Publicado el 27 Julio, 2019

Un junte para la historia

“Tú eres bruto cabrón rapeando sobre cómo volar sesos en un país donde te matan por robarte un peso. No soy un santo rapeando, mucho menos caballero. En algún momento rimando ahorqué a diez marineros, pero en ese caso es diferente incitar al desorden, porque cuando la tiranía es ley la revolución es orden”.
Canción Adentro, Calle 13.


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Cuando empecé la adolescencia un nuevo género llegó al mundo: el reguetón. Recuerdo que con mis compañeros de colegio quemábamos cedés con los mejores temas, favor que nos hacía uno de los chicos del salón por la módica suma de mil pesos, o dos mil si él tenía que comprar el cedé en blanco. Hacíamos listas de 10 canciones (porque a un cedé regular de esa época no le cabían más) y se la pasábamos, proceso que se repetía con regularidad, dependiendo del estreno de los éxitos de Wisin y Yandel, Héctor y Tito, Zion y Lennox, Daddy Yankee, Tego Calderón y Don Omar. A veces los dúos o juntes se peleaban y terminaban tirándose en líricas largas y llenas de eufemismos que solo buscaban insultar al rival, o en otras palabras destruirlo en la tarima. A los ojos de mis padres, de los maestros y en general de todo aquel que tuviera más de treinta años, el género solo hablaba de forma sucia, demasiado provocativa e incluso misógina sobre las mujeres; incitaba al sexo sin protección, a una vida de carros lujosos, mujeres exuberantes y mucho dinero.

Con el tiempo, llegué a la universidad y mi época de escuchar reguetón llegó a su fin, no solo porque el círculo de amigos cambió radicalmente, sino también debido a que, supuestamente, no era coherente con una mente que quisiera elevarse a través del conocimiento. Entonces me desconecté por completo de los estrenos, aunque esto muchas veces no era tan cierto debido a que igual sonaban por todas partes: en el bus, en el centro comercial, en el carro que esperaba el cambio del semáforo y así. El género que era una moda pasajera, según muchos, se había instalado y no pensaba irse.

Los duros del género siempre fueron puertorriqueños, así que puertorro seguía siendo tierra de músicos rebeldes que rompían estándares, como pasó con la salsa en su tiempo. Pero como la magia de la música está en que desconoce las fronteras y es capaz de apropiarse de realidades diferentes a aquellas que le dieron origen, empezaron a surgir reguetoneros de otras tierras diferentes a la isla del encanto, una de ellas Colombia. Entonces aparecieron J-Balvin, Maluma, incluso grupos donde se mezclaban sonidos urbanos propios del reguetón con ritmos más autóctonos como los del Pacífico, como es el caso de Chocquibtown. A esas alturas mi recelo y prejuicios hacia el género se habían suavizado gracias al descubrimiento (algo tardío) de Calle 13, cuyos versos no se ocupaban solamente del cuerpo femenino, tocando temas políticos y sociales de interés mundial.

Creía entonces que lo único rescatable del reguetón era René, sin darle la oportunidad de conocer mucho más, porque bueno, me juraba adalid moral del buen gusto musical, eso sí, sin la más mínima educación o conocimiento sobre música. Solo apoyada en mis críticas por los salpicones musicales con los que me crio mi papá en su equipo Aiwa, de la mano de todas las colecciones de cedés que Cromos y El Espectador nos proporcionaron, y obvio, el legado “mamertoso” de la universidad pública con la música social y de protesta.

Hoy, cuando veo y leo las noticias de lo sucedido en Puerto Rico siento un gran respeto por sus ciudadanos, pero especialmente por sus artistas. Esos por los que nadie daba un peso hace más de 12 años (quizá más). Los mismos que fueron criticados hasta la saciedad por facilistas o por hacer “música de mal gusto”. Aquellos que satanizamos (me incluyo) por promover un estilo de vida más ligado a una cultura traqueta de abundancia sin trabajo. Esos mismos que yo juraba desconectados de la realidad de su país, salieron a marchar con la gente, con su gente, a exigir que el gobernador Rosselló dejara su cargo después de destaparse un escándalo que incluía corrupción, misoginia y homofobia.


Fuente: Pixabay.com

Bonita combinación, ¿no? Pues bien, contra cualquier pronóstico, luego de doce días de protestas continuas en las calles, en las redes y en cualquier espacio que se pueda imaginar, el gobernador dimitió. Los videos que surgieron de la celebración de la gente provocan emoción pura. Y es que no se trató de un Ricky Martin solitario, quejándose en redes por la forma despectiva en que fue usado su nombre en ese chat. Tampoco se limitó a un par de ciudadanos indignados por como se manejó el tema de las víctimas del huracán María, sin que ello tuviese eco más allá de las horas iniciales o el boom de la noticia. No. La indignación sobrepasó toda diferencia que pudiera darse en la isla, la más grande de todas a mi parecer, la que tiene que ver con el dinero.

Y es que el tener o no dinero ha creado un abismo entre seres humanos de la misma sociedad al punto de hacerlos enemigos naturales. ¡Tamaña pendejada! Sin embargo, en Puerto Rico algo mágico sucedió. Tal vez porque el huracán María golpeó por igual a todos los habitantes de la isla, quizá porque venía llenándose una copa de insatisfacciones respecto al Gobierno que tuvo su punto álgido en el ChatGate, o por una simple combinación de factores que resultó en este espectáculo maravilloso de unidad que nos ha dado Puerto Rico. No importa. Lo relevante y valioso es que a través del arte y sus representantes se haya sentado un precedente social y político tan poderoso como el que vimos en los últimos días.

¿Envidiable? Muchísimo. Sería un sueño que algo similar sucediera en Colombia, que la gente con la capacidad de influir en masas se apropiase de los problemas que aquejan a sus seguidores, no como un favorcito desde el pedestal de la fama, sino de la mano, caminando, gritando y exigiendo por igual. No pierdo la esperanza, de todas formas, el reguetón llegó a nuestras tierras e inspiró (y lo sigue haciendo) a las nuevas generaciones de artistas. Puede que en un tiempo aún los inspire, pero a ser la voz de los que son callados por las balas y de aquellos a quienes la corrupción descarada y rampante ha dejado sin nada.

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