tóxicas, llámense relaciones amorosas o de amistad, inclusive laborales, porque no identificamos a tiempo lo que realmente nos puede hacer mejor la vida de aquello (o aquellos) que solo están robándonos tiempo y energías.

Entonces, el amor que tanto buscamos muchas veces no aparece o no funciona como deseamos porque pretendemos hallar fuera lo que realmente siempre ha estado con nosotros, sí, aunque generalmente requiere unas cuantas reparaciones. Trabajar en uno mismo no es tarea sencilla, es quizá el mayor desafío que se tenga, ya que implica aceptar la responsabilidad en lo que no está funcionando en nuestras vidas en vez de delegarla a los astros, el destino, nuestra familia o el trabajo. Asumir que somos dueños de nuestros días para lo bueno, así como para aquello que requiere trabajo, implica valentía. Valentía y muchos huevos.

Hay que aceptar, además, que no podemos vivir en una constante historia de felicidad donde todo es bello, paradisíaco, perfecto, nubes rosas por doquier. Resulta que los malos momentos nos forman para disfrutar con mayor intensidad de aquellos felices. Ahí radica su valor. No se trata de abrazar el sufrimiento, cual mártir en plena inquisición, no. El truco está en buscar el aprendizaje de cada circunstancia para fortalecernos, desviando el enfoque de lo negativo. Esas nubes grises o negras (según su nivel de drama) le dan sentido a muchos momentos, al tiempo que construyen en nosotros una mejor versión. Resiliencia, le dicen.

La idea de esta columna no es posar de gurú de la felicidad, mucho menos posicionarme como autoridad moral de lo bueno y correcto. Solo menciono algunos aspectos relevantes que he aprendido a lo largo de los años, resultado de malas experiencias, terapia y de múltiples levantamientos en los que descubrí, entre otras cosas, que a veces alimentamos nuestro propio demonio, incluso al no hacer nada. Y es que en mi caso, al menos, parecía que una parte se hubiese paralizado, dejando que todo pasara por encima, por el lado, por doquier, permaneciendo inamovible incluso cuando necesitaba, desesperadamente, correr. Eso se llama miedo. Esa vaina te frena, te estanca y petrifica mientras la vida sigue su curso.

Tuvieron que pasar años, varios loqueros y unos cuantos ataques de pánico y ansiedad para trabajar en mí con mayor tesón. Sigo en ello, por supuesto, pero estos procesos te van cambiando la perspectiva de todo, desde el interior, poco a poco, como si de pronto se encendieran luces donde antes todo era obscuridad.

Así pues, este catorce de febrero, antes de irse de plan cursi con la toxicidad que le rodea, analice y dese la oportunidad de hallar en sumercé todo lo lindo que desea, evalúe con cariño sus triunfos, así como esas que considera derrotas: puede que se lleve una sorpresa. Llévese a un lugar bonito, converse con su niño interior, dese gusto en algo pequeño. Dígase ¡te amo! mientras se mira en el espejo, perdónese por lo que sea necesario, sea justo con sus balances, piense que le está hablando a la persona más importante de su vida. Se recomienda repetir esta rutina cada día. Y feliz san Valentín.

Comparte este artículo

bookmark icon