Publicado el 11 Agosto, 2019

Una crónica de acoso laboral

Entré a trabajar en agosto a uno de los principales bancos del país con la expectativa de ser un científico de datos, y dada mi corta edad y experiencia, no supe cómo empecé a ser víctima de acoso laboral.


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Antes de empezar a trabajar en uno de los principales bancos del país (no menciono el nombre De la entidad bancaria porque no tengo interés de entablar acciones legales), mi vida laboral había sido en un mundo de métodos matemáticos que usa Wall Street. Quería dar un salto hacia la realidad en mi nuevo empleo, y en ese proceso tenía que aprender de contexto. Pero esta palabra, contexto, algo tan simple, no fue nada fácil de alcanzar porque nunca tuve acompañamiento de mi jefe. Su excusa siempre fue “no tengo tiempo”, aunque para mis otros compañeros del área sí lo había por momentos. A mi modo de ver, su expectativa siempre fue ver solo resultados y no ocuparse en guiar a las personas que dirigía; esperar a que sus subalternos siguieran sus preceptos y lo hicieran lucir frente a sus superiores; y que todos los resultados se obtuvieran en tiempo récord. Para alguien nuevo en este campo esto era imposible porque uno debe conocer muy bien de qué datos se dispone y qué se sabía; e incluso para alguien experimentado esta expectativa sería irrealista porque por definición un líder debe supervisar los avances de un proyecto, brindar ideas de qué funciona y qué no, y por lo menos decidir qué resultados mínimos se debían obtener en un calendario predefinido. Él simplemente no tenía claridad sobre ello, y con un egocentrismo voraz le era muy difícil aceptar alguna sugerencia o admitir que otra persona tenía mejores ideas respecto de algo.

Durante los cuatro primeros meses me había enfocado en acomodar bases de datos y en desarrollar modelos. Pero como el típico académico y novato que todavía no conocía de ese nuevo mundo, vivía en el modelo y el modelo más que todo, y cuando le contaba a mi jefe lo que estaba haciendo, de los resultados provisionales que tenía, nunca me cuestionó ni me regañó por esto. Mis compañeros del área no tenían idea alguna del proyecto que estaba desarrollando porque el tema era completamente nuevo para ellos, y por lo tanto me era muy difícil lograr el objetivo propuesto. En un ambiente de alta incertidumbre, su recomendación expresa fue que siguiera y siguiera en mi idea… hasta que a finales de noviembre su temperamento cambió de un momento a otro porque no obtenía resultados exitosos (los datos de los que se disponían eran muy pocos, y nadie hasta ese momento había obtenido algo interesante), y los primeros signos de acoso empezaron a aparecer.

Lo primero fue decirme en medio de una conversación informal que mi hoja de vida era sospechosa, porque según él –sin comprobación alguna– decía que sabía conceptos que en realidad no sabía. Cuando le pregunté por qué dijo eso, respondió que no tenía bases pero que tenía que demostrárselo. No le volví a responder, pero me causó mucha ira. Mis compañeros de otras áreas me decían que él era prepotente, y que no le pusiera cuidado.

Unas semanas después, cerca de iniciar diciembre, el tono de sus palabras era cada vez más fuerte. Un día, a las seis de la tarde, me preguntó si yo había hecho algo en todos esos meses. Yo le comenté, y me respondió que yo tenía que aprender a buscar más alternativas antes de presentarle resultados. Le respondí que él estaba informado de todo lo que yo hacía, y a pesar de que no estaba llegando a resultados, él sabía todo el esfuerzo que estaba haciendo. Él insistió en que yo tenía que aceptar que no estaba haciendo nada, incluso en frente del director general, y con mucha rabia me fui.  Tenía razón después de todo –uno debe llegar siempre con propuestas al jefe–, pero que me haya pedido aceptar eso no lo permití. Le di la razón cuando dialogaba dentro de mí después, porque finalmente en el mundo laboral uno tiene que ser así… asumiendo incluso culpas de las fallas de liderazgo de otros.

