Publicado el 23 Mayo, 2017

¡Viaje por Colombia, no sea un rolo montañero!

“Los jóvenes tenemos la inmensa responsabilidad de pensar a Colombia como un gran conjunto de pueblos con necesidades y riquezas que van mucho más allá de lo que pasa en las grandes capitales.” Viajar es una de las actividades que más satisfacción me generan como ser humano. Se trata de la oportunidad de desconectarse por un momento de las responsabilidades profesionales, familiares y personales. Y así poder preparar los sentidos para experimentar lugares, personas y sabores nuevos. Sin embargo, como […]


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“Los jóvenes tenemos la inmensa responsabilidad de pensar a Colombia como un gran conjunto de pueblos con necesidades y riquezas que van mucho más allá de lo que pasa en las grandes capitales.”

Viajar es una de las actividades que más satisfacción me generan como ser humano. Se trata de la oportunidad de desconectarse por un momento de las responsabilidades profesionales, familiares y personales. Y así poder preparar los sentidos para experimentar lugares, personas y sabores nuevos. Sin embargo, como colombiano del común, viajar no resulta una actividad susceptible de realizarse con frecuencia porque puede resultar costosa y requiere tiempo libre, algo que no se tiene en exceso cuando se tiene que cumplir un horario de oficina.

Durante el último año he tenido la increíble oportunidad de explorar algunos de los municipios y ciudades de Colombia que antes solo había visto a través de las noticias. En ese lapso de tiempo, conocí Caloto, Silvia y Popayán en Cauca; Medellín, Rionegro y Guatapé en Antioquia; Cartagena en Bolívar; Cali y Palmira en Valle, donde tuve la oportunidad de vivir algunos meses; San Gil, Barichara, Floridablanca y Bucaramanga en Santander; Armenia en Quindío y Pereira, Dos Quebradas y Santa Rosa en Risaralda. De cada lugar puedo decir que me llevé gratas sorpresas y algunas desilusiones. No obstante, sin temor a pecar de optimista, recomiendo a todos ustedes que exploren las riquezas de estos lugares.

La mayor sorpresa que me han dejado estos viajes es que quedé completamente antojado de conocer el resto del país. Además de los paisajes con su fauna y flora, la arquitectura y la gastronomía. Colombia es un país inmensamente rico en calidez humana, calidez que se nos ha olvidado explorar a quienes vivimos en las grandes urbes y que resulta refrescante para recargar energías. Sin duda, recibí muchas lecciones de humildad, solidaridad y nobleza en lugares como Barichara y Guatapé. Por otra parte, y con la morbosa curiosidad que caracteriza a un economista, resultó una sorpresa observar las distintas formas de rebusque de los habitantes de los pueblos y veredas. Consecuencia de los retos económicos de las zonas rurales de un país en desarrollo que someten a pruebas complejas al ingenio de sus habitantes.

La mayor desilusión no vino por cuenta de las tarifas diferenciadas al turista o los precios a dedo de los servicios de taxi en Bucaramanga. De hecho, la mayor decepción me la causé yo mismo como bogotano. Sin pertenecer a una familia de élite, o tener un rancio linaje de presidentes y ministros en mi árbol genealógico, me sentí culpable por ser parte de ese grupo de montañeros –porque Bogotá está aislada de la realidad colombiana en medio de las montañas– quienes creemos (o creíamos) que Bogotá es Colombia, que sus problemas son prioritarios por encima de los de las regiones y que, cuando las regiones están en problema, sólo la sabiduría de un capitalino puede resolverlos. Así, me tomó por sorpresa la profunda ingorancia que padezco sobre las diversas necesidades que tienen las comunidades en las regiones, de la carencia de infraestructura, de las largas distancias por carretera y por trocha para conectarse con mercados regionales y con los servicios de salud, entre otros problemas que requieren una urgente solución.

Muchos de ustedes, amables lectores, considerarán que he descubierto el agua tibia y tienen toda la razón, pero muchos de los ciudadanos de mi generación desconocen esa otra Colombia que no es popular en redes sociales, ni tema de conversación en los cafés bogotanos. Surge así una reflexión a partir de estos viajes: los jóvenes tenemos la inmensa responsabilidad de entender a Colombia como un gran conjunto de pueblos llenos de contrastes con profundas necesidades e invaluables riquezas que van mucho más allá de lo que pasa en las grandes capitales. Responsabilidad que se hace latente en medio de este proceso de paz, para poder contribuir al desarrollo del posconflicto a través de las ideas y las soluciones a los problemas de las comunidades viéndolos con los ojos y la experiencia de éstas, no desde una cómoda oficina bogotana. Por ahora, el primer paso tiene un componente de ocio y cultura, es importante que quienes tenemos la oportunidad de viajar aprovechemos los diferentes destinos que tiene nuestro país y conozcamos de cerca algunas de las realidades que nos han sido ajenas.

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