Publicado el 25 Marzo, 2019

¿Y si jugamos Monopoly de verdad?

Es claro que el mundo es mucho más complejo que un juego de mesa, sin embargo, este es una divertida y cercana aproximación a la realidad de los negocios. ¿Qué tal si vemos cuales son las enseñanzas que nos puede dejar Monopoly ?


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Monopoly es uno de los juegos de mesa más populares del mercado, y disputa con el ajedrez el puesto al más jugado del mundo. La lógica es sencilla: hacer dinero ficticio comprando y vendiendo bienes raíces simulados. En cada turno el jugador lanza los dados y se mueve a la casilla correspondiente, allí encontrará una propiedad que podrá comprar, o en caso de estar ya comprada por otro, deberá pagar un precio de alquiler por haber caído allí. El precio de alquiler podrá variar según el número de casas y hoteles que tenga la propiedad, los cuales son construidos por el propietario del inmueble, pagando un precio por ellos. Así, si un jugador cae en una propiedad valorizada con hoteles, pagará hasta tres veces más del precio original del alquiler. El juego se complejiza con unas tarjetas de azar que se entregan al jugador que caiga en unas casillas específicas de azar; estas tarjetas le permitirán ganar dinero adicional, ir a la cárcel o les obligarán a pagar dinero por algún otro motivo. En cada vuelta al tablero el jugador recibe un salario básico del cual dispondrá libremente. En el juego pierde quien se quede sin dinero o propiedades, y gana, evidentemente, quien más capital tenga. En términos generales, tal es la estructura del Monopoly.

Es claro que el mundo es mucho más complejo que un juego de mesa, sin embargo, este es una divertida y cercana aproximación a la realidad de los negocios. Se debe invertir, ganar y perder dinero en un contexto donde la estrategia y el azar a menudo se confunden. Así, pese a ser no más que un pasatiempo, las enseñanzas que deja el Monopoly son diversas.

Una de las ideas derivadas de este juego ha sido fundamental para un asunto que se está empezando a gestar en el debate económico. Así como en cada vuelta al tablero, los jugadores tienen derecho a una renta fija, en el mundo real se ha propuesto que cada mes se otorgue a todos los ciudadanos mayores de edad un Ingreso Básico Universal (UBI, por sus siglas en inglés). Antes de que se tache de descabellada la idea, me permito extender una invitación a revisar la propuesta económica de Andrew Yang, candidato demócrata para las próximas elecciones presidenciales de Estados Unidos. Su principal propuesta es justamente implementar un programa de ingreso básico universal en el país. Asimismo, en el 2016, el IGM Forum del Booth School de la Universidad de Chicago entró a discutir la idea de un UBI para todos los ciudadanos mayores de 21 años. Y el Banco Mundial ha publicado también varias investigaciones que buscan analizar el impacto de la implementación de un UBI sobre distintas variables macroeconómicas. En consecuencia, y el punto a entender, radica en que este es un asunto que no es nuevo, y por el contrario, viene siendo discutido con amplitud.

El UBI consiste, en su versión más básica, en un programa que implementa pagos periódicos incondicionales a todos los ciudadanos de un país. Es decir, independientemente de si una persona trabaja o estudia, es rica o pobre, vive en la ciudad o en el campo, siempre tendrá derecho a recibir periódicamente una suma fija. El contrapeso, evidentemente, radica en que, para financiar este ingreso, el Estado deberá reducir gran parte de sus programas sociales.

El UBI es positivo por varios motivos. En primer lugar, es una garantía para aquellas personas en los niveles socioeconómicos más bajos. Por medio de este ingreso tendrán acceso inequívoco a alimentos y vivienda, lo cual les permitirá aliviar las necesidades elementales para lograr una vida digna. En segundo lugar, al reducir el volumen de programas sociales, la burocracia e ineficiencia estatal se reemplaza por la entrada de nuevas firmas al mercado, un ambiente de sana competencia y oportunidad para el emprendimiento – se corrigen los problemas de crowding out típicos de la economía colombiana. En tercer lugar, se favorece la movilidad social gracias a que las personas percibirán un ingreso que, complementado con los salarios, suma un rubro amplio para hacer mejores inversiones o tener acceso a mejores condiciones educativas.

De manera equivalente, este programa también comparte beneficios indirectos de diversa índole. Dado que el mecanismo de distribución se hace a través de canales bancarios, la totalidad de la sociedad deberá entrar al sistema financiero. La bancarización de la sociedad redundará en un mejor control fiscal y tributario, al tener condiciones óptimas de información sobre las personas y sus transacciones, también se plantea una amenaza directa al mercado negro y transacciones criminales, y, desde luego, logra una ampliación del mercado financiero, lo cual se ha probado como esencial para el crecimiento de los países. Asimismo, se reducen las presiones monetarias para la supervivencia, lo cual permite que las personas tengan un margen más amplio para encontrar su vocación profesional, o si es el caso, la apertura de posibilidades de emprendimiento. Con condiciones de vida mejoradas la demanda por servicios de salud se reduce, ya que un gran volumen de problemas de salud se asocia a la precariedad en la alimentación y habitación. Asimismo, el incremento de los ingresos de los ciudadanos se traducirá en ahorro o gasto, cuya consecuencia directa es el crecimiento de la economía: si la canasta de una persona consta de tres manzanas, con el ingreso adicional podrá comprar la cuarta, esto representará un ingreso para el vendedor de manzanas, para su productor y todas las personas que intervengan en el proceso; ¿el resultado? Un crecimiento agregado. Por último, se reducirían, al menos en una parte, las importantes brechas sociales que existen en el país.

Seguramente, un país como Colombia aún no está preparado para un sistema de esta naturaleza. Pero el debate debe darse. Naturalmente, aquí pueden verse muchos reproches. Para nuestro caso, deben resaltarse tres. En primer lugar, está la reducción en los gastos de programas sociales de salud y educación. Si bien esto puede llegar a ser problemático en un primer momento, debe partirse de la premisa de que con un ingreso adicional las personas pagarán por aquello que realmente necesitan, no por las demandas de toda la sociedad. Ello, aunado a un ambiente de creciente oferta y amplia competencia en lo relativo a educación y salud, podría resultar en un contexto aún más positivo, en comparación a un sistema completamente dirigido por el Estado. En segundo lugar, existe el miedo a incrementos en inflación en la medida en que los agentes tengan mayores ingresos. No obstante, estos ingresos universales se originan de los recortes a otros sectores, y no por medio de señoreaje descontrolado, de manera que el ajuste del mercado no redunde en aumentos de precios; de igual manera, el ingreso no es lo suficientemente alto como para terminar en cambios en la masa que resulten inflacionarios.  Por último, también se ha dicho que si las personas tienen un ingreso permanente no tendrán incentivo para trabajar, y por el contrario llevarán a cabo conductas de gasto en drogas o alcohol. Sin embargo, tras diversas investigaciones, el Banco Mundial concluyó que no es posible afirmar que un programa de esta naturaleza implique un aumento en el consumo de drogas, alcohol o una reducción en la tasa de empleados de la sociedad. Es más, veamos el ejemplo más sencillo: Monopoly. Con esta renta periódica, ¿los jugadores dejan de invertir en propiedades? Si la respuesta fuera positiva, el juego no existiría.

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