Cuando regresé de vacaciones, pasadas unas semanas –las había solicitado unas semanas después de que ingresé dado que ya tenía tiquetes comprados– su cólera no era menor. Había decidido acelerar por mi cuenta el desarrollo del proyecto hasta llevarlo a su fin óptimo, con o sin su ayuda, pero aun a pesar de ella en las reuniones que teníamos el tono siempre era descalificativo respecto de lo que yo hacía, y era tal que yo le tenía que preguntar cómo resolver el problema porque sus palabras eran solo avalanchas de críticas. Su intención siempre fue demostrar cómo yo erraba, pero él en cambio sí hacía propuestas correctas. Por supuesto, era mi primera experiencia en un tema del cual no conocía y no podía ser perfecto en consecuencia, pero su forma de expresarlo todo era altamente desmotivante.

El proyecto siguió en marcha, y a pesar de todo no me di por vencido. Durante semanas enteras me quedé hasta tarde –nueve de la noche–, y en ese ajetreo sus ataques seguían y seguían. Un día me interrogó de un momento a otro acerca de cosas de las cuales no sabía completamente porque estaba inmerso en mi proyecto, y por momentos intentaba probar mi capacidad haciéndome preguntas aleatorias sobre bases de datos. En una reunión en la que estaba una compañera de trabajo y yo, le dijo expresamente a ella que por favor no confiara en lo que yo sabía, ni en mis códigos, porque yo era muy nuevo y muy probablemente lo que hiciera iba a estar mal (irónicamente, al final decidió dejarme esa responsabilidad a mí, y nunca me dijo nada sobre los resultados).

La gota que rebosó la copa de vino llegó finalmente. En una de las reuniones diarias que teníamos en el área me gritó en frente de todos mis compañeros porque no añadí una columna a una tabla que tenía que entregar –en cinco minutos máximo se podía resolver eso–, y que no había hecho prácticamente nada debido a eso, diciéndome justo después que no le había gustado en absoluto que yo lo haya mirado mal ante su intervención. Segundos después de eso, me pidió reunirse conmigo en una sala aparte. En esa charla se dedicó a gritarme porque el proyecto no avanzaba pese a que yo le comenté todo lo que hacía, que según él todos mis compañeros se quejaban de mí porque no tenía conocimiento alguno de las bases de datos y porque preguntaba mucho (mis compañeros después desmitificaron eso y por el contrario me dijeron que preguntaba poco), y que si seguía así hablaría con Recursos Humanos para hacerme despedir. Sin meditarlo más, porque no podía permitir más sus conductas, fui a Recursos Humanos a quejarme de lo que pasó, a lo que me respondió un señor que “mis comentarios eran juicios de valor”, que “el líder siempre tiene la razón”, y que “todos mis cuestionamientos eran percepciones”. Thanks for nothing!

Ante esto, mi opción no fue otra sino comentarle al director general del área lo que pasaba si esas conductas persistían, dado que Recursos Humanos no haría nada. Un martes a las seis de la tarde estallé de ira cuando me dijo frente a mis compañeros que él no me consideraba apto para estar en una visita corporativa porque mis preguntas no tenían sentido. No le respondí nada y en cuanto terminó la reunión le conté todo al director general. Su respuesta no me sorprendió: no era el único que tenía quejas de su carácter. Muchas personas de otras áreas le habían presentado quejas también, y debido a esto él estaba meditando muy bien si ascenderlo o no (el director sería ascendido a un cargo aún más alto y mi jefe era el mejor candidato hasta el momento). Mi expectativa nunca fue que lo despidieran, pero sí que le hicieran un llamado de atención, y me sentí escuchado por primera vez en ese momento… ¡si tan solo eso hubiera sido cierto! Me solicitó que hablara con mis compañeros para que lo citaran a él personalmente y le comentaran lo que pasaba.

Los días avanzaban y la decisión del director fue no ascenderlo, finalmente. Sus conductas tendían a ser agresivas con mis compañeros, aunque conmigo perdió contacto, y fue tan así que los de mi área decidieron organizar una reunión para comentarle a él muchas de esas cosas negativas. Al ver que todos estábamos de acuerdo en que debía cambiar no tuvo de otra sino ceder y pedir disculpas. Se mostró condescendiente con nuestras peticiones, y en efecto cambió. Pero su cambio fue tan fuerte que algo me decía que las cosas no irían tan bien como pensaba. ¿Por qué habría de pensar eso?

Varios días antes, mis compañeros me habían manifestado su descontento porque según ellos yo exageré al ser una persona hipersensible, que no tenía por qué haber tenido que hacer llegar mis quejas al director general. El mismo día que a mi jefe le comunicaron la decisión de no ascenderlo, un compañero de mi área me citó para preguntarme por qué había hablado con el director, que yo había violado aparentemente el debido proceso, que el jefe era el jefe y que tenía que ser defendido, que yo tenía que estar agradecido con la vida por tener un jefe no tan terrible.

Mi jefe no me quería asignar un tema, sino que documentara lo que había hecho y se lo entregara a un compañero. Días después escuché a mi jefe cuchichear con otro compañero, que era su confidente, algo relacionado con que no descansaría hasta que alguien se fuera. ¿Mis compañeros defendiéndolo pese a lo ocurrido? ¿Un cambio tan fuerte de carácter? ¿No asignándome tarea alguna? ¿Alguien se tiene que ir?

Hace 42 años, un economista llamado Hyman Minsky explicaba una hipótesis teórica según la cual la tranquilidad y la calma durante un largo tiempo precedían a un evento inesperado y desastroso**. El silencio es altamente engañoso y nos puede llevar a predicciones altamente erróneas, decía en palabras más castizas. “Si este es el caso, el fin sería… mi despido”, me dije.

Mi respuesta fue llenar de notificaciones de correo al director general de lo que yo hacía diariamente y llenar de comprobantes hasta las cosas más insignificantes de lo que hacía en horas laborales. Conseguí un empleo por fuera del horario laboral por si algo ocurría. Cualquier cosa podría pasar y durante dos meses así fue. El director incluso nos reunió a toda el área para decirnos que nadie sería despedido debido a este incidente. Todo parecía estable… ¡pero al final mi estrategia funcionó!

Un viernes de abril tenía mi carta de despido sin justa causa sobre la mesa de una sala, estando reunido con el director y mi jefe. No podía ser con justa causa porque mi jefe sabía que tenía (y hasta ahora tengo) grabadas en mi celular múltiples conversaciones suyas y de mis compañeros donde se detalla lo que pasó, de todas las pruebas que tengo para entablarle una denuncia, y que todos los correos que enviaba al director los enviaba con copia a mi correo en caso de que intentara llamarme mentiroso… esto lo tenía más o menos claro en mi mente. ¿Pero por qué todo esto incluso bajo el conocimiento del director? ¿Él qué tenía que decir al respecto? Su respuesta fue que a pesar de que demostré una dedicación fuerte en mi trabajo y que los resultados que le presenté le habían convencido, mi jefe le había comunicado que no era funcional lo que yo proponía; y que era un consenso de mis compañeros que no debía seguir allí debido a mi forma de ser.

De lo primero no me extrañaba porque siempre descalificó lo que hacía. Nunca me quiso asignar otra tarea y siempre me repetía que era porque no confiaba en mí. ¿Pero respecto de lo segundo? ¿En verdad me había vuelto insoportable para mis compañeros? Estuve alejado de ellos porque no me identificaba con ellos, pero jamás hubo conflictos continuos. Decidí resolver esta duda reuniéndolos a todos personalmente en una sala aparte ese mismo día, como último acto antes de irme de ese banco. Su respuesta fue sorprendente y definitiva: nunca les consultaron a ellos sobre lo que pasaba, y nunca habían dicho nada sobre mí acerca de este tema. La mayor parte de todo se reducía, en últimas, a sus especulaciones.

Escribo esto no porque quiera generar lástima o llamar la atención, sino porque quiero recordarle al lector a través de mi experiencia una problemática que viven a diario muchas personas, pero que aún no tiene la visibilidad que debería. Sí, esto es normal, pasa en muchos lugares, pero no significa que deba ser tolerado. En la situación actual, además, ni el código laboral ni las exigencias de los sindicatos han sido lo suficientemente efectivas para impedir que las compañías permitan este tipo de abusos: establecer normas para indemnizaciones no es suficiente para evitar que el agresor no vuelva a cometer estos actos de nuevo, y las empresas preferirán a un burócrata que les garantice eficiencia independientemente de los problemas que tenga este con la ley. Esto es traumático para quienes tienen familia o su edad no les permite encontrar otro medio de vida, y desde este punto de vista hay mucho trecho por recorrer en términos de derechos laborales.

Nota aclaratoria: este artículo fue modificado de su versión original por solicitud del autor.

* Se publica anónimo con el objetivo de proteger la identidad del autor.

** Minsky, H. (1977). The Financial Instability Hypothesis: An Interpretation of Keynes and an Alternative to “Standard” Theory. Nebraska Journal of Economics & Business, 16 (1), 5-16.

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